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Atentado a la AMIA: cinco hijos y un mismo dolor

Para Mijal, Gabriela, Sergio, Gastón y Judit el 18 de julio de 1994 es el día “más triste” de sus vidas.

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Foto:PABLO CUARTEROLO

Gastón Ritter tenía 16 años cuando su mamá Mirta llegó más temprano que de costumbre a su trabajo en Pasteur 633 el 18 de julio de 1994, en el mismo momento que Silvana, la madre de Gabriela Rodríguez, de apenas ocho meses, volvía a su puesto de asistente social luego de su licencia de maternidad. Allí mismo, estaba Gregorio Knorpel, quien la noche anterior había discutido con su hijo Sergio de 18 años, y Ester Klin, quien le había dicho a Judit Fail de 27 que quería conseguir un empleo. Ambos esperaban su turno en la Bolsa de Trabajo de la AMIA mientras Naum Tenenbaum hacía los trámites administrativos del sepelio de su padre, luego de haberse despedido de su hija Mijal, de tres meses, a pocas cuadras de allí.

Ninguno de ellos volvió a ver más a sus hijos. Todos esos chicos, al igual que los del resto de las víctimas, quedaron hermanados por la misma tragedia a las 9.53 cuando la sede de la entidad judía se desplomó tras la explosión de la bomba. Crecieron sin uno de sus padres, algunos de ellos sin tener siquiera un recuerdo personal, y formaron su identidad a base de relatos, fotos y videos. Veinte años después, rememoran cómo crecieron soportando el peso de esa ausencia en sus vidas, cómo se enteraron del atentado y cuándo pudieron asimilar el impacto que les generó esa pérdida. Estos son sus relatos.

Judit Fail (47): “Los 18 estoy débil todo el día porque me la arrancan de nuevo”

Estaba en una librería y vi que la gente miraba la tele espantada y les pregunté qué había pasado. “Explotó la AMIA”. Salí corriendo y volví a mi trabajo. No podía hablar, les expliqué a mis compañeros y me fui a lo de mi tía, que tenía las llaves de la casa de mi mamá.

El día anterior habíamos hablado por teléfono y me dijo que hacía mucho que no iba a la Bolsa de Trabajo de la AMIA. Me leyó un aviso que pedían mujeres de hasta 45 y le insistí para que se presentara.

Cuando entramos en su casa, estaba el diario abierto con ese clasificado marcado. La entrevista era cerca de Pasteur, así que fuimos y ya había pasado. De ahí, se fue a la AMIA. Estaba segura de que estaba allí.

Una señora que la conocía, y que logró escaparse por atrás, me dijo que la había visto adentro. Hasta dos o tres días después, tuve la esperanza de que estuviera viva. Recorrimos hospitales y estuvimos en Riobamba para ver si había novedades.

Con el correr del tiempo, sólo nos quedaba esperar la noticia de la desgracia. Fueron los peores días de mi vida. Mi mamá fue una de las últimas en aparecer. En ese momento, sólo pensaba en que no hubiera sufrido, porque sufrió toda su vida. Hacía un par de meses que estaba en pareja y había empezado a vivir. Mi hermano y mi tía me sirvieron de apoyo. Mis sobrinos eran chicos y me distraían y ayudaban a olvidar el momento con su ternura. Me hacía bien estar en su casa, por la cercanía a AMIA y la compañía.

Cuando retomé mi vida normal, empecé a sentir el vacío, porque hablábamos todos los días, teníamos una relación muy buena. Ahí, me cayó la ficha de lo que había pasado. Muchas veces, sentía que caminaba con ella, que su alma estaba conmigo y veía mujeres en la calle que se le parecían.

Cuando nació mi hija, estábamos entre el dolor y la alegría, y me dediqué a ella porque estaba sola para criarla y era muy inexperta. Trato de transmitirles a mis hijos un poco de sus enseñanzas, cosas que con las que me fui criando, que aprendí de ella. Así es como la tenemos presente. A la mayor pude contárselo cuando tenía cinco años y no lo entendió. Le dije que mi mamá había ido a una institución judía y que en ese momento explotó una bomba. Me preguntó: ‘¿quién puso la bomba?’ Fue lo más difícil. Tratar de explicarle que no sabíamos nada.

Cuando empieza julio, me pongo mal. Los 18 estoy débil todo el día porque me la siguen arrancando. El tema se revive en casa con las fiestas judías porque me ven triste. No lo termino de asumir.

Hoy siento vacío, impotencia, bronca, impunidad, como que la Justicia nunca llega. No tengo muchas esperanzas de que esto se aclare, más aún desde que aprobaron el memorándum. Siento que vivimos en peligro todo el tiempo.

Mijal Tenenbaum (20): “Crecí siendo la del papá que murió en el atentado”

No me acuerdo que me mencionaran lo que ocurrió, pero sí contarlo cuando tenía cuatro años y mis compañeritos me preguntaban por qué no tenía papá y les decía que se había muerto por una bomba en la AMIA, porque era lo que a mí me habían explicado. Crecí sabiéndolo y asumiéndolo. Todavía me conmueve. En casa no es que se habla mucho del tema, pero mi mamá contesta todo lo que le preguntamos, siempre fue muy abierta. Nunca nos subestimó. Entendí a los diez lo que había pasado y lo procesé bien a los quince, una vez que se lo había dicho a mucha gente. Empecé a escribir y me metí en un programa en los Estados Unidos que reúne a víctimas de atentados terroristas y me hice un montón de amigos que sufrieron situaciones parecidas.

De chica empecé preguntando sobre mi papá, hubo épocas en las que no hacía nada y otras mucho. Me gusta cuando mi mamá me cuenta historias. Tenía sólo una foto con él en la que estaba en el moisés y no se me veía y hace unos días encontramos una en la que aparecemos los dos.

Soñé varias veces con él, que tenía amnesia y estaba en otro lado o que me lo encontraba en la calle y salía un arco iris, nunca nada muy corpóreo porque no tengo una memoria real mía, todo lo que sé son fotos, historias, videos.

Muchas veces mis amigos estaban en los hombros de sus padres o caminando con ellos de la mano y sentía como que me faltaba eso, pero al mismo tiempo no me ha faltado nada porque mi familia se aseguró de que tengamos todo. Me crié sin un papá, entonces en ningún momento dejé de tener algo. Sería muy extraño y no me lo puedo imaginar. No conocí otra realidad. Sería raro despertarme y que estuviera, no sabría qué hacer.

Generalmente, trato de evitar pasar por la AMIA, porque me genera una sensación de incomodidad. Una vez estaba en la puerta y un señor tiró un petardo. Me fui corriendo a mi casa, no podía más, me morí de miedo.

Todos los días no tenemos papá y el 18 no es uno distinto. Mi mamá siempre dijo que no es un día de luto y lo vivo así. Lo uso para hacer cosa que me gustan, que tenía pendientes y estar contenta. Ponerme triste y pasármela llorando mirando fotos es peor porque a él no le gustaría eso.

Cuando alguien hace un atentado, intenta esparcir el dolor y horror y si nos ponemos mal y arruinamos nuestro día, les estamos dejando ganar. Perdí mucho mi identidad porque no lo conocí. Su efecto en mí es más lo que pasó con la AMIA que por él. Crecí siendo la chica cuyo papá se murió en el atentado, sabiendo que esos horrores existían y que le pasan a uno.

No creo que se pueda hacer justicia por él, porque ya le sacaron la vida a los 30 años. Tenía tres hijas y toda un camino por delante; eso no se puede recuperar. Me pone mal que nunca haya podido saber quiénes somos nosotras. No llegó a conocernos, a formar parte o saber nada de nuestras vidas, como le hubiera encantado. Todo eso se perdió y en un casamiento o cuando tengamos hijos no va a estar.

Sergio Knorpel (38): “Aún sigo mirando en la calle para ver si aparece”

“Estaba trabajando en una mensajería, en una oficina donde no entra luz del día, ni te enterabas dónde estabas. Escuché en la radio que habían atentado otra vez con la Embajada de Israel y decía qué raro porque estaba a una cuadra del edificio actual. No entendía bien cómo era el tema.
No vivía con mi viejo porque estaban separados y habíamos tenido una discusión telefónica la noche anterior porque yo salía los sábados y los domingos no arrancaba temprano y quedaba que iba a ir a verlo y él me esperaba. Hacía una semana que había muerto mi abuela paterna y me había dicho que tenía que ir hacer trámites del sepelio y a la Bolsa de Trabajo, porque estaba sin laburo.

Durante el día había hablado con mi vieja algunas veces y me preguntó si sabía algo de él. Lo llamé un montón de veces y siempre me atendió el contestador automático. Salí del trabajo y fui hasta su departamento, pero como había perdido una de las llaves no pude entrar. Toqué timbre y no me atendió nadie. Cuando llegué a casa a la noche, mi mamá me dijo: ¿qué hacemos? Volví a intentar comunicarme. En ningún momento asociamos que podía estar en la AMIA.

Hablé con un primo que era abogado y le comenté lo que pasaba. Me dijo: venite para Pasteur y vamos a averiguar. Era lo de mi abuela, entonces podía llegar a ser que hubiera estado allí. Mientras iba en el colectivo me empezó caer todo.

Fuimos a la comisaría y nos explicaron que había que esperar, que no teníamos pruebas. Mi primo me contó que cuando fue lo de la Embajada estaba a un par de cuadras manejando y el estallido lo dejó aturdido y dio vueltas un rato y no sabía qué había pasado, y que quizás a mi viejo le había ocurrido lo mismo.

Tuvimos que aguardar un par de días para entrar al departamento, porque no me dejaban romper la puerta por más que fuera el hijo. Estaba vacío y el despertador puesto a las siete y pico.

Tenía esperanzas de que apareciera, incluso las tengo hoy en día. Pensaba: quizás le agarró un shock o sufrió alguna herida y no es la misma persona que conozco. Metí fotos por todos lados, y atravesé la Plaza Houssay de punta a punta con una por si alguien lo había visto.

Aún hoy sigo mirando en la calle para ver si aparece. En una época me pasaba más seguido, y no sabía cómo reaccionar. Una vez estaba en Hacoaj, en un acto y vi a alguien parecido y no sabía qué hacer. Le conté a un conocido y me acompañó a hablarle. El tipo terminó sacando el documento y cuando se enteró de la historia se puso mal.

Durante muchísimos años, no me fue fácil aceptar que lo último que compartimos fue una discusión. Le hablo de un montón de cosas, que por la diferencia de edad vi que yo estaba equivocado, y le digo: ‘tenías razón’.

Siento que está siempre conmigo, todos los días por algún motivo lo recuerdo y pienso cómo hubiese sido nuestra vida de otra forma. Me quería muchísimo y me enseñó mucho, heredé el gusto por las herramientas y el modo de ser que tengo como padre.

Los 18 de julio me vienen algunos recuerdos de más. Mi hijo más grande sabe que el abu León no está y todavía no le pude explicar mucho más, porque es chico y trato de no involucrarlo. Pero es algo de lo que seguro le voy a hablar.

Gastón Ritter (36): “No sé lo que es tener una madre”

Me enteré del atentado cuando estaba volviendo de viaje de Santa Fe. Mi vieja estaba trabajando a tres cuadras y entraba al mediodía a la AMIA, por eso no reaccioné asociando el hecho con ella.

Llamamos por teléfono y nos decían que estaba ilesa, que se había ido hacía quince minutos de su trabajo y estaba bien. Cuando llegué a mi casa y vi a toda mi familia, caí. Me empezaron a contar, abracé a mis hermanos, hicimos llamados a todos lados y no estaba en ningún lugar.

Pensábamos que estaba vagando por cualquier lado atontada por la explosión.

Todos ya sabían que había muerto, por dónde fue la bomba y estaba ubicada ella. Durante una semana, sufrí con cada llamado telefónico porque pensaba que podía aparecer amputada o muerta; hasta que la encontraron.

Los primeros cinco años la buscaba en la calle, fantaseaba con encontrarla. Me pasó de haber corrido a una persona. Creía verla y que me habían mentido que había muerto, que se había ido a otro país, aprovechado eso para abandonarnos. Eso fue hasta que en 1999 salió el tema con mi tía y me dijo que mis tíos habían ido a reconocer el cuerpo. Entré en internet y leí la autopsia. Ahí, dejé de buscarla.

Muchas veces soñé con ella, que venía a darme el último beso, que me tocaba la cara. No me pude despedir, ése es uno de los más grandes dolores. Le hablo mucho. Le escribí cartas, poemas donde le decía que la extrañaba. Una vez le llevé a la tumba una foto de mi hijo y se la guardé. Le hice una poesía y se la pegué abajo.

Cuando me casé, pensé en poner una silla vacía y después dije: ¿por qué? Si ella está igual.  En la fiesta de mi hermano menor, pasó lo mismo, sentí su presencia. Nos abrazamos, lloramos. En esos momentos, es donde te baja la ficha y decís: tendría que haber estado y no está. Lo mismo en el nacimiento de mi primer hijo, no tenía con quién compartirlo.

Durante muchos años tenía que ponerme mal. Antes de cada 18, me enfermaba con una gripe fuerte, porque no me permitía estar bien. Decía: no puedo ser feliz si mamá se murió. Necesitaba ver las noticias y hacerme mierda. Hasta que dije basta, aunque ese día sigo pendiente cuando dicen los nombres en el acto. Por más de que me haga el fuerte, es una herida grande que tengo.

No sé lo que es una madre, porque veinte años es mucho tiempo. Llevo más tiempo de ella muerta que viva. Me quedan muy pocos recuerdos, porque era muy chico. Tengo que ver una foto para acordarme cómo era físicamente. No me recuerdo su voz. Hay veces que me da miedo olvidarme.

Tengo muchas represiones y eso es terrible. Es el precio que pagué para poder vivir, una forma de autoprotección, que no está buena, pero tampoco lo es que después de veinte años siga llorando como la primera vez.

Gabriela Rodríguez (20): “Siento que mi mamá me guía, aunque no esté”

“Desde que tengo memoria, sé que mi mamá murió en la AMIA cuando yo tenía ocho meses. Mi papá cuando estaba en el jardín me dijo: tu mamá no se murió, la mataron. Crecí ya con eso incorporado.

Con él, toco muy poco el tema, porque le causa mucho dolor, pero lo hago más con mi abuela, quien me habla muy bien de ella. Quiero conocer más de su historia, de lo que pasó con el atentado y antes. Todo lo que pueda saber. Es como si se tratara de un rompecabezas porque es ir juntando lo que me cuentan con cosas que encuentro y armar una identidad. Esto me ayuda a formarme como persona. Pero siempre hay algo más, me siguen faltando partes y es algo que nunca va a terminar.

Los 18 de julio o los 18 de cualquier mes o cuando miro la hora y veo que son cerca de las 9.53, siento que mi vida con una mamá hubiera sido ciento por ciento diferente, pienso en lo que me falta, en por qué pasó, trato de imaginarme lo que ocurrió.

Un día que estaba en el médico y vi una señora igual a ella me dio mucha impresión. Estaba con las cosas del colegio. Saqué un cuaderno y escribí que no la podía parar de mirarla, que era igual, que tenía un hijo y no era yo. Fue un momento muy fuerte. Fue la única vez que me pasó. Incluso, llegué al morbo de pensar que si había alguna diferencia era por efecto de la bomba. Era toda una fantasía: tratar de encastrar todo para pensar que podía llegar a ser, pero en el fondo sabía que no era.

Soñé varias veces con ella. Una fue de chiquita, una imagen de tres segundos en la que estábamos con mi papá y mi mamá en una playa a la orilla del mar, saltando las olas, riéndonos, felices y al lado teníamos como un paredón alto.

Otra fue a los quince años y descubríamos que no se había muerto, sino que había estado internada por muchos años y se recuperaba, le daban el alta y la íbamos a buscar. Ellos estaban recontentos y mi papá le decía: “qué bueno que te tenemos de vuelta”. En algún punto estaba alegre porque tenía mamá y una vida normal. Trataba de hablarle de mí y sentía que no la conocía y me angustiaba porque tenía una mamá pero no lo era, porque no la conocía, no sabía quién era y no podía hablar con ella como si lo fuera, tener esa relación porque no había estado durante quince años. Era la impotencia de tener a la persona pero no el vínculo.

Me pasa mucho que pienso en las cosas suyas que tengo y es un poco raro porque no hubo tiempo como para heredarlas. Es parte de lo que soy y siento que me guía, aunque no esté. Antes de cumplir un año, empecé a caminar y lo hacía con las manitos hacia arriba como si alguien me estuviera agarrando, mostrándome el camino, porque me estaba enseñando a andar. Eso es algo que sentí durante toda mi vida.



Hernán Dobry