ELOBSERVADOR A LA MEMORIA DE OSVALDO SORIANO

Balas para todos, política y negocios sucios

Carlos Gabetta, que ya había invitado a “boicotear el fútbol” (PERFIL, 16/2/13), rescata una nota que le envió a Osvaldo Soriano en 1981, un episodio que recuerda en su último libro.

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Hace tiempo que el fútbol ya no es lo que era, si es que alguna vez fue otra cosa que un maravilloso juego colectivo. Tanto, que es capaz de paralizar multitudes, el trabajo, el estudio, el transporte y hasta el sentido crítico planetario, ahora que la red satelital y las comunicaciones digitales lo ponen a disposición de todo el mundo en tiempo real.

Es que sigue siendo un espectáculo fascinante, sólo que en tiempos capitalistas globalizados ha caído, como casi todo, en las garras de multinacionales, políticos y mafiosos (1), una tríada que, como los mosqueteros de Dumas, funciona “todos para uno y uno para todos”.

Así, de “pasión y alegría de multitudes”, ha pasado a compartir con las religiones el oscuro papel de opio del pueblo. Conviene no tomar esto último como una metáfora exagerada. A manera de explicación y para remitirlo a su evolución en Argentina, reproduzco una nota que en agosto de 1981 le envié a Osvaldo Soriano, fervoroso hincha de San Lorenzo, desde el servicio latinoamericano de la Agencia France Presse en París, donde yo trabajaba. Los dos estábamos exiliados, ya habíamos pasado por la amarga alegría del Mundial ‘78 y diez minutos antes lo había llamado por teléfono para comunicarle que los “gauchos de Boedo” acababan de perder con Argentinos Juniors y, por primera vez, iban al descenso. Cuando colgué, el Gordo Soriano moqueaba. Entonces se me ocurrió escribirle lo siguiente:

“No te amargues, Soriano, todos estamos en el descenso. Algunos a la fuerza, otros por pudor o simple tristeza, ¿y cómo un ‘gaucho’ de verdad, por nacimiento y afición, se iba a quedar arriba?

”En la época en que vos y yo, mal que bien, empezábamos a darle a la de cuero, el padre del Piojo Yudica lo echó de la casa porque firmó para Newell’s y el viejo era canalla furioso... En esos años, todos los martes y los jueves, yo me sentaba a las 10 de la noche en el umbral de mi casa en Rosario, en el ángulo de luz que me dejaba la sombra de un paraíso, a esperar que pasara Ortigüela (te acordarás de esa delantera de Newell’s: Contini, Mardizza, Benavídez, Montaño y Ortigüela. ¡Dios mío!). Ortigüela bajaba del tranvía 22, que lo traía desde el entrenamiento en el Parque Independencia hasta la esquina de Catamarca y Ovidio Lagos, a una cuadra y media de mi casa. Yo lo veía venir entre los árboles, primero una sombra al doblar la esquina, a veces solo, o entre algunos que bajaban con él del tranvía. Luego una leve inquietud, escrutando entre los árboles el cono de luz de la bombilla de la esquina. Enseguida, la casquette, el bolsito, el paso rápido: Ortigüela. Ocho horas de laburo, dos de entrenamiento y varios viajes en tranvía en el lomo.

”Al cruzar la esquina, yo ya estaba seguro de la vereda que había elegido. Si se largaba en diagonal, me quedaba chanta. Si cruzaba derecho, corría a sentarme en el umbral de la casa del pintor Leónidas Gambartes, justo enfrente de la mía. ‘Chau, Ortigüela…’; ‘Chau, pibe…’.

”Una noche de verano de unos años más tarde, ya adolescente, me cargué a mi vieja y a una vecina y las llevé a la cancha de Newell’s a ver un amistoso con Nacional de Montevideo. La ocasión era buena para las señoras; mucho calor, poca gente, nada en juego más que el juego. El programa era llevarlas a tomar cerveza en una de las glorietas del parque al terminar el partido.

”Primer tiempo: Nacional 3, Newell’s 0. Un baile. Los cinco o seis mil ‘leprosos’ parecíamos muertos. Después de los primeros diez minutos de excitación al entrar al estadio, mi vieja y su amiga se aburrían pasablemente. Pero un rato antes del descanso, un grupo de uruguayos (no eran más de cien), empezó a corear ‘Sosa borrachón, estás haciendo un papelón’. Era cierto. Sosa era un morocho de una villa miseria del arroyo Saladillo; uno de esos centrodelanteros geniales que la rompían diez minutos, o medio tiempo, hasta que los dos litros de tinto berreta que se mandaba por día le agarrotaban las venas y empezaba a llegar tarde a todas las pelotas y dar pases a los contrarios.

”Un rato después de que los uruguayos empezaron a gritar, hubo un breve tumulto en la platea y desde arriba pudimos ver que alguien abanicaba a una señora. Era la madre de Sosa, que había sido invitada por los directivos del club a presenciar una de las reapariciones con promesas de templanza de su hijo.

”Sosa se enteró en el vestuario. Cuando salió, empezó a agarrarlas todas, a dar pases milimétricos, geniales. Bajaba a buscarla, acompañaba, se metía en el área. Gol de Newell’s: 3-1; luego 3-2. Faltando un minuto, cuando ya estábamos todos locos (hasta mi vieja y su amiga, que puteaban los fallos del referí y se abrazaban y besaban en los goles), Sosa la agarró en el borde de la 18; ahí nomás apiló a tres y se metió en el área. Cuando le salió el full-back le hizo un caño y quedó solo frente al arquero, que no había atinado a salir, sobrándolo. Una papa. Iba a tocársela, cuando el full-back, que volvía, lo levantó de atrás, alevosamente.

”Tratando de proteger a mi vieja y su amiga de la avalancha, pensé que lo había matado, pero cuando subíamos reculando en el tumulto, los ojos fijos en el arco de Nacional, vimos al morocho, que se había levantado con la pelota debajo del brazo e iba derecho a la marca del penal. Nunca los pateaba, pero nadie se atrevió a discutir. La pelota entró justo del otro lado de donde gateaba desesperado el arquero.

”Bajando de a tres los escalones en el ensordecedor desborde, tratando de proteger a las dos señoras que gritaban como locas y se abrazaban con el primero que encontraban, pude ver a Sosa que corría a besar a su vieja a través del alambrado. Imagino que hasta los uruguayos se emocionaron.

”Después, la policía tiró unas cuantas bombas de gas tratando de proteger a los uruguayos, que no habían bajado el copete y quizá de furia o puro miedo, gritaban más que nunca. El programa de cervezas en la glorieta se convirtió en corridas por el parque, algunas piñas y escuadrones de policías cabalgando entre los árboles. La aventura de mi vieja y su amiga nutrió durante un tiempo las anécdotas de la hora del mate y yo, que les había salvado la vida, me convertí en un efímero héroe barrial.

”Luego vinieron los años 70. Por entonces, ya hacía un tiempo que los jugadores se concentraban, pedían plata para salir a la cancha, iban a cosas así como los Almuerzos de Mirta Legrand, cambiaban de club como si los hinchas fuesen una corte de esquizofrénicos (siempre pensé en lo que sentiría un hincha de River viendo al Beto Menéndez jugar para Boca; o uno de San Lorenzo sufriendo al Coco Rossi en Huracán), y hablaban de ‘asegurarse el porvenir’. Los dirigentes imaginaban ‘el fútbol empresario’; Alberto J. Armando montaba la gran estafa de la Ciudad Deportiva de Boca sin que a nadie se le moviese un pelo y los periodistas hablaban de ‘zonas híbridas’, ‘pelotas al vacío’, ‘bajar para recepcionar, transitar rápidamente el medio juego y llegar a la definición’, fascinados por la delantera del Real Madrid, como si la ‘máquina’ de River no hubiera inventado eso mucho antes, en una época en que el propio juego y la asistencia masiva a las canchas hacía innecesarias las frases complicadas para contarlo.

”No es casual que en esos años de decadencia del fútbol-juego se viera más gente en las manifestaciones políticas que en las canchas; o que a Dante Panzeri, el último de los periodistas románticos, lo echaran de El Gráfico, y que a partir del ‘76, cuando todo el país se fue al descenso, el periodismo deportivo afirmara que somos ‘derechos y humanos’ y la policía asesinara a patadas en el hígado a un viejo borrachón, el Torito Aguirre, una gloria futbolera.

”Menos casual todavía que el festejo de la más grande empresa del fútbol, el Mundial ‘78, haya sido la única manifestación popular permitida y que luego de eso los partidos fuesen más tediosos y los estadios estuviesen más vacíos que nunca, convertidos en el escenario de tristes espectáculos a tantos dólares la entrada.

”No, Soriano. A mí no me alegra del todo que Newell’s ande en la punta. Casi te diría que si se fuera al descenso, como San Lorenzo, lo sentiría más cerca mío.

”También sé que a vos te duele todo eso, pero alguna vez todos los exiliados, los de afuera y los de adentro, lograremos armar un equipo de emergencia para volver a primera y este descenso será un blasón”.

Política y negocios. Hasta aquí la nota de consuelo al inolvidable amigo. Puro romanticismo y nostalgia, por supuesto. Lenguaje futbolero y algo de ficción, obligada por el embrollo de recuerdos lejanos. Pero la anécdota sirve al propósito de advertir que el fútbol, como casi todo lo demás, hoy forma parte del gran mundo de los negocios planetarios, y no precisamente de los más limpios (2). De aquellos grandes clubes barriales, democrática y prolijamente administrados, hemos pasado a entidades político-mafiosas, muchas al borde de la quiebra fraudulenta. De esas hinchadas fervorosas pero educadas, a las “barras bravas” compinchadas con los directivos, los políticos y la policía (3). De esas piñas, gases y corridas ocasionales, a las peleas cotidianas y masivas a cuchillo y armas de fuego. De alguna nariz sangrante, a heridas graves y asesinatos frecuentes.

Las empresas hacen su publicidad masiva ante un público más masivo que nunca, asociando a la selección nacional con el país, con la Patria. Unos y otros comparten la idea de esa simbiosis. Pero deberían tener en cuenta que en la presidencia de la Asociación del Fútbol Argentino y en la vicepresidencia de la Federación Internacional (FIFA), está el mismo señor que en 1979 fue nombrado por la dictadura que organizó ese gran y exitoso operativo de propaganda que fue el Mundial ‘78. Un emblema de lo que ha devenido este deporte: una suerte de entidad supranacional, de pésimos antecedentes, que no obstante pretende encarnar a la Nación misma, aquí y en todos los países. Y que no se diga que “la gente sólo alienta al equipo”. Si la gente pudiese expresar su legítimo amor por el equipo de su país sin tragarse todo lo demás, el Mundial de Fútbol sería un importante espectáculo más, al que se concurre o no con mayor o menor entusiasmo, pero en el que no está en juego otra cosa que el juego mismo.

Es cierto que un juego hermoso, masivo y popular como el fútbol puede unir a un país, a todas las clases y sectores, pero en un anhelo puntual, nada más. Ningún ciudadano debe caer en la trampa de perder de vista esta perspectiva.

Nota de julio de 2013: el actual gobierno peronista, ese grupo de patanes y canallas apoyado por una masa incapaz de distinguir un aficionado al fútbol de un mafioso, financia con miles de millones de pesos Fútbol para todos. En realidad, como se ve, balas para todos. Política y negocios sucios. Mafia oficial.
 

* Periodista y escritor.

1. David García, Las cuentas oscuras de la FIFA, y Soninha Francine, Mil caras del fútbol, Le Monde Diplomatique, Buenos Aires, junio de 2010.
2. David García, ibid. Ver el documental de Jon Sistiaga, Con las barras bravas.
3. Quien dude de esto, no tiene más que preguntarse cómo llegaron al mundial de Sudáfrica decenas de barrabravas, muchos con antecedentes policiales e interdicción de salir del país, expulsados por las autoridades sudafricanas. Hasta viajó una “barra” oficial, disfrazada de ONG...



Carlos Gabetta