ELOBSERVADOR


Calvario, fragmento de la novela de Negrete

16 de Junio de 1781

Surimana, Perú

El mal. La desesperación le invadió el cuerpo como nunca antes. Era eso, una sensación imparable que estremecía, perturbaba la vista y los sonidos se iban perdiendo en lenta agonía, como los de su memoria. Intentaba esconderse entre los arbustos y las rocas que anunciaban que cerca se encontraban las alturas donde intentaba llegar. Desde entonces no pudo sacarse de encima esa desesperación indescriptible, aprisionada de miedo y angustia. Un torbellino que se revolvía asquerosamente por dentro, lo mareaba, desmadraba el corazón, y apretaba la garganta. Por más esfuerzo que hiciera por salir de ese estado insufrible todo parecía conspirar contra él. Como los españoles que en bandada iban a su caza. ¿Que había hecho?, retumbaba la preguntaba en su cabeza mientras el tiempo iba tomando una dimensión que se le escapaba y, al mismo tiempo, se aceleraba como su posible muerte. Sólo sabía que su vida era ahora, ese instante de sufrimiento, que estaba en peligro y que debía correr, correr, correr y correr sin miran hacia atrás. Sintió que le iban a estallar los pulmones y cayó pesadamente sobre el suelo esperando el final anunciado. Recién allí se animó a girar la cabeza muy despacio imaginando a esos soldados desbordados con rostros asesinos que iban tras él. Ya no los veía. Escuchaba, sí, el sonido del metal de sus armaduras y las botas que se batían como una tropilla de caballos desbocados. Su guía era el sol como lo fue por siglos para su pueblo. Siguió escalando hasta que pudo ver algo parecido a un agujero negro que asomaba de la inmensidad rocosa. Como una serpiente herida y asustada se arrastró dibujando los contornos del suelo hasta sangrar su cuerpo, ingresar, y esconderse lo más adentro que pudo a pesar de la negrura. Allí lo esperaban inmóviles su madre y su mujer. Creyó estar muerto de toda mortandad. Fueron dos horas de persecución implacable. Al menos se creía  protegido por primera vez pero agobiado por la espantosa idea de que caería en manos de las espadas españolas. Y volvía a su cabeza como una tortura imparable: ¿qué había hecho?
Tres días y tres noches llovieron sin parar como una caricia  divina de sus ancestros incas. Tres días y tres noches bebió el agua que caía del cielo y lo mantuvo tranquilo. Hasta que escuchó el grito.

- No saldréis con vida. Entrégate si no quieres ser atravesado por el filo de las espadas.

Creyó que empezaba a delirar, que era un sueño inoportuno. En realidad había sido el anuncio del horror que vendría. El ruido a metal que tanto temía se agigantó hasta que tuvo que taparse los oídos convencido de que así los haría desaparecer. Cesó junto a su cuerpo. El vacío fue peor. Sintió cómo desenvainaban.

-Soy Hilario Yáñez, coronel de la Real Milicia Española. Si intentáis huir tendremos que matarlo. No pongáis resistencia si queréis seguir vivo.

Dos soldados lo tomaron bruscamente de los brazos y lo arrastraron hasta la luz del amanecer.

-¡Diga su nombre!, obligó Yáñez.
-Juan Bautista
-¡Juan Bautista qué!, insistió.
-Tupamaro, contestó tímidamente.
-Es él, llevadlo al pueblo y encadenadlo.

Su dolor más intenso fue saber que sus propios hermanos de sangre lo habían entregado. Fue allí cuando empezó el drama de cuarenta años que le devoró la vida.

Fin



Redacción de Perfil.com