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Cinturón oxidado: viaje al centro del ‘huracán Donald’

El autor recorrió Pensilvania, Ohio, Michigan, Iowa y Wisconsin, donde arrasó Trump. Fue testigo directo de la campaña y cuenta cómo llegó su mensaje a la población blanca más empobrecida.

Hacer grande a america. En el medio oeste, el lenguaje simple del republicano encontró un público dispuesto a escucharlo. El autor fue a varios actos de campaña y habló con la gente.
Hacer grande a america. En el medio oeste, el lenguaje simple del republicano encontró un público dispuesto a escucharlo. El autor fue a varios actos de campaña y habló con la gente. Foto:cedoc

El flamante presidente apuntó su campaña al “cinturón del óxido”, ubicado en los estados del medio oeste de Estados Unidos, Pensilvania, Ohio, Michigan, Iowa y Wisconsin. Para que no quede duda, luego de triunfar en las elecciones Donald Trump comenzó su tour de agradecimiento en tres de esos cinco estados que fueron el ojo del huracán que hoy está redefiniendo el escenario político mundial.

En tal sentido, #MakeAmericaGreatAgain fue la bandera simbólica enarbolada por Trump para inflamar a un electorado masculino de raza blanca proveniente de aquellos estados que fueron el centro de la innovación y el poderío industrial hasta la década del 70, pero donde el Partido Republicano no ganaba una elección desde 1988. Es decir, la potencia del slogan tuvo tanto que ver con su fuerte contenido nostálgico como con un líder cuyo precedente inmediato en la historia norteamericana moderna fue otro outsider del sistema político como Ronald Reagan. “En Estados Unidos, el ranking del poder no es encabezado por los políticos, sino por empresarios o figuras del espectáculo; los Obama y los Clinton van detrás de los Tom Cruise, Bill Gates o Julia Roberts”, describe con acierto Ignacio Zuleta en su reciente libro. Casi a la inversa de lo que ocurre en Argentina, donde los líderes de extracción empresarial o deportiva –como el presidente Macri– para hacerse viables políticamente deben pulir o eliminar muchos de sus rasgos de origen en una metamorfosis similar a la que vive Superman en el famoso cómic cuando se “humaniza” bajo la apariencia de Clark Kent.

Por el contrario, Trump mostró y exageró desde el comienzo de la campaña todos los rasgos transgresores de un empresario multimillonario. Desde jactarse del tamaño de su miembro en un debate de primarias con Marco Rubio hasta invitar al gobierno ruso a hackear las comunicaciones privadas de su contrincante Hillary Clinton antes de las elecciones generales. Más aún, una vez consagrado presidente, Trump no tuvo ningún freno para generarle un dolor de cabeza a la ciudad de Nueva York con su decisión de convertir su famosa torre de la 5ª y 56 en una curiosa Casa Blanca alternativa, habitada por otras celebrities mundiales como Cristiano Ronaldo o Bruce Willis.

Háblame de Cleveland, el paraíso perdido. Falta un mes para las elecciones generales. Hora de subirse en Nueva York a una Harley para una escapada a la Universidad de Yale, en Connecticut, y de ahí rumbo al medio oeste. No hay sitio que ejemplifique mejor la grandeza de Estados Unidos a principios del siglo XX que la ciudad de Cleveland, en Ohio. Cleveland fue el Silicon Valley de la época. La fortuna de John Rockefeller, a moneda de hoy, cuadruplicaría la de Bill Gates.

“Ningún slogan político podrá revivir la economía de las manufacturas; Cleveland no fue exitosa sólo por ser un polo manufacturero, sino por la generación permanente de ideas que a su vez generaban nuevas industrias”, asevera Naomi Lamoreaux, historiadora de Yale. “Lo que se necesita es gente educada con capacitación y entrenamiento para ser innovadores, además de un ambiente económico que soporte el cambio”, agrega la referente académica.

El acero de Nueva York: Belén. La mole de metal y concreto es impresionante. La Bethlehem Steel Plant ubicada en Belén, Pensilvania, llegó a ocupar a 300 mil trabajadores en su época de oro pero cerró definitivamente a fines de la década del 90. De allí salió el acero para edificios emblemáticos de Nueva York como el World Trade Center, el Madison Square Garden o el Chrysler Building, al igual que el metal para innumerables puentes, barcos de guerra y grandes obras de infraestructura a lo largo de Estados Unidos.

La historia del acero, y de esa fábrica en particular, está estrechamente asociada al surgimiento de la clase media norteamericana. “El legado de los trabajadores del acero de Pensilvania vive en los puentes, las vías férreas y los rascacielos que configuran nuestro monumental paisaje, pero esa lealtad fue retribuida con traición”, afirma Trump en uno de sus actos de campaña. La historia es vieja, pero los votantes veteranos saben perfectamente de qué habla el extraño candidato republicano.

Las chimeneas apagadas: Pittsburgh. Es poco y nada lo que queda en pie de los tiempos del acero en esta zona. Pero el que llega por primera vez en moto percibe rápidamente la presencia indeleble del metal en numerosos puentes, señalizaciones y en las propias manchas de las paredes de la ciudad. La industria ya no existe en Pittsburgh, Pensilvania. Las viejas acerías hoy son edificios de oficinas o el espectacular shopping The Waterfront, a orillas del río Monongahela, donde una hilera de chimeneas apagadas desde hace más de treinta años forma parte del decorado del emprendimiento.

“A partir de aquí eran sesenta kilómetros continuos de acerías, todos trabajaban ahí hasta que quedaron desempleados en 1980”, me cuenta una pareja de locales desde otra moto. “Es cierto que estábamos contaminados, las noches de luna salíamos a ver los desechos metálicos titilar sobre el pasto, pero teníamos buena plata en el bolsillo; los mejores terrenos donde vivíamos en aquella época hoy los compró la Universidad Carnegie Mellon”, recuerdan con nostalgia mis acompañantes.

Trump es un tipo genuino: Monessen. Alumisource es una planta transformadora de aluminio, donde Trump hizo su primer acto de campaña en junio, ya siendo candidato oficial de un Partido Republicano cuyos principales líderes le habían quitado su apoyo en la convención de Cleveland. Monessen es uno de los últimos bastiones de la actividad manufacturera en el estado de Pensilvania, aunque la palabra “bastión” ya le queda grande. Hoy es apenas una trinchera.

“Esto que ves acá es un 5% de lo que era en su época; casi todas las fábricas se fueron, el último presidente que visitó este pueblo fue Kennedy”, dice el jefe de la planta a modo de bienvenida. “Trump es un tipo genuino, para la industria sería importante que sea presidente. Nos gusta que hable de Estados Unidos primero; entendemos que las plantas puedan estar yéndose al extranjero por ventajas de costos, pero nos preocupa saber hasta dónde llegará este proceso”, detalla mi anfitrión.

Sabemos que Trump es un playboy: Brook Park. Suena raro que un intendente del Partido Demócrata trabaje para la campaña de Trump. Pero ése es el caso de Tom Coyne, intendente de Brook Park, un suburbio de Cleveland en Ohio. Cada palabra que dice este intendente tiene peso, por su propia experiencia alrededor de una ciudad ícono del ciclo de esplendor y decadencia del medio oeste, pero también porque se animó a pegar el salto político y trabajar para Trump organizándole un acto de campaña en este suburbio.

“Estoy apoyando a Trump porque está desafiando al sistema político y a las corporaciones, eso es lo que quiere la gente, y ninguno de los dos grandes partidos se anima a hacerlo; sabemos desde hace treinta años que Trump es un playboy, pero no actúa como un político, ve un problema y quiere resolverlo”, sentencia Coyne.

Trump paga la campaña con plata propia: Detroit. Pocas ciudades del mundo ilustran mejor que Detroit, en Michigan, el proceso de destrucción creativa de Schumpeter. Las marcas de las distintas olas de transformación y cambio tecnológico pueden verse por toda la ciudad. Tanto en el ámbito de las grandes plantas automotrices abandonadas, como Packard y la autopartista Fisher, como por el lado de un sinnúmero de viviendas abandonadas y un municipio que quebró en 2013.

“El medio oeste es un lugar tradicionalmente demócrata, pero a la gente le gusta lo que dice Trump, es el primer candidato en cien años que compite con plata de su bolsillo”, define un músico local. “No sé bien qué significa #MakeAmericaGreatAgain, pero espero que Trump cumpla con sus promesas. Antes Obama habló de cambiar todo y después no hizo nada; Estados Unidos, Detroit y Cleveland se están derrumbando, el trabajo voló hacia otro lado”, añade.

Allentown. De las últimas seis elecciones en los cinco estados del “cinturón oxidado”, los demócratas ganaron 27 de 30 veces. ¿Por qué Trump podría torcer esta historia? ¿Por qué un obrero de cuello azul que hace la diaria en una fábrica del medio oeste podría depositar sus expectativas en un líder proveniente de los negocios inmobiliarios y de hoteles, casinos, medios de comunicación y canchas de golf?

“A través de temas como inmigración y libre comercio, Trump logró energizar a una franja de votantes de raza blanca que no tenían identidad con el Partido Republicano y que en el pasado estuvieron asociados al Partido Demócrata y a los sindicatos”, analiza el experto en opinión pública Chris Borick en Allentown, Pensilvania. “A los norteamericanos les gusta cambiar, se cansan rápido del establishment; hoy perciben a Washington como demasiado corrupto”.

Ni republicanos ni demócratas, yo voto a Trump: Warren. Ultima semana de campaña y Trump fatiga una vez más el medio oeste; esta vez es Warren, una pequeña localidad muy cerca de Detroit, en Michigan. “¿Votás a los republicanos?”, le pregunto a una de las primeras adherentes en llegar al acto. “Estoy harta de los republicanos y los demócratas; yo voto a Trump, es un hombre de negocios que sabe lo que significa el dinero y dónde tiene que hacer recortes”.


*Politólogo. @DanielMontoya_



Daniel Montoya