ELOBSERVADOR HERENCIA KIRCHNERISTA / POLITICA

Cómo ser progresista sin ser un populista

La autora formula una pregunta clave: ¿puede seguir hablándose del kirchnerismo como un espacio de centro-izquierda?

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Foto:Cedoc Perfil

El panorama político argentino post PASO es muy inquietante para el futuro del progresismo o de las llamadas centroizquierdas. Entre una derecha que crece y se multiplica y una izquierda que avanza de a poco, pero acumula estas PASO, en realidad, vienen a refrendar la debacle del progresismo. Sin embargo, hace sólo cuatro años, en 2011, la centroizquierda había quedado como segunda fuerza política, con un 16,81%, aunque a 38 puntos de Cristina Fernández de Kirchner. Pero lejos de capitalizar ese segundo puesto, los sucesivos actos de mezquindad política de varios de sus dirigentes, el oportunismo de otros y las metamorfosis de aquellos que viraron hacia la centroderecha, buscando seducir otros electorados, hicieron que el espacio de centroizquierda no kirchnerista, en vez de crecer, estallara y se redujera a la mínima expresión. Además, a diferencia de lo que sucede en otros espacios (como, por ejemplo, dentro del peronismo), el electorado progresista suele castigar a sus representantes, cuando éstos asumen, traicionan sus promesas o se creen dueños de los votos.

La retracción de la centroizquierda es tal, que el partido de Víctor De Gennaro, asentado sobre la CTA crítica y otras alianzas partidarias, no logró sortear las PASO. Cierto es también que el de De Gennaro es un gesto demasiado tardío, no sólo por el contexto de fragmentación del campo progresista, sino también porque la CTA perdió su posibilidad electoral allá por 2003, cuando pese a lanzar el movimiento político-social y tomar como modelo la CUT brasileña (origen del PT), mantuvo perfil bajo y decidió no presentarse a elecciones, anticipando la tensión y posterior  fractura entre kirchneristas y no kirchneristas. Por su parte, Margarita Stolbizer, quien no llegó al 4%, fue superada en estas PASO por los votos en blanco, colocándose apenas milimétricamente por delante del Frente de Izquierda de los Trabajadores (FIT). Un dato no menor, ya que es la primera vez que el conjunto de las izquierdas supera a la centroizquierda, a nivel nacional. Por otro lado, Stolbizer conserva una férrea pertenencia al partido radical (visible en la presencia de muchos radicales en su espacio, así como por su reivindicación constante del alfonsinismo) y quizá por ello no llegó a interpelar al electorado progresista no kirchnerista y no radical, que prefirió otras opciones.

También podría elaborarse otra hipótesis, no incompatible con la primera: la crisis del progresismo no kirchnerista tiene como correlato un electorado argentino que se fue inclinando cada vez más hacia la derecha, abandonando el espacio de la centroizquierda, monopolizado por el kirchnerismo durante doce años. Numerosas son las razones que explicarían esta migración electoral: el final del ciclo de crecimiento económico y el alza de la inflación, el agravamiento de la problemática en torno a la seguridad y el narcotráfico; la profundización del presidencialismo extremo, los escándalos de corrupción y enriquecimiento ilícito que atraviesan incluso la familia presidencial, entre otros. Nada muestra más claro este final de ciclo y el proceso de derechización que vivimos que la naturalización de los actos de Justicia por mano propia (linchamientos) a los que estamos asistiendo desde hace un par de años. En un contexto marcado por nuevos conflictos sociales, crisis económica y discursos punitivos, nuestro país parece estar abriendo una peligrosa caja de Pandora que va instalando conductas fascistizantes, al compás de la derechización de las propuestas políticas.

Del progresismo al populismo.
El final de ciclo del progresismo muestra también fuertes transformaciones del kirchnerismo. Para expresarlo con una pregunta: ¿acaso puede seguir hablándose del kirchnerismo como un espacio de centroizquierda? Durante toda una primera etapa, entre 1999 –año en que asumió Hugo Chávez en Venezuela–, hasta 2008-2010, aproximadamente, las diferentes experiencias políticas latinoamericanas que cuestionaron el Consenso de Washington, aparecían caracterizadas como “gobiernos progresistas”, “gobiernos de izquierda” o, más tímidamente, en algunos casos, como el de Argentina, como “de centroizquierda”. Uno de los términos más empleados fue el de progresismo o progresista, denominación genérica en la cual convergen corrientes ideológicas diversas, desde aquellas de inspiración más institucionalista-socialdemócrata, pasando por el desarrollismo más clásico, hasta las experiencias políticas más radicales. Esto incluía desde Chile, con Lagos y Bachelet, Brasil, con Lula Da Silva y Dilma Roussef, Uruguay, bajo el Frente Amplio, la Argentina de los Kirchner, el Ecuador de Rafael Correa, la Bolivia de Evo Morales y la Venezuela de Chávez, entre otros.

En paralelo, otros analistas retomaron la categoría de populismo, entre ellos, el argentino Ernesto Laclau, quien en 2005 daría a conocer su libro La razón populista, para caracterizar estos gobiernos. Hacia fines de la primera década del siglo XXI, y a la hora de realizar un balance necesario, con los llamados gobiernos “progresistas” más que consolidados y no pocos atravesando ya segundos y hasta terceros mandatos, la caracterización de populismo comenzó a ganar más terreno, hasta tornarse rápidamente una suerte de lugar común, aunque lejos de la visión apologética de Laclau. Es que, más allá de las diferencias evidentes, los tiempos actuales nos confrontan a configuraciones políticas más típicas, que señalan similitudes con los populismos clásicos. Este es el caso de Venezuela, Ecuador, Bolivia y, por supuesto, Argentina, todos ellos países con una notoria y persistente tradición populista, que habilitaron el retorno del concepto en sentido fuerte, esto es, de un populismo de alta intensidad, a partir de la reivindicación del Estado; del ejercicio de la política como permanente confrontación entre dos polos antagónicos (el nuevo bloque popular versus sectores de la oligarquía regional o medios de comunicación dominantes) y, por último, de la centralidad de la figura del líder.

Una acotación se hace aquí necesaria. A mi juicio el populismo no es sinónimo de demagogia sea política o económica, como buscan simplificar tantas voces políticas y mediáticas. El populismo es un fenómeno político complejo y contradictorio que presenta una tensión constitutiva entre elementos democráticos y elementos autoritarios. Dicha tensión hace que, tarde o temprano, éstos traigan a la palestra una perturbadora pregunta; en realidad, la pregunta fundamental de la política: ¿qué tipo de hegemonía se está construyendo en esa tensión peligrosa e insoslayable entre lo democrático y lo no democrático, entre una concepción plural y otra organicista de la democracia; entre la inclusión de las demandas y la cancelación de las diferencias?
Por otro lado, el giro populista ilustra una inflexión importante, pues no es lo mismo hablar de populismos del siglo XXI que de nueva izquierda latinoamericana. Lo que resulta claro es que en el pasaje de una caracterización a otra, algo se perdió, algo que evoca el abandono o la pérdida de una dimensión transformadora de la política.

Vale la pena aclarar también la especificidad del populismo argentino hoy. A diferencia de los gobiernos de Venezuela y Bolivia, que pueden ser considerados como populismos de clases populares pues, más allá de sus limitaciones y problemas apuntaron a la redistribución del poder social y al empoderamiento de los sectores subalternos; en Argentina, lo más destacable es la vocación estelar de ciertos sectores de las clases medias, su empoderamiento político, en un marco de consolidación generalizada de los grandes actores económicos (corporaciones trasnacionales como Monsanto, Chevron o la Barrick Gold, han sido socios privilegiados del gobierno kirchnerista). Así, desde mi perspectiva, el kirchnerismo se convirtió en un populismo de clases medias, lo cual no significa afirmar que las clases populares estén ausentes: asistencializadas, precarizadas, sin relegar sus tradiciones sindicales, abriendo nuevos frentes de conflicto y de lucha, las clases subalternas son cada vez más los convidados de piedra de un modelo cuya clave de bóveda es un sector de las clases medias autodenominadas “progresistas”. Asimismo, la polarización a la que asistimos desde 2008 confronta sobre todo estos sectores progresistas (que ya cuentan con su propio aparato mediático y cultural, creado desde el Estado); con aquellos otros sectores de clase media que buscan autorrepresentarse como los defensores de la República y la independencia de poderes (y cuentan con el impulso de ciertos grandes medios de comunicación). La sobreactuación, convengamos, en esta puja intraclase, está instalada en ambos bandos de las clases medias.

En fin, el agotamiento general del ciclo progresista muestra un doble escenario de crisis: por un lado, el de un kirchnerismo transformado en populismo de alta intensidad, cuyas aspiraciones progresistas en los próximos años tenderán a ser más acotadas. Esto es, cuanto más, por la vía de la sucesión conservadora, podrá convertirse en un populismo de baja intensidad, en el caso de que La Cámpora y otros aliados kirchneristas lleguen a tener alguna influencia en el hipotético nuevo gobierno de Scioli. Por otro lado, la centroizquierda no kirchnerista que hoy asiste impotente a su debacle, visible en sus resultados electorales, tiene como desafío el de tratar de reinventarse a sí misma, pero sin atajos, desde la izquierda, esto es, con una voluntad política de transformación social, pensando generosamente en construcciones políticas a mediano plazo. Pues ya lo decía José Saramago, sabio escritor que “cuando la izquierda decide hacer una política de centro, no se acerca a la izquierda; se está acercando a la derecha”.

*Socióloga.



Maristella Svampa