ELOBSERVADOR DE LO DECLARATIVO A LOS HECHOS

Conflicto docente: para el Gobierno es la historia de la bella contra la bestia

Roberto Baradel versus María Eugenia Vidal es, para el autor, una forma nueva de algo que sucede desde hace años: la decadencia de la calidad educativa, que responde a esquemas y miradas perimidas de lo pedagógico.

Contrapuestos. El líder de Suteba, Baradel, tiene un estilo muy distinto al de la gobernadora Vidal.
Contrapuestos. El líder de Suteba, Baradel, tiene un estilo muy distinto al de la gobernadora Vidal. Foto:Cedoc Perfil
Como ya es frecuente desde hace varios años, la foto del lunes será la de las aulas vacías. En las paritarias docentes, usualmente se ha venido repitiendo la misma puesta en escena, los mismos patrones, como si todo estuviera guionado: los gremios rechazan las primeras propuestas, lanzan algún paro, el periodismo los demoniza, aparece el tópico del alumno-rehén, el Gobierno hace un último esfuerzo y –en resumen– la función termina cuando sale Baradel a decir que hubo una “propuesta superadora”, es decir, una propuesta que consiste en cien o doscientos pesos más que la propuesta anterior. Entonces suele empezar otra función: la de la clase, el simulacro pedagógico del aula. Pero ésa, como viene diciendo hace años el doctor Jaim Etcheverry, a nadie le importa demasiado. Mientras los chicos estén adentro del aula y al final, no importa cómo, reciban su título –pues, naturalmente, tienen derecho a eso–, parece estar todo bien.

 Algo así, o más o menos así, ocurrió también el año pasado, durante el primer año de la gestión de Vidal. Sin embargo, esta vez algo cambió. Cambiemos trajo, en efecto, un cambio, y no, por cierto, en esa formación docente que se ha deteriorado tanto durante el kirchnerismo. Ni tampoco, claramente, en la competencia lectora de los alumnos. Ni, mucho menos, en las condiciones indignas en las que se debe dar clase. Ni en la infraestructura de los edificios escolares. Ni en restituirle autoridad al docente. Ni tampoco en la política pedagógica neo-rousseauniana, puesto que, en gran medida, en los ministerios siguen parasitando los mismos artrópodos lectores de Piaget o Freire que vienen asesorando gobierno tras otro –y reciclándose– desde el regreso de la democracia. Todo eso sigue igual, o peor. El sistema cosmológico y el sistema educativo tienden, ambos, a la entropía, al desorden.
Lo que cambió, por ejemplo, es la dinámica de la paritaria, o más bien el género: se pasó de la tragicomedia a la farsa, palabra cuya etimología puede resultar reveladora: viene del latín ‘farcire’, que significa ‘rellenar’. Eso es lo que hace, precisamente, el PRO: vaciar algo y producir rellenos, que por lo general son rellenos de “fantasía”. Así, desde el Ministerio de Educación, hicieron con varios programas –entre ellos, Conectar Igualdad o el Plan Nacional de Lectura–, y así están haciendo ahora con la paritaria de la Provincia, porque hay que decir que una paritaria en la que una de las posiciones hace siempre la misma oferta no es una paritaria, sino un fraude. Aunque en los últimos días ocurrió algo inédito, inédito incluso en el mundo: se ofreció algo peor que lo anterior. Del 18% o la inflación que hubiera, se ofreció sólo la inflación, y además se continuó en la postura de no reconocer la pérdida del poder adquisitivo del año anterior.

Respecto de la paritaria nacional –y éste es el otro “cambio” para entender por qué no empezarán las clases– directamente se la abolió, incumpliendo el artículo diez de la Ley de Financiamiento Educativo, que obliga a establecer un salario mínimo en negociación con los gremios. 

En este contexto, en su discurso de apertura de sesiones ordinarias el Presidente eligió no hablar del tema. En cambio, y en el único gesto espontáneo de todo el acto, se dedicó a burlarse y reírse de un dirigente gremial cuyos hijos acaban de recibir varias amenazas, porque por ahí pasa, en definitiva, la estrategia: el principal argumento del PRO parece ser el kirchnerismo de Baradel. Se trata de reducir la negociación a un proceso agonístico –recuérdese que el ministro dijo que los gremios están en “acción de guerra”– entre la chica buena y carilinda que va al súper chino y se sienta a la mesa de un local de comida rápida –pobre, siempre la sorprenden con una foto; no la dejan almorzar en paz–, y ese personaje siniestro, gordo, feo y, para colmo, kirchnerista, que está al frente de Suteba. El eje tiene que estar ahí. 

Pero el discurso además –retomemos– no escatimó dislates ni contradicciones. Entre ellas, en un momento el Presidente aseguró que hay que mejorar la formación docente, que se precisan docentes de calidad, mientras, paradójicamente, el gobierno de Vidal pretende que dé clase gente sin capacitación alguna, “voluntarios” (el primero fue un ex militar del batallón 601), cosa que, por cierto, no debería preocupar a ningún maestro: se sabe que en cuanto tengan que llevarse pilones de hojas para corregir en casa, planificar clases, o habitar las aulas dantescas más ruidosas del mundo –eso ha dicho el anteúltimo informe PISA–, es decir, cuando adviertan que no son “voluntarios” sino “apóstoles”, no tardarán demasiado en pedir tareas pasivas, o licencia psiquiátrica, probablemente con prescripción inmediata de Alplax o Clonazepan.  
En definitiva, digamos que, en materia educativa, hacer las cosas peor que el kirchnerismo no era fácil, y la gente del PRO por ahora puede arrogarse ese mérito. Porque aquí no hay errores; hay méritos. Aunque en Cambiemos a veces no está tan claro si son peores los “méritos” o los errores.

*Periodista y escritor.