ELOBSERVADOR LA PALABRA PRESIDENCIAL

Decíamos ayer ... lo contrario de hoy

Su autora, la exsenadora Vilma Ibarra analiza y expone las contradicciones del “relato”. Un fragmento sobre “los malditos 90”.

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Foto:Cedoc

No fue durante los gobiernos de Carlos Menem sino principalmente a partir de la crisis de 2001, con la evidencia trágica de la exclusión, el desempleo y el desamparo social, que a Cristina se la escuchó criticar duramente, con referencias ideológicas precisas, el modelo privatizador de la década de los 90. Y poco después comenzó a referirse a esos años como “la tragedia neoliberal” y la época del “Estado ausente”.

Pero repasando las declaraciones de Cristina en los primeros años de la década de 1990, se confirma que fue muy enfática cuando se pronunció, por ejemplo, a favor de la privatización de YPF. Lo hizo como diputada provincial de Santa Cruz, al presentar un proyecto de declaración en la Legislatura local, instando a los diputados nacionales de esa provincia a que facilitaran la sanción en el Congreso del proyecto de privatización.

Cristina se quejaba de la pasividad de los diputados y senadores nacionales de la provincia frente al tratamiento de esa ley, que para ella era prioridad porque sostenía que su sanción resultaría muy ventajosa para Santa Cruz. El texto de la declaración propuesta y firmada por Cristina se aprobó en septiembre de 1992 en la Legislatura provincial y su texto decía: “Un conjunto de legisladores de la Cámara de Diputados de la Nación, cada uno con sus respectivas razones, viene obstruyendo la posibilidad de que aquella Ley de Federalización de Hidrocarburos y de Privatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales tenga siquiera su tratamiento en esa Cámara. Como se comprenderá, ninguna argucia reglamentaria debe estar puesta al servicio de retrasar las soluciones que nuestra provincia necesita”.

Dos meses después, YPF era privatizada, luego de aprobarse la ley enviada al Congreso por Carlos Menem, que fue informada y defendida por el entonces diputado nacional, luego secretario general de la Presidencia y actual secretario de Inteligencia, Oscar Parrilli, con elogiosas palabras para el entonces presidente riojano.

Tampoco hay dudas de que Cristina se sentía oficialista en la primera mitad de la década de 1990. En la Convención Constituyente de 1994 fue muy explícita respecto de su lugar de pertenencia política. Desde su banca, en una de las dos oportunidades en las que hizo uso de la palabra durante la Convención, dijo: “Cuando recibimos el gobierno en 1989 éramos un país fragmentado, al borde de la disolución social, sin moneda y con un Estado sobredimensionado que como un Dios griego se comía a sus propios hijos. Entonces hubo que abordar una tarea muy difícil: reformular el Estado, reformarlo; reconstruir la economía; retornar a la credibilidad de los agentes económicos en cuanto a que era posible una Argentina diferente. Se hizo con mucho sacrificio, pero se logró incorporar definitivamente pautas de comportamiento en los argentinos”.

Cuando Cristina pronunció estas palabras ya se habían privatizado –o estaban en proceso de privatización– las telecomunicaciones, Aerolíneas Argentinas, importantes servicios viales, la electricidad y el gas, además de YPF; y también se había dispuesto la disolución o liquidación de muchas otras empresas prestadoras de servicios. Paralelamente Argentina crecía en su PBI pero aumentaba la brecha entre ricos y pobres y se destruía la industria nacional. El Estado presente, al que tanto se ha referido Cristina a partir de la crisis de 2001, no era su preocupación en ese momento. Lejos de ello, la búsqueda de políticas públicas para reducir el Estado “sobredimensionado”, como ella misma lo calificó, la hacía coincidir en este punto con el oficialismo menemista, del que reconocía ser parte.

¿Cómo hicieron para aguantar durante el uno a uno? El 20 de mayo de 2008, ya siendo presidenta de la Nación, Cristina anunció la presentación de un proyecto de ley para el desarrollo y la consolidación del sector autopartista nacional, en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno. En su discurso hizo referencia a un hombre llamado “José”, que era dueño de una fábrica de autopartes que ella había visitado días antes en Rafaela, provincia de Santa Fe. Cristina elogió a José por el éxito de su empresa y por haber apostado al país y se refirió a él como una persona “que no dejó el país, se quedó aquí, siguió apostando por la Argentina, aun en épocas del uno a uno”. Luego agregó:  “No me voy a olvidar nunca de lo que me contó. Yo le pregunté cuando fui a visitarlo a la fábrica ¿cómo hicieron para aguantar durante el uno a uno? Y me dijo: ‘Milagros, redujimos personal con mucha cooperación de los viejos empleados, de los viejos ingenieros que apostaron y se quedaron, pero tuvimos que reducirnos y aguantamos…’”.

Unos meses después, en otro discurso presidencial pronunciado en Mar del Plata, Cristina se refirió nuevamente a la convertibilidad y lo hizo en estos términos: “[…] recordaba cuando el intendente recién mencionaba lo que fue la aplanadora de la convertibilidad para esta ciudad, que llegó a ser el símbolo de la mayor desocupación que tuvo el país, una ciudad que se había caracterizado por su industria textil, por el turismo. Claro, el uno a uno aplanó todo, pasó por encima al turismo, a la actividad textil, a los sueños y a las ilusiones…”

También dijo, tiempo después: “[…] el efecto sobre la industria avícola entrerriana fue devastador durante el régimen de la convertibilidad, y sin embargo hoy tenemos esta industria, que tomo como modelo; de la otra que después voy a hablar es la que habló Karagozian, la otra gran víctima de la convertibilidad que fue la industria textil y de calzado, donde allí no es que fue devastador, fue exterminador; porque en la devastación siempre queda algo, después del exterminio no suele quedar nada”.

Su empeño en demostrar su oposición y su rechazo al régimen de la convertibilidad la llevó a fundamentar sus críticas en una visita a la República Popular China en 2010. Al hacer referencia a la economía de nuestro país, después de enumerar los ya conocidos “pilares” del modelo, hizo referencia a los tiempos en que regía la convertibilidad: “[…] tuvimos la nefasta experiencia durante diez años de la denominada convertibilidad que creaba la ficción del uno a uno, un dólar-un peso, un absurdo, una ficción…”.

Prestemos atención ahora a la visión que la senadora Cristina Fernández de Kirchner tenía, durante la mismísima década de 1990, acerca de la convertibilidad. Lo dejó claro al discutir en el Senado, en el curso de 1996, un proyecto de ley que modificaba diversas leyes impositivas. Dijo entonces que esas medidas implicaban “un ajuste después del ajuste”, cuestionó al gobierno central por no favorecer a “las grandes mayorías”, lo acusó de ceder a distintos lobbies y exigió el debate de una verdadera reforma tributaria, al tiempo que anunció que ambos senadores de la provincia de Santa Cruz votarían en forma negativa la iniciativa del gobierno.

Sin embargo, más adelante explicó el sentido y los límites de ese voto negativo, diciendo: “Pero con el respeto que me merece la oposición, debo decir que lo haremos desde una concepción diferente. ¿Por qué? Porque la oposición se vino oponiendo –en cumplimiento de un rol institucional– a la Ley de Convertibilidad y ha impugnado in totum el modelo, mientras que nosotros hacemos nuestro planteo desde otro espacio, apoyando la convertibilidad, el equilibrio fiscal y los sucesivos pactos fiscales. ¿Por qué razón? Porque sostuvimos y sostenemos que la convertibilidad no es, como algunos dicen, una cuestión de regla cambiaria. Es, nada más ni nada menos, que el compromiso del Estado de no financiarse a través de la emisión”.



Vilma Ibarra