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Democracia social y democracia económica

La palabra democracia desde siempre ha indicado una entidad política, una forma de Estado y de gobierno, y ésa sigue siendo la acepción primaria del término.

Democracia social y democracia económica.
Democracia social y democracia económica. Foto:temes

La palabra democracia desde siempre ha indicado una entidad política, una forma de Estado y de gobierno, y ésa sigue siendo la acepción primaria del término. Pero dado que hoy en día hablamos también de democracia social y de democracia económica, estaría bien establecer en cada momento qué queremos decir.

La noción de democracia social se plantea con Tocqueville en su obra La democracia en América. Al visitar Estados Unidos en 1831, Tocqueville quedó impresionado sobre todo por un “estado de la sociedad”, que Europa no conocía. Cabe recordar que, respecto a su sistema político, Estados Unidos entonces declaraba que era una república, todavía no una democracia. Y por lo tanto Tocqueville percibió la democracia estadounidense, en clave sociológica, como una sociedad caracterizada por la igualdad de condiciones y preponderantemente guiada por un “espíritu igualitario”. Aquel espíritu igualitario reflejaba en parte la ausencia de un pasado feudal, pero expresaba también una profunda característica del espíritu estadounidense.

Así pues, democracia no es, aquí, lo contrario de régimen opresor, de tiranía, sino de “aristocracia”: una estructura social horizontal en lugar de una estructura social vertical. Después de Tocqueville, es sobre todo Bryce quien mejor concibe la democracia como un ethos, como un modo de vivir y convivir, y por lo tanto como una condición general de la sociedad. Sí, para Bryce, en 1888, la democracia es prioritariamente un concepto político. Pero para él la democracia estadounidense también se caracterizaba por una “igualdad de estima”, por un ethos igualitario que se manifiesta en el valor igual que las personas se reconocen mutuamente. Por ello, en la acepción original del término, la “democracia social” revela una sociedad cuyo ethos exige a sus propios miembros verse y tratarse como socialmente iguales.

De la acepción original se obtiene fácilmente otro significado de “democracia social”: el conjunto de las democracias primarias –pequeñas comunidades y asociaciones voluntarias concretas– que vertebran y alimentan la democracia en su base, en el nivel de la sociedad civil. En este sentido, un término cargado de significado es “sociedad multigrupal”, estructurada en grupos voluntarios que se autogobiernan. Por lo tanto, aquí democracia social significa la infraestructura de microdemocracias que sirven de base a la macrodemocracia de conjunto, a la superestructura política.

Democracia económica es, a primera vista, una expresión que se explica por sí misma. Pero sólo en apariencia. Desde el momento en que la democracia política gira en torno a la igualdad jurídico-política, y que la democracia social consiste sobre todo en la igualdad de estatus, en esa secuencia democracia económica significa igualdad económica, aproximación de los extremos de pobreza y de riqueza, y por lo tanto redistribuciones que persiguen un bienestar generalizado. Esta es la interpretación que podríamos llamar intuitiva de la expresión. Pero la “democracia económica” adquiere un significado preciso y caracterizador de subespecie de la “democracia industrial”.

El concepto se remonta a Sidney y Beatrice Webb, quienes en 1897 escribieron Industrial Democracy, una obra inmensa, coronada posteriormente en el campo de los sistemas políticos con una más modesta A Constitution for the Socialist Commonwealth of Great Britain (1920). Aquí el argumento es nítido. La democracia económica es democracia en el lugar de trabajo y en la organización y gestión del trabajo. En la sociedad industrial, el trabajo se concentra en las fábricas y, por lo tanto, es en la fábrica donde hace falta introducir la democracia. De esta manera, al miembro de la ciudad política, al polite, le sucede el miembro de una comunidad económica concreta, el trabajador; y de esa forma se reconstituye la microdemocracia, o mejor dicho, se instaura una miríada de microdemocracias donde se da al mismo tiempo la titularidad y el ejercicio del poder. En su forma acabada, la democracia industrial se configura entonces como el autogobierno del trabajador en su lugar de trabajo, del obrero en su fábrica; un autogobierno local que debería ser integrado en el ámbito nacional por una “democracia funcional”, es decir, por un sistema político basado en criterios de representación funcional, de representación de oficios y competencias.

En la práctica, la democracia industrial ha encontrado su encarnación más avanzada en la “autogestión” yugoslava, una experiencia que ya hay que considerar fracasada en clave económica y falaz en clave política. Por norma, y con mayor éxito, la democracia industrial se ha asentado sobre fórmulas de participación obrera en la conducción de la empresa –la Mitbestimmung alemana– y sobre prácticas institucionalizadas de consulta entre la dirección empresarial y los sindicatos. Una vía alternativa es un accionariado obrero, que efectivamente puede ser concebido y diseñado como una forma de democracia industrial, pero que de por sí implica copropiedad y participación en los beneficios más que democratización.

La democracia económica también se presta a ser concebida, de un modo muy general, como la visión marxista de la democracia, en función de la premisa de que la política y sus estructuras son solamente “superestructuras” que reflejan un unterbau económico subyacente. Está fuera de duda que hablar mucho en términos de democracia económica es de amplia inspiración marxista, es decir, que deriva de la interpretación materialista de la historia. Sin embargo, las “teorías económicas de la democracia” propiamente dichas y precisamente formuladas que surgen con Anthony Downs (1957) y que posteriormente han sido desarrolladas, en general, en términos de social choice, de teoría de las opciones sociales, provienen de los economistas y no tienen ninguna connotación marxista: se valen de conceptos y analogías de la ciencia económica para interpretar los procesos políticos (Buchanan y Tullock, 1962, Riker, 1982).

El hecho es que el marxismo –por lo menos desde Marx hasta Lenin– juega bien contra la democracia, a la que declara capitalista y burguesa; pero juega mal en su propia casa, es decir, cuando se trata de explicar cuál es la democracia que reivindica para sí, la democracia del comunismo realizado. En Estado y revolución, Lenin dice y desdice; pero al final su conclusión es que el comunismo, al abolir la política, lo que hace al mismo tiempo es abolir la democracia (véase Sartori, 1987, pp. 461-466). Por lo tanto, en el texto que más sienta cátedra, el marxismo no desarrolla una democracia económica. Y la cuestión que hay que recalcar es que la democracia económica y la teoría económica de la democracia son, a pesar de la similitud de las expresiones, cosas totalmente distintas.

Una vez aclaradas las diferencias, ¿cuál es la relación entre democracia política, democracia social y democracia económica? La relación es que la primera es condición necesaria de las otras dos. Las democracias en sentido social y/o económico amplían y completan la democracia en sentido político; son también, cuando existen, democracias más auténticas, ya que son microdemocracias, democracias de grupos pequeños. Por otra parte, si la democracia no se da en el sistema político, las pequeñas democracias sociales y de fábrica en cualquier momento corren el riesgo de ser destruidas o amordazadas. Por ello “democracia” sin calificativos quiere decir democracia política. La diferencia entre esta democracia y las demás es que la democracia política es dominante y condicionante; las demás son subordinadas y condicionadas. Si falta la democracia mayor, con facilidad faltan las democracias menores. Lo que explica por qué la democracia ha sido siempre un concepto preeminentemente desarrollado y teorizado en el contexto del sistema político.


*Uno de los más relevantes teóricos políticos modernos, el italiano Giovanni Sartori falleció el miércoles pasado, a los 92 años. Aquí, un fragmento de su libro ¿Qué es la democracia? (Taurus).



Giovanni Sartori