ELOBSERVADOR EL FUTURO DEL TRABAJO EN LA ARGENTINA

Desempleo, una catástrofe vital

El líder de la CGT advierte que sólo el trabajo digno podrá revertir el cuadro de creciente desigualdad que sufre nuestra sociedad, reclamando que se debata cómo hacer “positivos” los cambios tecnológicos.

Producción. En todo el mundo los cambios tecnológicos generan desafìos, por el avance de la automatización. Conviene evitar los pronósticos apocalípticos.
Producción. En todo el mundo los cambios tecnológicos generan desafìos, por el avance de la automatización. Conviene evitar los pronósticos apocalípticos. Foto:cedoc

Como dirigente sindical, no puedo menos que señalar la gran preocupación con que el movimiento obrero argentino ve la situación de nuestro país, cuando los mismos datos oficiales deben admitir una realidad conocida por todos, aunque reiteradamente negada o minimizada por los funcionarios, como es el marcado aumento de la desocupación.

Si bien la cifra publicada recientemente por el Indec da para el primer trimestre de este año un desempleo del 9,2%, por debajo de lo que muestran otras fuentes confiables, aun así se trata del nivel más alto en una década. Y ante esa situación, lejos de dar signos de tomar un rumbo orientado a resolver el problema, las autoridades y los poderosos sectores empresariales parecen empeñados a enfilar la nave del país hacia lo peor de la tormenta.

Señales de alarma. Si nos guiamos por los estudios de instituciones independientes, como el Observatorio de la Deuda Social, de la Universidad Católica Argentina (UCA), esa preocupación se convierte en señales de alarma. La pobreza, medida por nivel de ingresos, golpea sobre uno de cada tres habitantes, es decir, a más de 14 millones de compatriotas, de los cuales casi la mitad son menores de hasta 14 años de edad. También midiendo por ingresos, casi 3 millones de estas personas se encuentran en situación de indigencia, es decir, no llegan a cubrir una canasta básica de alimentos, y de ellas, más de 350 mil son chicos.

Este cuadro de situación pone en evidencia una terrible exclusión social y se vincula estrechamente con los datos de ocupación. En la Argentina, según esos mismos informes de la UCA, el desempleo abierto afecta a un 10% de los mayores de 18 años. Otro 18% de nuestra población económicamente activa debe sobrevivir con “changas” ocasionales, y casi otro 31% trabaja bajo distintas formas de empleo precario, sin cobertura de seguridad social, estabilidad o derechos laborales básicos. Resumiendo: seis de cada diez habitantes de nuestro país en edad de trabajar no cuentan con un empleo digno, con reconocimiento pleno de sus derechos.

Estos datos, que corresponden a 2016 y que lamentablemente todo sugiere que han empeorado en lo que va de este año, no son “fríos números” de la estadística. Se trata de millones de personas, de miles y miles de familias, que en nuestro país se ven privados del derecho elemental de ganarse dignamente el pan, “con el sudor de su frente”.

La inclusión se basa en el trabajo digno. El trabajo digno y genuino es la clave si hablamos de inclusión social, y si aspiramos a que ésta sea verdadera y sustentable. Si por mucho tiempo en la historia de la humanidad se consideró el trabajo como un “deber”, hace ya tiempo que sabemos que se trata, ante todo, de un derecho. En el trabajo digno se aprenden y se desarrollan las mejores capacidades y cualidades humanas: la responsabilidad, el respeto a uno mismo y al prójimo, el compañerismo, la solidaridad. La cultura del trabajo forma a los integrantes de la sociedad en valores indispensables para que la convivencia sea más armónica, capaz de resolver sus conflictos, en lugar de agravarlos o convertirlos en “grietas” insalvables.

Y es aquí que nos encontramos frente a uno de los dramas más terribles de nuestro tiempo, que excede ya el plano económico, social y político para alcanzar las dimensiones de una verdadera catástrofe vital y moral: esa cultura está siendo destruida desde su misma base, el trabajo. Destrucción por despidos, desempleo estructural, marginación y exclusión de millones de congéneres, como si fuesen “descartables”; en palabras del papa Francisco. Destrucción por la brutal desvalorización y explotación de la labor creadora y transformadora de millones de hombres y mujeres, sometidos a condiciones de trabajo que atentan contra su dignidad humana, con salarios de hambre, sin el reconocimiento de sus derechos laborales, sociales, sindicales, sin posibilidad de forjarse un futuro mejor para ellos y para sus hijos.

Ante este panorama, es necesario que todos los que aspiramos a una vida social civilizada, en paz, armónica, democrática, demos lo que la encíclica “Laudato Si’” llama una verdadera “batalla cultural” para hacerle frente a la difusión de discursos e ideologías que no son más que una globalización del egoísmo, la naturalización del “sálvese quien pueda”, la destrucción de los más elementales lazos de solidaridad.

Los desafíos de los cambios tecnológicos. Esta “batalla cultural” resulta tanto o más urgente cuando vemos que, en todo el mundo y de manera acelerada, los cambios tecnológicos generan crecientes desafíos al futuro del trabajo.

No faltan quienes ven ese futuro dominado por robots y máquinas automatizadas, que terminarán por desplazar de sus puestos a crecientes masas de trabajadores, virtualmente en todas las ramas de producción de bienes y servicios, incluidos los profesionales. Sin llegar a esos extremos, resultan más serios los análisis que señalan que, por ejemplo, el 37% del empleo privado de la Argentina podría ser automatizado casi por completo en los próximos quince años, o que a nivel mundial esas cifras alcanzarían al 30% de las actividades. Son, sin duda, proyecciones que generan preocupación, por los efectos que tendrían sobre el empleo, pero que a mi entender deben contextualizarse con precisión: preocupan si el paradigma sigue siendo el de la egoísta “cultura del descarte”, si no somos capaces, como sociedades, de establecer un nuevo modelo de desarrollo.

Los pronósticos apocalípticos no son nuevos en la historia de la humanidad. Cuando se aproximaba el primer milenio de la era cristiana, el temor a un cercano fin del mundo angustió a las poblaciones de Europa. Sin irnos tan lejos, recordemos que cuando Thomas Malthus hizo, allá por el 1800, sus pronósticos funestos sobre el agotamiento de los recursos naturales ante el aumento exponencial de la población, el mundo tenía unos mil millones de habitantes. Pasaron algo más de 200 años, y hoy el planeta está poblado por más de 7.400 millones de seres humanos. Desde ya que no estamos en ningún paraíso, pero los problemas que padecemos, como el hambre, la miseria, el derroche y el deterioro ambiental, no se deben al agotamiento de los recursos, sino a otros factores: las tremendas inequidades, la injusticia social, la voracidad desmedida de unos y su desprecio por el prójimo.

También la historia muestra que el progreso tecnológico y la innovación no deben ser vistos como enemigos, ya que de nada nos va a servir. Pretender impedir su avance es como querer dar marcha atrás el reloj. No lo consiguieron los trabajadores artesanales que en los comienzos de la Revolución Industrial destruían las máquinas que convertían sus oficios en obsoletos. Y no hay motivos para pensar que resulte posible hoy, con las nuevas generaciones formadas en un mundo donde esas innovaciones son parte de su vida cotidiana, de su modo de vincularse, de desenvolverse y hasta de pensar.

La necesidad de un nuevo paradigma. No se trata de intentar un imposible “detener” el mundo, sino de tomar a tiempo los rumbos y los cursos de acción necesarios para que las transformaciones sean capaces de mejorar la vida de la humanidad, en lugar de hacerla más desdichada. Hay que pensar desde ya hacia dónde marchan esos cambios, capacitando y tomando las medidas que permitan aprovecharlos para el bien común, el de la inmensa mayoría. Y, como reconocen todos los especialistas en innovación tecnológica, para ello son indispensables políticas públicas que orienten y promuevan una participación del conjunto de la sociedad, de todos sus sectores, ya que todos se verán afectados.

Hay, por otra parte, motivos para alentar un moderado pero sano optimismo. Algunos parámetros permiten comprobar que la inventiva del género humano es capaz de mejorar la vida, en lugar de dañarla. Entre 1950 y 2015, a nivel mundial, la esperanza de vida pasó de 48 a 71 años. La mortalidad infantil (hasta 5 años de edad), que en 1962 era del 180 por mil, en 2012 había bajado, a escala global, a 50 por mil. En 1960, sesenta de cada cien habitantes de nuestro planeta eran analfabetos; para 2014, esa proporción se había reducido a 15. Y aunque no se han resuelto las inequidades existentes, el producto bruto mundial per cápita se triplicó entre 1950 y 2008.

Si esos avances se produjeron a pesar del paradigma inequitativo y egoísta que ha regido y rige a nivel global a lo largo de todo ese tiempo, podemos avizorar con cierto optimismo el futuro si somos capaces de reemplazar la actual “cultura del descarte” por una “cultura del cuidado”. Esto no significa creer que todo vaya a mejorar por sí solo, o por el desarrollo tecnológico. Por el contrario, se trata de apelar a la responsabilidad que nos cabe a todos, empezando por quienes ejercen en su ámbito respectivo un rol dirigente, para hacer frente a los desafíos que ya hoy tenemos planteados. Optimista no es quien cree que todo “va” a resultar mejor, sino el que pone toda su capacidad, voluntad, inteligencia y empeño para que así sea.

Hace más de medio siglo, un empresario argentino, Enrique Shaw, les decía a sus colegas: “Una patronal que no busca más que defender su posición es incapaz de mantener la paz social”. Hombres como él, a mi entender, son un ejemplo de que la eficiencia y el bien común pueden y deben ir de la mano. Esa convicción se basa en el pensamiento de que los valores de solidaridad, hermandad, igualdad, comunidad, son el fundamento de una sana relación entre los seres humanos. Su fundamento es entender qué hombres y mujeres no son las cifras de un balance o una estadística, sino personas integrales, cuyo pleno desarrollo y realización es el sentido de la vida en sociedad. Es, en suma, lo que nos enseña la Doctrina Social de la Iglesia.

Siendo consecuentes con esa concepción, podremos generar las políticas preventivas y las herramientas económicas, técnicas, sociales y, fundamentalmente, filosóficas y éticas, para poder enfrentar el futuro desconocido y desafiante, que no nos tiene que provocar miedos, sino incentivar nuestra capacidad de hallar soluciones. Seamos capaces de defender la dignidad humana y hacer que las nuevas generaciones de trabajadores se sientan seguras de ser copartícipes de esa maravillosa aventura humana que es encarar el porvenir creando una sociedad cada vez más justa, más solidaria, más digna.


* Secretario general de la CGT.



Juan Carlos Schmid