ELOBSERVADOR EL PODER DE LA PALABRA ORAL

Días de pornoradio

La radio se ha ficcionalizado y ya no acompaña: se impone.

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Hablemos de la radio, es decir de un medio que escucha poca gente si lo comparamos con la web o la televisión. Pero a pesar de su escasez, en la radio se habla todo el tiempo, es lenguaje en acto. En todos los otros medios también se habla.

Cuando entrevistan a los políticos en la tele, por más que se blanqueen los dientes para sonreír, tienen que hablar. En los diarios se usa el lenguaje, y por más que pongan titulares de dos metros y copetes de uno, no dejan de ser palabras. En los tuits sus ciento cuarenta caracteres son alfabéticos y no dibujitos.

En fin, el canal comunicacional se hace con palabras a las que se pegan imágenes, y lo que escucha o ve la gente lo expresa más con palabras que con gestos o muecas.

Para dar un elemento probatorio, imaginemos a dos parroquianos comentando el programa A dos voces sin hablar y con sus manos, no hablo de sordomudos con su propio código sino de dos entes sonoros que se comunican entre sí, ¿qué hacen?: dejan las manos para no seguir con un ritual extenuante y hablan.

Eso es la radio, palabras. Por supuesto que se ponen raps y cumbias, pero aun así en algún momento esos personajes exaltados que se hacen pasar por jóvenes en las FM también terminan por expeler sonidos articulados, lo que quiere decir más palabras.

¿De qué nos habla la radio? Las palabras de la radio nos hablan del mundo. Por ejemplo, la temperatura. Nos dicen que tenemos 10 grados, 70% de humedad y una sensación térmica de 7 grados. Para escuchar esa información, una persona puede seguir planchando o manejando un taxi. Ningún comunicador nos dice a las seis de la mañana: “Hoy me levanté con frío, mi casa está helada”.

Eso no es informar sobre el mundo sino hablar de algo privado que tiene que ver con la aclimatación de una vivienda particular.

Para eso se inventó la radio, para hablar sobre el mundo común que nos alberga a todos. No sólo la radio, sino que de alguna manera es el mismo periodismo que fue inventado para eso.

Por suerte, todavía en aquellos tiempos no se había inventado la semiología ni el periodismo militante, así que la gente escuchaba radio con cierta inocencia. Se informaba y se entretenía. Para las noticias existían los informativos; para la ficción, la radionovela; para los deportes, relatores y comentaristas. Cada cosa en su lugar y una radio en cada hogar… lindo eslogan.

Hoy hemos perdido la inocencia. Desnudamos lo que hay detrás de cada palabra: plata. Para nosotros, desde que descubrimos la sustancia “corpo”, cada palabra vale plata. No damos abasto con la pesquisa y sentimos que somos perspicaces cuando interpelamos a un sospechoso con la pregunta definitiva: ¿para quién trabajás?

Por esta denuncia de la monetarización de la palabra, nos interesa quién le paga al que habla, o intuimos que a otro están por pagarle su palabra para cambiarle su sentido.

¿Cómo verificamos este cambio en nuestra concepción de la función periodística? Por un revestimiento del habla. Nace la palabra rebajada. El vocabulario de saldo. Y, en especial, por los insultos. Al periodista en jefe le gusta decir por su boca o por la de un miembro de su staff: “Pendejo, mirá con qué primicia me venís, hay que ser idiota, mirá que le rompería el cu…, hay que ser bol… – agrega “perdonando la expresión”–, chupame un huev…(las risotadas de la mesa interrumpen…).

¿Cuál es la relación entre dinero y vocabulario? Se trata de una conexión indirecta. El leitmotiv que se repite es la degradación. La plata ensucia la palabra y el insulto también. A este tipo de secuencia se la conoce como el carácter distributivo de los atributos.

En la radio se dicen esas cosas, la puteada tierna acompaña la mañana y si no se quiere ser vulgar, para no caer en lo chabacano y mantener la compostura, se debe repetir al menos tres veces, antes de las 9.30, la palabra “mafioso”, después de Magnetto.

Luego sí, a comentar lo nublado que está París. Aunque también se dicen muchas otras palabras. Es como la ópera. En las representaciones operísticas está el solista, por lo general un tenor, los acompañantes y el coro. Pero lo que no se ve en las óperas es que el coro ame al solista.

En nuestra radio hay amor, un amor infinito. Vamos a dar nombres. Nos ponemos el casco y el cinturón de seguridad. Florencia Ibáñez ama a Víctor Hugo casi tanto como Cristina Wargon a Chiche, María Isabel Sánchez a Longobardi y Luciana Geuna a Lanata. Para no hablar del amor que le tiene Walter Zafarian a Fernando Niembro, un amor imposible.

Pero los otros no, no sólo no son imposibles sino totalmente posibles y reales cada mañana de cada día del año. Podemos hablar de las tardes pero se escucha menos. La pornorradio nos muestra a los que se llaman periodistas estelares rodeados de un grupo de admiradores y admiradoras, que bailan y cantan por ahora vestidos alrededor de su tótem.

Es raro que lo mismo no ocurra con las mujeres en jefe, ya sean Magdalena o Teté Coustarot: cuestión de género, como se dice. En el país del matrimonio igualitario o el del travesti famoso o de la mujer presidenta, no se olvida a nuestro símbolo nacional, no me refiero ni al tucán ni a la flor de ceibo, sino al compadrito, el capanga o el rufián melancólico que está solo y espera en la esquina rosada. Bajo un farol.

Así llegamos a esta situación: la radio ya no habla, hace otra cosa: pone en escena. Hay un galán, doncellas, pajes. Todos quieren participar de la obra. Los oyentes dicen te amo Pepe, aguante Baby, fuerza Doctor, te parto al medio Negrito.

Los entrevistados están encantados con ser entrevistados y no lo dicen del todo pero lo hacen sentir. Por lo general, entrevistado y entrevistador están unidos por un mismo lazo, en otras ocasiones hay algunos choques, a veces con mesura porque se insiste con cierta rispidez que vivimos en democracia con libertad de expresión hasta para los peores; otras, una vez que se termina la comunicación, el jefe comparte una risita con el panel.

En otros tiempos, el jefe radial tenía sus columnistas y sus secciones. Pero no es como ahora. Había respeto, como dicen los viejos en las plazas. El jefe no se entrometía en la sección, no le decía al cronista de espectáculos: no me digas que te gusta esa película de m…, o con voz engolada cubre la cartelera musical de la ciudad mientras el especialista calla con resignación.

Pero un contexto cabaretero es irrefutable. Podemos hacer una encuesta como esas que hacen Management & Fit o Consultora Equis, cualquiera que emplee el método científico experimental –que parecen ser todas– para preguntar a la ciudadanía qué es lo que prefiere en materia de debates. Uno entre Lanata y Víctor Hugo u otro entre Stolbizer y Filmus.

Recojamos las apuestas. Por eso podemos hablar de un polo político-periodístico. No decimos dos polos, nada de la teoría de los dos demonios, un solo polo, en el que conviven quienes nos cuentan la historia de la Argentina de 2013, luego la de 2014 y así en más. Es la misma historia en un solo polo pero de dos ciudades, igual que Charles Dickens.

Una es un desastre, la otra es de oro. Para unos ésta de hoy es una pesadilla y la que puede advenir es dorada. Para otros ésta es brillante y la que asoma es tenebrosa. Y nosotros, con sólo una leve presión o una mínima rotación –digital o analógica–, podemos pasar de una ciudad a otra o de un amor a otro.

Esto de lo que hablamos no sólo no debe ser interpretado como una queja, sino todo lo contrario. Es un aviso, una promoción. Como las de las academias Pitman: para mejorar su coeficiente intelectual, ¡escuche radio!
La radio de hoy nos obliga a pensar, mejor dicho a interpretar. ¿Por qué? Hay una razón sencilla: porque no se le puede creer.

Por eso volvemos al principio. La radio ya no nos habla de un mundo en común, sino que nos pasea por el mundo del galán. Hemos pasado de la realidad y de los hechos a la ficción. Los semiólogos están chochos y los militantes también.

El mundo se ha vuelto una monadología… perdón… perdón, como dice Lany Hanglin cuando refiere una cita exquisita sólo comprendida por expertos… sí, somos mónadas, cada uno en su lugar ve las cosas a su modo, y todo tiene sentido gracias a Dios, que ordena todas las voces, al menos en la teodicea del filósofo alemán Gottfried W. Leibniz.

El problema es que, al no haber Dios radial, la multiplicidad no se compone en el mejor dial posible a pesar de la Ley de Medios, sino que hace ruido. Porque, al revés de lo que piensan los sabios, si todo es ficción, mejor apagar la radio porque no hay cosa más aburrida que nos cuenten un cuento de mentira. ¡Los cuentos tiene que ser de verdad! Si no, no es un cuento, es una patraña, lo sabemos de chicos… perdonen, nos hemos exaltado.

Por eso es que la radio de alguna manera nos exige, se ha vuelto más exigente, porque se ha ficcionalizado: ya no acompaña, ahora se impone. Con estas observaciones, no hacemos más que remitirnos a la teoría radial de uno de nosotros (AM), declarada fanática del programa de Edgardo Mesa, los sábados y domingos a la una de la mañana por radio Mitre. La mencionada cronista tiene insomnio.

El otro que aquí escribe, no, duerme bien y lo hace temprano, y no puede escuchar a uno de los dos hermanos que han hecho de la radio un arte excelso, hoy olvidado

*Filósofo. (www.tomasabraham.com.ar).
**Crítica radial en el blog Pan Rayado.



Tomás Abraham* / Ana María (am)**