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Efectivo o tarjeta, dilema a superar

Los argentinos realizan al menos 100 millones de compras por mes con sus “plásticos”, pero aún hoy muchos comercios se niegan a aceptarlos. Inflación, costos, baja bancarización e informalidad económica son algunas de las razones.

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Foto:Nestor Grassi y Cedoc Perfil

Gradualismo. Esa parece ser la palabra clave en estos tiempos de transición. Algunos lo reclaman, otros dicen ponerlo en práctica, los terceros lo aborrecen porque son promotores del shock.
En la economía, como en los hábitos, se repiten conductas frente a situaciones similares. ¿Hay inflación? El uso de tarjetas de crédito ayuda a “ganarles” a los precios. Eso fue así durante las hiperinflaciones de décadas anteriores, aunque el uso de los plásticos no era tan habitual en la mayoría de la población. Por el lado de los comerciantes, la estrategia de sumar tarjetas y cuotas es muy válida… pero también los obliga a facturar, con la consecuente carga impositiva. Y en épocas de vacas no muy gordas, para algunos ésa no es una buena opción si se puede “ahorrar” algo en impuestos. “Me resistía a poner tarjetas, pero fue imposible competir con las grandes cadenas”, cuenta Claudio, que tiene una pequeña compañía de venta e instalación de aire  acondicionado. “Logré, con tener la calcomanía, que entre más gente al local y vender más por las cuotas, aunque me duele que en el momento de la transacción me descuenten los impuestos”, aclara el comerciante.

Los dos lados del mostrador. Los viajeros frecuentes al exterior saben que en algunos países es posible hacer compras con tarjetas de débito y crédito por montos insignificantes, desde un paquete de chicles en los Estados Unidos a un medicamento de 4 reales en Río de Janeiro.
“Sólo efectivo”. “Monto mínimo para tarjetas: $ 100”. “Tarjetas suspendidas”. Pese al auge de programas como el Ahora 12, creado en el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y extendido hasta marzo por el de Mauricio Macri, en los últimos meses carteles con los textos antes citados aparecieron en muchos comercios, especialmente en rubros como restaurantes y bares. “A principios de 2014 y de 2016, con devaluaciones, enseguida aparecen los carteles de sólo efectivo, para poder comprar mercadería a precios de hoy y no de a diez días, cuando se cobran los consumos de las tarjetas”, reconoce Fabián Tarrio, vicepresidente del sector Comercio de la Cámara Argentina de la Mediana Empresa (CAME).
Desde la cámara se promueve la implementación de los plásticos en los comercios, aunque, como dice Tarrio, “hay una renuencia en general a aceptar las tarjetas porque aún siguen siendo caras para el comerciante: hay una diferencia notoria con otros países. En Europa en la de débito casi no existe el descuento y en la de crédito es sustancialmente menor. Eso es algo que el comerciante busca evadir. Nosotros no somos partidarios de cobrar de más con la tarjeta de crédito, pero es verdad que al pyme sobre todo se le hace más oneroso porque no tiene el dinero en la mano. Muchos tienen la posibilidad de hacerlo, están inscriptos, pero pretenden disponer (sobre todo los de temporada) del dinero en efectivo en lugar de a las 72 horas. Eso permite agilizar compras sobre todo en tiempos inflacionarios. Cuando hay estabilidad y no hay inflación generalmente desaparecen estas cosas”. Los comercios cobran a las 48 horas los pagos con débito y a los 18 días hábiles con crédito.
Luis Schvimer, presidente de Prisma Medios de Pago (que incluye Visa, Banelco, PagoMisCuentas, Todo Pago, Lapos y Monedero), afirma que pese a los comercios que este verano retacearon el uso de tarjetas, el consumo está sostenido. “En enero fue algo menor que en noviembre de 2015, creciendo entre 43% y 45% nominal en pesos y en cantidad de transacciones estamos creciendo 15%. El cupón promedio crece menos de lo que venía creciendo. Son alrededor de 100 millones de compras por mes”, detalla. “La tendencia del aumento de precios, según lo que vemos, es para abajo, pero no podría aseverar que es el índice de inflación. El cupón promedio crecía al 25% y ahora lo hizo al 15”, afirma Schvimer. En Argentina, sobre el total de productos y servicios que se pueden pagar con tarjeta es el 60% y el índice de penetración es el más alto de América Latina. “No estamos atrasados en cuanto a pagos electrónicos. Y la otra falacia es que nos falta bancarización. La mayoría de la población tiene al menos un vínculo bancario, incluyendo jubilados y planes sociales. El problema es que es poco usado. No falta bancarización, sino intensificación del uso de los medios existentes; no se aprovecha, por ejemplo, el 5% que devuelve la compra con débito”, opina Schvimer. “Hay cuestiones de hábito y de aceptabilidad. Hay 500 mil comercios operando en Argentina. Falta abrir rubros”, agrega el número uno de Prisma.
“Estamos en un contexto de inflación en la cual suele haber situaciones en las cuales determinados tipos de comercios tienen doble precio entre efectivo y pago con tarjeta. Desde lo positivo, a lo largo del verano hay mucha competencia y promociones de parte de los emisores que hacen atractivo el pago con tarjeta”, destaca Martín Lang, Country Manager de Mastercard para Argentina y Uruguay, que también incluye Maestro. Según esta emisora, de 2014 a 2015 aumentó en un 50% el consumo con tarjetas de crédito en el país. Por ende, el consumo con tarjetas de crédito creció porcentualmente más que la inflación.
“La tarjeta se debería aceptar para todo”, afirma Manuel Cascante, director de Establecimientos de American Express. “Si hoy se camina por la calle, en los distintos polos comerciales, en el interior, hay cada vez más comercios que aceptan la tarjeta. Por un lado se vincula con que hay cada vez más personas bancarizadas que tienen productos electrónicos, que  andan con menos efectivo en el bolsillo y el comerciante por vender más acepta los medios de pago electrónico”, detalla Cascante. “Y si a eso le sumamos las distintas acciones que se hacen del lado de las emisoras, como el 12 x 10 (el monto se divide en 12 cuotas y Amex no cobra dos), que apunta a un segmento particular que no es masivo, generando campañas que estimulen al usuario a usar la tarjeta... Y eso lleva al comerciante a tener interés para ser parte de ese mundo de promociones”. En cuanto a las acciones de los comerciantes que suspenden servicios o imponen mínimos, todos coinciden: no es lo que debería suceder, pero es incontrolable.

Bancarización, pagos y evasión. El Banco Central comenzó una nueva cruzada por una mayor bancarización, acelerando la creación de 57 nuevas sucursales bancarias. Pero más allá de esto, la promoción del pago electrónico desde el Gobierno apunta también a combatir una realidad evidente: la de la evasión. Algunos sostienen que la informalidad es tan alta que con las actuales condiciones tributarias, si se intentara blanquear a todos los empleados, serían más los que quedarían en la calle que los que pasarían al empleo formal.
“Mucha gente no puede justificar los ingresos y por eso no compra con tarjeta, por eso no hay una demanda grande por el lado de los compradores, porque el porcentaje de informalidad es muy alto y no se pueden justificar los ingresos. Hay mucha gente que tiene el fajito de billetes en su casa porque cobra en negro”, ejemplifica Florencia Paolini, directora adjunta del Executive MBA (EMBA) y profesora de Finanzas Corporativas del IAE. “El alto porcentaje de economía informal hace que el consumidor no lo exija y muchos comercios tratan de zafar. La carga impositiva es tan alta que ‘paga’ mucho el evadir, aunque no sea justificable. Lo primero que hay que hacer es una carga impositiva razonable. Acá somos como sobrevivientes, se trata de mantener los márgenes por donde se pueda”, agrega Paolini.
Para el economista Martín Tetaz, es una combinación de evasión con la realidad de altas comisiones (que afectan los márgenes de negocios que no agregan mucho valor) y la eventualidad de la mala calidad de los servicios de comunicaciones que se profundiza por la falta de inversiones de estos años, “todo eso condimentado con un Estado ausente que debería subsidiar los equipos de posnet, regular las comisiones y obligar a su uso en caso de que el cliente lo prefiera. También hay por supuesto un efecto de costumbre; en Brasil, donde hay mucha más informalidad, el que vende los mojitos en la playa o incluso el de la bijou tienen un posnet inalámbrico”, ejemplifica Tetaz.
Desde la CAME no niegan que hay comerciantes que evitan las tarjetas como un modo de no facturar legalmente. “Suele haber comerciantes que hacen estas cosas; es cierto que algunos no hacen tickets, pero sería importante que este nuevo gobierno contemplara una nueva manera de hacer una reforma fiscal que baje la carga impositiva”, afirma Tarrio. “Porque no es justo que un comercio pequeño pague los mismos impuestos que un hipermercado de bandera extranjera, en relación con el volumen que tenemos. No hay un incentivo para que los pequeños y medianos creemos puestos de trabajo. Del 1,2 millón de empleados de comercio, 1 millón son de locales en calles y avenidas. Los grandes se benefician por su poderío económico. Así se reduciría la falta de factura, la no aceptación de las tarjetas. Siempre estamos dispuestos a sentarnos. No tener dinero en efectivo en tiempos de inflación hace que se desdibuje la función que cumple la tarjeta, que es muy práctica para quienes la usan. Es razonable y natural que avancemos a un sistema bancarizado. Naturalmente, como todas las cosas que se quieren transformar y mejorar, hace falta tiempo. Lo ideal es hacerlo más gradualmente para que no queden heridos en el camino”, cierra Tarrio.
Tetaz es concluyente: “Bajar la informalidad no es una opción, es un imperativo. La clave está en el cómo; hay que diseñar la trayectoria de convergencia, la transición, de suerte tal de ir generando los incentivos para la formalización gradual de actividades. Eso puede combinar fechas ciertas en un horizonte temporal que dé margen de ajuste a los negocios con asistencia en forma de subsidios o desgravaciones transitorias a los que se formalizan, como un blanqueo laboral que permita que el empleador registre a un trabajador sin pagar aportes el primer año, con un descuento del 80% en el segundo año, 60% en el tercero, 40% en el cuarto, 20% en el quinto y pago pleno de aportes en el último año. Concomitantemente el Estado debería comprometerse a bajar las alícuotas de impuestos al trabajo en la medida en que avanza el proceso de formalización.



Victoria Pellegrinelli