ELOBSERVADOR VIGENCIA Y OCASO DE UNA IDEA

El deseo de revolución

En su último libro, que tiene el mismo título de este artículo, el filósofo analiza el concepto –revolución– que signó a la filosofía de la última mitad del siglo XX y empujó muchas de las luchas políticas a nivel global y también en Argentina.

Delacroix. La libertad guiando al pueblo, de 1830, además de ser un símbolo del romanticismo pictórico, puso imágenes concretas a una idea muchas veces abstracta.
Delacroix. La libertad guiando al pueblo, de 1830, además de ser un símbolo del romanticismo pictórico, puso imágenes concretas a una idea muchas veces abstracta. Foto:cedoc

En un diálogo en el año 1975 entre dos eminentes filósofos como lo son Vladimir Jankélevitch y Michel Serres, en el que defendían la enseñanza de la filosofía en el nivel medio, Jankélevitch dijo algo sorprendente. Para responderles a las autoridades que sostenían que la filosofía era una disciplina anacrónica que no se adecuaba a las necesidades de nuestro tiempo, el profesor señaló que la filosofía francesa era joven, que no tenía más que treinta y dos años.

Sin conocer las razones de la referencia que puntualiza su origen en aquel año, y no en una figura como Montaigne o Descartes, con lo que su vida se prolongaría varios siglos, un rápido empleo de la regla de cálculo me dio por resultado que el año de tal nacimiento es 1943.

Año extraordinario porque coincide con la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial, y con la aparición de una obra filosófica: L’Être et le Néant (El ser y la nada) de Sartre.

¿Coincidencia? ¿O referencia? No lo sabemos. Ningún acontecimiento editorial que no fuera ése puede marcar el calendario filosófico de no ser ese tratado de ontología fenomenológica que le da el sello teórico al existencialismo.

¿Es un homenaje tácito del profesor Jankélevitch a su autor? Desconocemos su valoración de Sartre. Algunos dicen que no lo apreciaba demasiado.

Pero setenta y cinco menos treinta y dos da cuarenta y tres, de eso no hay ninguna duda, y que partir de esa fecha, el nombre de Sartre dominará unos cuantos años la escena intelectual y filosófica francesa, tampoco.

Y que la filosofía francesa fue uno de sus mejores productos de exportación de la posguerra también es un hecho. Francia en la posguerra ofreció al mundo tres productos de alta gama: el general de Gaulle, Brigitte Bardot y Sartre.

Por supuesto que hubo filósofos anteriores a Sartre en el recorrido del siglo pasado, pero no dejaron estela alguna, desaparecieron con su portador. El caso más notorio es el de Henri Bergson, escritor destacado y consagrado con un premio Nobel, que no tuvo –a pesar de haber anticipado descubrimientos científicos, como recordaron algunos estudiosos– continuidad filosófica ni efectos culturales notorios más allá de su vida.

Esta limitación en el tiempo de lo que Jankélevitch define como filosofía francesa me permitió imaginar la posibilidad de marcar períodos en su reciente historia. Desde esa fecha de iniciación hasta hoy, han transcurrido siete décadas. Por un lado, es una enormidad, aunque no tanto. La Segunda Guerra Mundial no data del paleolítico. Muchos extienden las consecuencias de aquella conflagración hasta 1989, momento en que se desmorona el sistema soviético y da por finalizado el mundo bipolar. Por lo que la fecha se aproxima a la nuestra.

La obra de Sartre no tiene la pátina de la de Rousseau o de Descartes. Estos últimos pertenecen a la era de las pelucas y de las cortes, Sartre es sinónimo de cigarrillo negro, de literatura y de revolución.

Cualquiera de nosotros que mencione a un joven de nuestros días la palabra ‘revolución’, o ‘negro sin filtro’ no buscará un diccionario ni una enciclopedia para saber de qué le hablamos. No es lo mismo una idea innata, el genio maligno, o la bondad natural de los primeros hombres que denunciar la opresión de los condenados de la tierra.

La palabra revolución insiste. Como decía Kant de la Revolución Francesa: no se mide por sus éxitos o fracasos, es una virtualidad permanente. La revolución es un acto sublime, despierta entusiasmo. Es un deseo, y como tal, no tiene fecha de vencimiento. La ilusión sí es una entidad perecedera.

Un deseo que insiste a pesar de la decepción, crea un problema que no se resuelve con la facilidad con la que Freud conjugó el principio de placer con el principio de realidad.

Por eso este libro es una paradoja, pretende trazar el obituario de una insistencia deseante.

Con este propósito, el de mostrar los modos en que el deseo de revolución se manifestó en la filosofía francesa contemporánea, la dividiré desde sus inicios, que el profesor Jankélevitch sitúa a mediados de la década del 40 del siglo pasado, en siete períodos. Pero antes quisiera hacer una aclaración.

El profesor François Châtelet, mi tutor de Maestría en Filosofía en la Universidad de Vincennes, en una entrevista que le hice en el año 1983, a la pregunta sobre si existía una filosofía francesa, me respondió que de acuerdo con su parecer, se podía hablar de una filosofía en lengua francesa, ésa era la identidad que le parecía conveniente.

Es posible que acotar la identidad a una lengua constituya una toma de posición pragmática, que evita así el encuadre en una nobleza de origen, expresada en raíces, honores y reivindicaciones que abundan en el nacionalismo identitario.

Las filosofías no tienen identidad nacional, no perpetúan una esencia ni expresan a su pueblo. Hay filósofos singulares. Las tradiciones pueden dar un tono, pero nunca monocorde. Cada filósofo da un salto en un vacío, si no fuera así ni siquiera podría ser nombrable y menos recordado.

Pero la falta de identidad no impide una repetición. En la filosofía francesa contemporánea hay un deseo de revolución. Y si la identidad se recibe, si, por otra parte, la voluntad se genera, el deseo insiste.

Por algo será que la filosofía francesa, lejos de ser una expresión parroquial o provinciana que se limita a un par de calles del Barrio Latino, ha penetrado en el pensamiento de tantos peregrinos del saber. ¿En qué filosofía abreva Zizek sino en la francesa? ¿Y Laclau, que haría sin su Lacan o su Derrida? Y los italianos como Negri y Agamben sin su multiplicidad deleuziana y su biopolítica foucaultiana? ¿O la crítica literaria en la carrera de Letras y los suplementos culturales en nuestro propio espacio sin su estructuralismo y su Roland Barthes?

Así que no sólo se trata de Sartre, pivot de la posguerra, sino de lo que vino después.

Con el agregado que la filosofía francesa es política en su sangre, no puede obviar el tema del poder, ni sus intelectuales eludir el curso del mundo.

De ahí que pensamos que un pivote alrededor del cual gira la filosofía en lengua francesa, desde la liberación hasta hoy, es la idea de revolución. Quizás sea un estabilizador adecuado de un conjunto dinámico y variado de autores y obras. No quiero decir que todos los filósofos hablan de revolución, lo que sería muestra de una monotonía casi maníaca, sino que el tema de la revolución está presente.

Cuando los filósofos franceses dejan de elaborar los fundamentos de una revolución política en la inmediata posguerra inspirados en la leyenda de la resistencia, prolongarán su deseo maximalista en tratados filosóficos sobre la ideología revolucionaria hasta la independencia de Argelia, y cuando la ideología se convierta en una noción en desuso, encontrarán consuelo en una revolución teórica en la década del 60. Pero no todo termina aquí. Una vez la revolución desaparecida de los centros de interés teóricos, vuelve una y otra vez al renovarse los temas para proclamarse de un modo libertario como un estallido de instituciones después del Mayo francés.

Terminada la gloriosa anarquía, y su correspondiente reflujo, las sucesivas crisis de pensamiento la devuelven renovada en un democratismo de guerra, con un llamado a intervenciones armadas para defender los derechos humanos aun a costa de los humanos –postura que se mantiene hasta nuestros días– y, finalmente, algo agotada esta voluntad terminal, se la ve culminar de un modo salvífico en un retorno de los dioses alejados allá lejos en tiempos de Hölderlin, los románticos y los ateos del siglo XIX.

De la revolución a la salvación, para quienes desentierran los textos fundacionales de las grandes religiones; o de la revolución hacia una meditación sobre la espiritualidad que a partir del poder pastoral conduce a la estética de la existencia y al coraje cívico, en el caso de Foucault; otros filósofos, por su lado, sublimarán sus ansias de un retorno del comunismo revolucionario como Alain Badiou –una etapa que de acuerdo con su parecer sólo padece una demora transitoria– en una práctica de las artes y la contemplación de la belleza hasta que la sublevación planetaria reinstale el viejo ideal.

El deseo de revolución en un caso se dispara al cielo, o para quienes persisten en demorarse en la tierra, por no creer en el Uno majestuoso, se disponen a crear la belleza inmanente que nos depara un arte de vivir o la contemplación de las bellas formas.

Los nombres de Sartre, Merleau Ponty, Camus y Raymond Aron componen los diez primeros años de la posguerra. Es la etapa político-ideológica del ideal revolucionario.

Michel Foucault, Roland Barthes, Alain Robbe Grillet y Louis Althusser conforman la muestra del espacio teórico en el que la revolución se enuncia con el rigor del concepto.

Los que mejor han trasmitido el ideal libertario post Mayo 68 han sido Deleuze y Foucault. André Glucksmann y Bernard Henry Lévy vertieron su entusiasmo en la guerra contra las tiranías del mundo en defensa de los valores occidentales. Guy Lardreau, Christian Jambet  y Benny Lévy abandonan el marxismo teórico de los 60 para someterse a la escritura de los primeros textos del gnosticismo cristiano, del islam y de la Torah.

Los nombres de Jean Claude Milner, Alain Badiou y Michel Foucault velarán las armas y dedican su pensamiento a variados menesteres, para unos transitorios, y para otros definitivos, que tienen que ver con el nombre judío, con el retorno del comunismo o con la estética de la existencia.

He seleccionado estos nombres y dejado otros de lado. No intento hacer un catálogo, sino pensar lo pensado por los filósofos que me parecen los más interesantes.

Los primeros libros de Jacques Derrida pueden incluirse pero no me ampliarían el horizonte en el que se mueven los anteriores, ni posiblemente, la obra de Jacques Rancière, aunque serán mencionados, como el de Alain Finkelkraut.

Incluyo dos momentos en que la figura de Sartre se hace presente entre nuestros  intelectuales. Comienzo por el cronológicamente posterior en el tiempo; poco después de la muerte del filósofo, la revista  que fundó, Les temps modernes, dedica un número doble a la Argentina. Es el año 1981, la dictadura del Proceso clama victoria, y desde el exilio David Viñas organiza la edición, en la que he seleccionado, junto al texto del escritor, artículos de Juan Carlos Portantiero y León Rozitchner.

El otro período corresponde a los fines de los años 50 y la década del 60, cuando Oscar Masotta, Carlos Correas y Juan José Sebreli invocan a la figura del “bastardo” como personaje filosófico de sus propios pensamientos.   

En el camino recorrido, la figura de Sartre condensa el vía crucis de un deseo, el de la revolución, que pasa por todos los géneros de la escritura: la épica, la lírica, el drama y la tragedia. Sin dejar de lado –a Sartre se le debe al menos ese homenaje– la comedia.

Antes de pasar a la periodización del mentado epitafio que yace sobre la palabra “revolución”, nos detendremos en otro problema.  

Todas las variantes entre texto y contexto para nada han servido. El modelo althusseriano de las “instancias”,  como los encuadres hermenéuticos del espíritu de los tiempos, el de las concepciones del mundo, las atmósferas epocales, o las interpretaciones marxistas a partir de las ideologías, para no hablar del “campo intelectual, son bisagras oxidadas.

Lo que sí es necesario recordar es que el pensamiento de los filósofos y de los intelectuales en estas últimas siete décadas no circula a diez metros sobre el nivel del mar. Tiene que ver con acontecimientos históricos y políticos que les son contemporáneos. Las relaciones que se establecen entre estos sucesos y las obras no son directas ni inmediatas, y menos fruto de la causalidad. No se trata de determinaciones sino de resonancias.

No es necesario que un filósofo escriba un ensayo o una columna periodística, sobre la coyuntura política que le toca vivir, para trazar las líneas de fuerza que vinculan su pensamiento con la historia. Ni la de elaborar una filosofía de la historia que genere una idea mayúscula sobre su sentido.  

Es un error explicar una obra de acuerdo con sus referencias explícitas al contexto, como lo es partir de una situación histórica para darle sentido a un pensamiento.

Esa tarea que se propuso llevar a cabo Sartre es infinita. Nunca se completa el cuadro de causalidades.

Roland Barthes en su libro Sobre Racine (Sur Racine) también limita la enumeración de condicionantes de quienes pretenden encontrar la cifra de una obra en los sucesos de su tiempo. Muestra que la selección de los acontecimientos no deja de ser arbitraria.

No hacemos más que proyectar nuestro mundo en otro.

El modo en que hace “rizoma” un texto de Foucault como “Nietzsche, la genealogía y la historia” con su época, no es igual a La experiencia interior de George Bataille con la suya. Pero en ambos casos la constituyen.

Empleo la palabra “rizoma” porque es una imagen deleuziana que señala una red de  conexiones en las que el azar interviene. La prefiero, como también me parece sugerente la idea de “negociaciones” que emplea en sus estudios sobre la cultura renacentista Stephen Greenblatt.

El mundo está poblado de cuerpos y de fantasmas, de razones y de deseos. Existen quienes hablan de la coyuntura política, otros de los sexos de los ángeles, pero tanto unos como otros, si queremos referirnos al medioevo escolástico, moldearon el pensamiento del porvenir. Todos los escritores hablan de lo que sucede porque sucede de todo. La realidad es una cebolla. O un hojaldre, un aglomerado de películas.

Esta hipótesis sobre lo que Michel Foucault bautizó con el nombre de Orden del discurso, esta relación entre las palabras y las cosas, será expuesta en la historia que aquí comienza.

Se divide así en sus respectivos enlaces.

1) SER. Ocupación alemana. Tratados de ontología fenomenológica.

 2) HACER. la resistencia. Formaciones ideológicas en un mundo bipolar.

3) DEBER. La Guerra Fría. Mundo bipolar. Desplazamiento del pensamiento sartreano e inicio de la era del “saber”.

4) INVOCAR. Sartre entre nosotros. Proscripción, movimiento revolucionario y terrorismo de Estado.

5) SABER. Fin de la guerra de Argelia. La ciencia general de los signos y la revolución teórica.

6) PODER. Mayo 68. Propuesta libertaria y contracultura. El deseo y el poder.

 El archipiélago del Gulag. El capitalismo chino y la revolución cultural. Los derechos humanos. Críticas al marxismo. Avanzada democrática.

7) CREER. Reminiscencias posmaoístas. El nombre judío. Retorno del judaísmo, del islamismo y del gnosticismo. La revolución islámica. Informe de Michel Foucault sobre la insurrección iraní y su curso sobre “Seguridad, territorio y población”. El concepto de “espiritualidad”.

El último encuentro entre Sartre y Benny Lévy.

Si enumeramos las ramas tradicionales de la filosofía académica de cada uno de estos apartados, la lista es la siguiente: Ontología, Ideología, Epistemología, Política, Teología, Etica.     

Pero este cuadro no es estático. Entre un momento y otro hay transiciones.


Filósofo.