ELOBSERVADOR UN PASADO QUE ES CONDENA

El discurso y la “herencia recibida”

¿Cuánto tiempo dedicaron los presidentes a describir la situación previa? Contra todo pronóstico, Macri fue quien más abundó en el tema.

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Una de las atribuciones de un mandatario, según la Constitución, es concretar “anualmente la apertura de las sesiones del Congreso, reunidas al efecto ambas Cámaras, dando cuenta en esta ocasión del estado de la Nación (…) y recomendando a su consideración las medidas que juzgue necesarias y convenientes”.

Antes del primer discurso de apertura de sesiones ordinarias del presidente, Mauricio Macri, los analistas se preguntaban cuál de estas funciones (el estado de la Nación y las medidas necesarias) tendría más peso en su presentación. Macri les dedicó la mayor parte de su discurso a las propuestas a futuro pero la evaluación de la herencia recibida ocupó una porción no menor.

Todos los presidentes anteriores estuvieron frente al mismo dilema y lo resolvieron de diferentes maneras. Raúl Alfonsín inauguró las sesiones ordinarias el 1º de mayo de 1984, cuando ya llevaba casi cinco meses en el gobierno. Le dedicó a la evaluación del estado del país que había dejado la dictadura militar 31% de las palabras de su discurso de más de dos horas. Pero en lugar de hacer este diagnóstico en un bloque inicial, lo dividió por áreas (economía, educación, sindicatos, relaciones exteriores) y luego de cada diagnóstico enumeraba las medidas que buscaban resolver los problemas.

Carlos Menem estaba en el gobierno desde hacía diez meses cuando dio inicio a las sesiones legislativas por primera vez (había asumido el 9 de julio de 1989 de manera anticipada) y le asignó el 9% de su presentación de una hora a la evaluación del pasado. Criticó la hiperinflación, la ineficiencia del Estado, la desocupación y la pobreza, e incluyó evaluaciones de su propia gestión: “A veces quisimos hacer todo de golpe y tropezamos con la lentitud de nuestra propia burocracia y nuestros propios problemas internos”.

Cuando Fernando de la Rúa dio su primer discurso de inauguración, el 1º de marzo de 2000 (la reforma de la Constitución de 1994 había adelantado dos meses el inicio de las sesiones), llevaba, como Macri, menos de tres meses de gobierno y le dedicó el 11% de su discurso de 43 minutos a evaluar la administración anterior. Dos años más tarde, Eduardo Duhalde, que había sido designado presidente por la Asamblea Legislativa tras la crisis de 2001, también dio un discurso breve (47 minutos), del cual el 27% estuvo destinado a criticar las gestiones anteriores, desde la convertibilidad hasta el corralito.

Néstor Kirchner también abrió las sesiones ordinarias de 2004 con varios meses en el cargo, y de los 70 minutos de su presentación el 11% fueron críticas a las administraciones anteriores por temas como el endeudamiento y la pobreza. Cuatro años después, su esposa, Cristina Fernández, que lo sucedió en el cargo, dio un discurso más breve que los del final de su mandato: apenas 73 minutos.

Las palabras pronunciadas el 1º de marzo de 2008 fueron similares a las de un presidente en su segundo mandato: evaluó positivamente la gestión de Néstor Kirchner y les dedicó muy poco tiempo a los gobiernos anteriores a 2003. Macri no se diferenció de sus antecesores en el largo del discurso –si excluimos el de Alfonsín, quedó muy cerca del promedio de 59 minutos. Pero sí fue el jefe de Estado que más tiempo le dedicó a criticar la gestión anterior. También fue el único interrumpido en repetidas oportunidades por integrantes de la bancada opositora, en una actitud impropia de representantes del pueblo.

De Alfonsín a Macri hubo cambios en la audiencia del discurso (la presencia de mujeres en el recinto el martes pasado contrasta con su casi total ausencia en 1984), la manera de referirse a los compatriotas (“hermanas y hermanos”, en el caso de Menem, Duhalde y Kirchner, “muy queridos argentinos” para Macri) y las citas religiosas (Alfonsín y Menem invocaron a Dios, Duhalde al Concilio Vaticano II, Macri a Bergoglio y su lucha contra el narcotráfico).

El 1º de mayo de 1984, Alfonsín señaló que “sin diálogo aparecerían y se acrecentarían las tendencias a la fragmentación” y citó a Mateo: “Todo reino dividido contra sí mismo es arruinado y las casas caen unas sobre otras”. La advertencia parece seguir teniendo vigencia.

*Directora de la carrera de Comunicación. Univ. San Andrés.



Eugenia Mitchelstein