ELOBSERVADOR A TRES AÑOS DE LA DESAPARICION DE MARIA CASH

El dolor de convivir con la ausencia

¿Qué pasa cuando se pierde el rastro de un ser querido? Habla la familia, en la última entrevista que dio el padre de la joven antes de morir en un accidente en abril. En Argentina hay 380 adultos y 133 chicos sin paradero.

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Foto:Cedoc

Desde hace tres años, familiares y amigos sueñan durante el día con ver a María atravesar la puerta de su domicilio. Sin embargo, durante la noche sufren en silencio y entre sollozos la incomprensible pesadilla producto de la desaparición y, a pesar de que el ser humano cuenta con la enorme capacidad de sobreponerse a cualquier situación traumática, el dolor por su ausencia resulta insoportable. ¿Cómo se sigue adelante cuando, con el correr del tiempo, la realidad se impone y la impotencia crece? La tristeza no encuentra consuelo y el interrogante acerca de cómo una persona puede desaparecer de la faz de la Tierra sin dejar rastro alguno no encuentra explicación.

Como consecuencia, sus vidas cambian para siempre. Deja de ser propia y los “proyectos personales muchas veces pierden sentido”, señala Máximo, uno de los tres hermanos varones que reniega de que, desde que el caso cobró notoriedad, pasó a ser “el hermano de” en lugar de Máximo, y lo mismo sucedió con sus padres y Santiago y Patricio, sus otros dos hermanos. Máximo asegura que para la familia hubo un antes y un después del hecho y confiesa que la pérdida del anonimato fue una de las cosas que más le costaron a la familia. En el mismo sentido, explica que a uno de sus hermanos la publicidad del caso le ocasionó problemas en su trabajo. “A Patricio le cuestionaron el grado de exposición familiar. No entendían de qué se trataba o no querían entenderlo. Hoy, por suerte, ya no trabaja más allí”, dice.

Máximo recuerda que supo de la desaparición de su hermana la noche del miércoles, dos días después de su partida al norte, mientras jugaba la selección argentina frente a Colombia por la Copa América 2011 en la provincia de San Juan.

Cash estaba en la casa de un amigo. Antes de finalizar el partido, recibió un llamado de su madre, que le informaba que María no había llegado a Jujuy y que no lograban ubicarla. “Inmediatamente, agarré mi moto y me fui a la Terminal de Retiro. Pregunté si había existido algún accidente con el micro o si tenían alguna información”.

Ante la respuesta negativa de la empresa de micros, fue a su casa. Ese fue el comienzo de una búsqueda que aún no cesa. “Cuando llegué, mi padre ya se había comunicado con la policía provincial para que la buscasen”.

Ilusión perdida. El 4 de julio de 2011, María partió ilusionada desde su casa, en San Telmo, con destino a la provincia de Jujuy. Tenía 29 años y era la única hija mujer de una típica familia de clase media porteña. En el norte pretendía vender ropa que ella misma diseñaba y, si bien no era la primera vez que viajaba, ese día, su padre la acompañó hasta la Terminal de Omnibus de Retiro. María llevaba consigo una mochila y una valija.

Minutos antes de las ocho de la noche, Federico –su papá– la abrazó, le rogó que se cuidara y, antes de subir al micro, la besó en la frente. Luego, esperó pacientemente a que el micro se marchara. Jamás imaginó que cuando el colectivo llegó a Jujuy, María ya no estaría entre los pasajeros.
“Algo la incomodó en el micro, por lo que decidió bajarse antes”, señaló a PERFIL su padre algunos días antes de morir en un accidente en una ruta pampeana mientras buscaba a su hija. “María también avisó que se había quedado sin dinero y luego sólo volvimos a verla unos días después por intermedio de una imagen en el Peaje de Aunor, en la provincia de Salta”. Nada más.

A partir de allí, las hipótesis tropezaron unas con otras. Algunos investigadores pensaron que María pudo haber caído en manos de la trata de personas o que también pudo haber sido víctima de un secuestro extorsivo. Otros, en cambio, aseguraron que se encontraba vulnerable por alguna razón psiquiátrica y que pudo perderse por ahí. Tampoco faltó quien pensara que pudieron atacarla, abandonarla y luego haber muerto de frío.

Pistas para investigar sobran. Además, hubo 3 mil llamados telefónicos que Federico había recibido y que aportaron datos. A pesar de ello, “recién ahora la Justicia ordenó un rastrillaje con perros por la zona donde desapareció”. La familia descree de la utilidad de ese rastrillaje a esta altura de los acontecimientos aunque espera expectante el resultado. No quiere bajo ningún concepto que el caso quede impune, como otros tantos en la Argentina.

Sin bajar los brazos. Lo cierto es que María no es la única persona que parece que se la hubiera tragado la tierra. Juan Carr, titular de la Red Solidaria, señala que “hay cerca de quinientas personas desaparecidas” y que, si bien el 90% de los casos denunciados aparece dentro de las primeras 48 horas, hay muchos casos en que aún no se han encontrado.

El padre de María se preguntaba por qué la AFIP o el Ministerio de Trabajo podían inspeccionar al instante cualquier lugar pero nadie en el Estado hacía lo mismo para identificar lugares donde existen mujeres “cautivas, secuestradas, vejadas y drogadas”. Cash presentía que en la Argentina había “inmunidad prostibularia” y que se necesitaba crear una agencia federal de búsqueda de personas para centralizar todos los esfuerzos de las distintas fuerzas policiales para coordinar y sincronizar la información y aunar los esfuerzos.

No fue lo único que hizo. Siguió día a día con la investigación hasta que el destino le dijo basta y perdió la vida. Sin embargo, Federico no murió en un accidente, como relata la crónica de ese 28 de abril, en la Ruta 152. Su vida terminó mucho antes. Se paralizó el mismo día que María desapareció y sin querer tuvo que convertirse en un detective privado para reconstruir paso a paso el viaje de su hija.

Conversó con quien quisiera escucharlo y lamentó que nadie hubiera fotografiado a su hija cuando creyeron verla.  A pesar de ello, jamás bajó los brazos. Movió cielo y tierra. Nunca dejó de buscar a pesar de que en algún lugar del corazón “presentía lo peor”.

Ejemplos. Juan Carr asegura que familias como la de Cash, la de Sofía Herrera o la de Florencia Penacchi transformaron su dolor en lucha y por eso hoy son parte de la memoria colectiva de la sociedad. Mientras tanto, es sabido que las personas no olvidan a los familiares que desaparecen.
Más si hay alguien que lo hace fuera del libreto que entrega la vida y, si bien es sabido de antemano que todo tiene un principio y un final, los familiares y amigos de María Cash necesitan conocer, sea cual sea la verdad, lo que pasó porque, como dijo el poeta: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

 

Un duelo interminable

Preguntas como ¿dónde está?, ¿tendrá hambre?, ¿padecerá frío?, o si estará vivo forman parte de las que no tienen respuesta y generan angustia en una familia cuando uno de sus seres queridos desaparece, afirma a PERFIL Fabiana Tuñez, directora ejecutiva de la Casa del Encuentro, que brinda asistencia y orientación psicológica a familiares y víctimas de violencia de género y trata de personas.

La especialista asegura que “es fundamental dar intervención a un terapeuta que ayude a encontrar el mejor camino para convivir con la realidad con la que le toca vivir” a la familia, porque los efectos en la psiquis “son múltiples y duraderos. Es habitual que, en este tipo de casos, se genere por parte del entorno una tendencia a descuidar aspectos de la vida propia y que por momentos el agotamiento físico y mental que esto provoca pueda dar lugar a estados más complicados, como una depresión o incluso favorecer el desarrollo de verdaderas patologías o enfermedades crónicas”.

A partir de la experiencia vivida, algunos familiares toman un rol participativo en alguna organización de ayuda: “Si bien esto no mitiga el dolor, en la identificación con la otra realidad ambas partes se fortalecen, y eso les ayuda a no bajar los brazos”, dice Tuñez. La falta de regreso de un ser querido “es un duelo interminable que queda grabado para siempre”.

 

La tarea de buscar a quienes faltan

En el país, según datos de Red Solidaria, faltan 380 adultos. Y hay 133 menores que busca la organización Missing Children.
Juan Carr afirma que, en la Argentina, no existe una zona determinada donde haya un mayor número de casos que en otros. A su vez, recomienda que apenas alguien nota la desaparición de una persona, “hay que llamar la atención: hacer la denuncia policial de manera inmediata, realizar una cadena telefónica entre los conocidos y aprovechar todas las redes sociales para difundir la noticia”.

El titular de Red Solidaria explica que cada día se pierden en el país cuatro personas –tres menores y un adulto– pero “que el 90% de los casos se resuelve de manera favorable dentro de las primeras cuarenta y ocho horas”.

Carr califica como positivo el accionar de la Justicia cuando se presenta un caso, admite que hubo errores en algunos casos del pasado y adelanta que antes de fin de año se va a crear, de manera conjunta con la Corte Suprema de Justicia, “una oficina para centralizar toda la información”, y que ello va a significar un avance importante.

En el mismo sentido, afirma que por lo general, cuando “la comunidad se mueve, la Justicia acompaña”. Por lo tanto, una rápida reacción social “resulta clave”.



Marcelo Zavala