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El dolor de los últimos sobrevivientes

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Las penurias y el dolor por los familiares muertos fue una carga que debieron sobrellevar los armenios tras el genocidio perpetrado pos los turcos. Sólo unos pocos pudieron contarlo. Guiragós Merzifounian, uno de los últimos sobrevivientes de la matanza en la Argentina, pudo rehacer su vida y repetir sin olvidar lo que padeció junto a sus seres queridos. Poco antes de morir, a los 102 años, el 6 de junio de 2012, aún tenía la lucidez y la fortaleza para relatarlo una vez más. Esta es su historia.
“Nos avisaron que nos iban a mandar afuera de la ciudad, que preparáramos algunas cosas para llevarnos. Hicimos unos paquetes y a la tardecita vinieron cuatro hombres con caballos, armados con escopetas, cargaron todo y nos llevaron caminando.
Estuvimos andando hasta la medianoche y paramos en el medio del desierto. Estábamos cansados. Nos dijeron: ‘Los vamos a bajar acá para descansar los caballos y comer algo, porque tenemos hambre. Si quieren, denos algo para traer agua y comida’. Les entregamos un poco de dinero y unas vasijas de cobre y nos pidieron que esperáramos. No se veía nada, ni árboles, ni gente.
Pasaron las horas y mi abuela divisó una luz a lo lejos. ‘Hay humanos, me voy para allá’, nos mostró. Me fui con ella. Caminamos más de una hora y cuando llegamos cerca gritó: ‘¿Hay algún humano para ayudarnos?’. Aparecieron cinco armenios que trabajaban en la construcción del nuevo tren a Alepo.
Nos dieron comida, nos acompañaron hasta donde estaba nuestra familia y cargaron los paquetes, pero nos advirtieron: ‘No podemos cobijarlos porque somos prisionero, si nos agarran nos ahorcan a todos. Los ponemos en el tren a Alepo que llega en unas horas y así se salvan, porque no hay turcos’. Esperamos un buen rato, descansando, comiendo sopa, hasta que llegó y nos subimos.
Las autoridades nos trasladaron a una ciudad en construcción en medio del desierto, sin casas, negocios, ni comida. Mi abuelo y unos primos caminaron hasta un pueblo y trajeron agua, algunas lentejas y arroz. Ahí murió mi tía.
Nos quedamos varios meses hasta que comenzaron los rumores de nuevas matanzas así que huimos hasta otro pueblo. Allí falleció mi mamá, que tenía 24 años. Una vez más, cambiamos de ciudad, donde perdí a otras dos tías. Me quedé solo con mi primo y mi abuela y casi sin nada para comer.
Sobre el final de la guerra, nos fuimos a Constantinopla y mi abuela nos dejó en el orfanato de unos armenios y se fue en busca de uno de sus hijos. Allí, nos enteramos de que los rusos habían liberado Armenia. Salimos a la plaza a festejar, hubo una fiesta, la gente tocaba música y tomaba cerveza.
Cuando Attatürk entró en la ciudad, nos dieron la orden de abandonar el lugar, pero no teníamos adonde ir. Con la ayuda de los griegos llegamos a Corfú, donde estuvimos dos años. Allí, estudiábamos y aprendí a fabricar zapatos.
Me quedé hasta que un pariente me escribió desde Francia para que fuera con él. Trabajé en una fábrica de bulones hasta que unos familiares me mandaron un pasaje para que me mudara a la Argentina.
Cuando el embajador argentino vio que mis dedos parecían bananas, me dijo: ‘Queremos manos fuertes para trabajar, no jodidos. Si mejorás, entonces, sí’. Ocho días pude viajar. Llegué a Buenos Aires el 8 de julio de 1928”.

Hernan Dobry