ELOBSERVADOR EL DESAFIO DE UN REPRESOR

Etchecolatz y su desprecio a la Justicia que lo condenó

“Jorge Julio López secuestrar”. Eso escribió el torturador en un papel que sabía que atraería la atención de los periodistas, mientras escuchaba una sentencia a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad.

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Foto:Reuters / E. Markarian

¿Cuál fue el mensaje que quiso dar?

El 24 de octubre de este año, Miguel Osvaldo Etchecolatz fue condenado a prisión perpetua por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 1 de La Plata.

Durante la última dictadura, desde marzo de 1976 hasta fines de 1977 había sido director de Investigaciones de la Policía de la provincia de Buenos Aires y como tal, colaborador muy cercano del entonces ex general Ramón Camps. Camps, jefe de la Policía Bonaerense, quien la militarizó y remodeló para adecuar su accionar a la represión que supuso torturas, asesinatos y destrucción a cañonazos de viviendas con sus habitantes dentro.

En 1985, Etchecolatz fue juzgado a 23 años de prisión que empezó a cumplir hasta que se vio beneficiado con la libertad por la aplicación de la ley de Obediencia Debida.

En 2006, derogados ley e indultos que amnistiaron a muchos procesados y condenados por crímenes de lesa humanidad, volvió a ser enjuiciado y condenado a reclusión perpetua.

Ese año, en el juicio, fue testigo de cargo Jorge Julio López, un albañil que había estado secuestrado desde octubre de 1976 hasta junio de 1979 en distintos centros clandestinos de detención de la Provincia. López quiso declarar en el juicio a Etchecolatz y lo hizo imputándolo de ser responsable de torturas y asesinatos. No pasó demasiado tiempo hasta que un día salió de su casa y desapareció.

Ni las agencias de seguridad nacionales ni las provinciales ni la Justicia pudieron hasta ahora dar cuenta de su destino. Salvo para su familia y algunos compañeros que seguramente lo recuerdan, el nombre de Julio López se había desvanecido de las noticias que alimentan a la opinión pública. ¿Quién lo hizo desaparecer, dónde está su cuerpo si lo mataron? Preguntas sin respuestas hasta aquí aunque siempre quedó flotando la sospecha de que se trataba del accionar de gente cercana a Etchecolatz o a otros que estaban siendo juzgados junto con él. Lanzadas las suposiciones, se barajaron distintas posibles motivaciones: un acto de venganza de ex cómplices de Etchecolatz por lo ya declarado contra él o de prevención para evitar nuevas acusaciones hacia otros implicados en la misma causa.

Hasta que el día 24 de este mes, mientras se leía su condena, Miguel Etchecolatz sacó un papel y lo alisó sobre una rodilla.

Para un periodista, un papel que aparece de pronto en manos de un protagonista de cualquier escena que se esté desarrollando es un imán, una señal que con urgencia atrae su atención y, en este caso, la lente de una cámara fotográfica. En el papel aparecía el nombre de Julio López y, más abajo, secuestrar. Pareció que el condenado pretendía acercarlo a los jueces.

¿Pretendió provocar? ¿A quién? Si así fue, tal vez a Estela de Carlotto y a otros familiares que estaba presentes en la sala. Tal vez su desafío se extendió a las instituciones de la República, particularmente al sistema judicial al que siempre despreció.

En agosto de 1997, el ex colaborador de Camps había publicado un libro, La otra campana del Nunca Más. Como en otros que aparecieron antes y después, el libro informa sobre los grupos armados revolucionarios y sus acciones pero, aunque era su pretensión, en todas sus páginas no pudo refutar el informe de la Conadep.

Si sabe qué pasó con Julio López creo que nunca lo sabremos de su boca como tampoco cuál fue el destino de decenas de otros desaparecidos de los que sí conoce qué se hizo con ellos.

Tengo la impresión de que con su gesto, Etchecolatz reforzó con su desafío la decisión que comparte con muchos más procesados o condenados de las Fuerzas Armadas y de Seguridad de no mostrar ni un mínimo reconocimiento de que, con sus acciones, en ejercicio del poder, violentaron los derechos fundamentales de todo ser humano: la vida, la integridad física, la libertad.

*Ex miembro de la Conadep.



Graciela Fernández Meijide