ELOBSERVADOR DOS GENERACIONES MARCADAS

Hijas de horrores que aún golpean a la Argentina

La madre de Raquel Camps desapareció y su padre fue asesinado durante la dictadura. Astrid Malamud perdió a su papá en el atentado a la AMIA. En un diálogo sincero, repasan cómo es crecer con esa falta. Qué pasa con la Justicia.

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Foto:Néstor Grassi

La dictadura, con sus desaparecidos, y el atentado a la AMIA son las dos mayores tragedias que vivió la Argentina en los últimos cincuenta años. En ambos casos, el Estado asumió su culpabilidad. Sin embargo, sus víctimas no fueron tratadas igual.

Las de la dictadura han recibido indemnizaciones y una gran parte de los culpables de los secuestros y torturas están siendo juzgados. En cambio, las de la explosión de la mutual judía aún no han recibido nada, luego de veinte años, y no se ha encontrado a los responsables de su planificación, su apoyo local o quienes ayudaron a encubrir y ensuciar la investigación para que no se conociera la verdad.

Ambos hechos han dejado una herida abierta en los familiares de las víctimas, que aún no ha cicatrizado. Raquel Camps, de 38 años, con su madre desaparecida y su padre muerto en un enfrentamiento con los grupos de tareas, y Astrid Malamud, de 22, cuyo papá falleció en el atentado, han cargado sobre sus espaldas el peso de haber crecido sin sus seres queridos, comprender lo que les ocurrió y la búsqueda de justicia. Camps militó en Hijos; Malamud forma parte de Memoria Activa.

Aquí, un diálogo entre dos generaciones que llevan sus historias a cuestas.

—¿Cómo sobrellevaron sus historias?
MALAMUD: Mi mamá siempre habló del tema en casa, nunca fue un tabú, nos dijo la verdad, lo que estaba pasando. Para mí era algo natural.
CAMPS: No viví mi historia, hasta que decidí hacerlo, hará 12 años. En casa, no se hablaba de nada, era un tema tabú. Una vez les pregunté a mis abuelos y me sacaron carpiendo. Ni siquiera conviví con la imagen de mis padres, porque no teníamos fotos suyas. Esto fue hasta que empecé a buscar el testimonio de los demás para que me devolvieran esa historia que no tenía. Carezco de recuerdos propios, vivo de lo que me cuentan otros, a vos te pasará lo mismo.

M: Es así, te pueden contar lo que hacía, lo que pensaba, cómo te trataba de bebé, pero siempre va a ser la mirada del otro: la relación que tenía con su hermano, con su mamá. Eso lo tenés que asumir y no se puede hacer nada.

—¿Cómo lidiaron con esto en su infancia?
M: A los 5 años, una compañera me preguntó en la escuela cómo era no tener papá y le respondí: ‘No sé, decime vos porque yo no tengo’. No sé si me daba cuenta, si sentía la diferencia.

C: Nosotros vivimos una discriminación. De chica, no tenía DNI y en el colegio me decían “guacha”, porque no tenía padres. Eso me quedó marcado. No nos invitaban a algunos cumpleaños y mi abuela no me lo festejó hasta los 4.

—¿Cómo reconstruyeron la identidad de sus padres?
M: No sé si tengo mucho reconstruido. Me han contado todo. Mi abuela me narra historias y anécdotas y con mi mamá puedo hablar sin problemas. Con el paso de los años, fui dejando de preguntar un poco, porque me relataron la gran mayoría de las cosas. En una época, tuve el conflicto de que no sabía nada y mi mamá me dijo: “Podés preguntarles a todos, averiguar lo que quieras, pero no vas a tener una relación con él. Se murió y lo tenés que asumir”.

C: Tiene razón tu mamá. Es asumir que esa relación no está y que no tenemos conocimientos ni recuerdos propios, lo hacemos a través de otros. Tengo diferentes piezas de un rompecabezas y voy armando una figura, pero no es la relación con él, me la tengo que inventar. Es parte de esta historia que nos tocó, el no conocer y tener que recrear situaciones diciendo: esto tal vez sea de él por lo que me dijeron acá o allá.

—¿Qué imagen se formaron de ellos?
C: Todavía no la terminé y me va a llevar un tiempo. Es la mezcla del militante, el bronce tan armado y el ser humano. Les pido a sus compañeros que me cuenten alguna cagada que se haya mandado porque es una cosa tan perfecta, que necesito humanizarlo, porque el tiempo y todo lo que pusieron en la lucha genera un cierto halo.

M: No sé si tengo una reconstrucción suya como persona, sino detalles que me han contado, que suenan ínfimos. No sé si esto termina alguna vez, porque sigo encontrando y viendo cosas en mí y evaluando lo que me dijeron, de otra manera. De a poco, busco armar ese rompecabezas.

—¿Les hablan en alguna situación?
C: He tenido charlas con mi mamá, por una cuestión de género. Con mi viejo hablo y me peleo. Le digo: ¿dónde estás? Te necesito acá. ¿Por qué hiciste esto? Le reprocho su militancia porque vivimos otra historia, la de la falta de ellos y familias que quedaron destrozadas, silenciadas. La mayoría de los hijos nos preguntamos: “¿Por qué eligieron esto? ¿Por qué de esta manera?”.

M: De chica le hablaba, le contaba cosas: acabamos de tener un primito nuevo y hechos que me llamaban la atención que no supiera, porque no estaba. Después dejé de hacerlo. Mi mamá se encargó de ocupar los dos lugares, se volvió a casar y su marido está muy presente y es un padre para nosotras.

—¿Cómo viven el aniversario de su muerte?
M: Tuve una época en la que sentía la presión de estar más mal. Con los años, me di cuenta de que es un día más. Es una mezcla extraña de sentimientos porque estoy triste, pero al mismo tiempo ya lo tengo incorporado en mi vida. Se suma el tema de la familia, la presión, estar en el acto y que la gente me venga a saludar como si fuera un día de luto.

C: Nunca viví un aniversario hasta que decidí hacerlo. Necesité que me doliera, sentirlo a flor de piel. Cuando supe lo que había pasado, pude ir a la casa donde mataron a mi papá y se llevaron a mi mamá. Todo eso pasó el 17 de agosto, que es cuando lo festejamos. Lo festejo porque me enteré de lo que había ocurrido; y saber te hace ser. Tiene que ver con poder hacer un funeral, un día de luto, que lo necesitaba. Ahora no lo vivo con tanta tristeza, sino como un día especial, un punto de inflexión donde me cambió la vida, donde aceptás y recordás.

—¿Qué sienten cuando pasan por el lugar de los hechos?
M: Es raro porque la AMIA es una organización que funciona, y he entrado por muchos temas que no tienen nada que ver con el atentado. De repente, estoy haciendo cualquier otra cosa y me doy cuenta de dónde estoy, me choca y sigo en lo mío.

C: Hay cosas muy difíciles de explicar, como vos decís, las sensaciones en estas situaciones. La primera vez que fui a la casa donde viví con mis viejos, que fue el único momentito que estuve con ellos y fuimos familia, fue muy raro, no lo podía acomodar en mí. La segunda, sentí algo bueno porque había estado con ellos ahí, pero también es donde me cambió la vida y lo que soy ahora. Es como que tiene cierta paz. Es la vida y la muerte en un mismo sitio. No pasé ni fui nunca a El Vesubio, que fue donde estuvo secuestrada mi mamá.

Reparación o deuda.

—¿Qué les representa la Justicia?
C: Haber llegado a los juicios era impensado antes. Pero no tenemos la justicia que querría, porque en la causa de Trelew los asesinos no tienen una condena firme. Cuando fue el juicio de El Vesubio, Durán Sáenz, uno de los represores, murió impune y en libertad. La justicia tiene que ver con haber llegado a la verdad, con toda esta historia callada, es algo que calma de alguna manera.

M: No hay justicia en la causa AMIA en ningún sentido. Nunca sabremos quiénes lo hicieron, a menos que decidan admitirlo por una extraña razón, y a los que los encubrieron los protegemos todos los días. El pueblo sigue votando y defendiendo a los dirigentes políticos, sociales y comunitarios. El único juicio que hubo fue una mentira inventada para sacarse un problema de encima y, por más que la causa por encubrimiento esté elevada, continúan sacando a gente que van a juzgar. Es todo una mentira y nadie muestra ni un poco de intención de que se haga. Ningún magistrado la quiere tomar, el fiscal no se presenta.

C: Hasta que no se haga una depuración real de la Justicia, hay cosas que nunca van a suceder ni para vos ni para mí.

M: En la AMIA, en estos veinte años, no hubo nada. Las esperanzas con respecto a los culpables no las tengo, a menos que ocurra algo muy extraño. Me gustaría que juzgaran a los encubridores argentinos, a los que hicieron todo lo posible para que nunca sepamos nada. Si hoy en día no se puede hacer, no va a ocurrir nunca.

 

Estado presente, Estado ausente

Para Astrid Malamud, “en el caso AMIA, el Estado quiso avanzar y se dio cuenta de que no le convenía. Con Néstor Kirchner hubo una iniciativa, cuando destituyeron al juez Juan José Galeano y abrieron los archivos de la SIDE. Pero advirtieron que estaban tocando a gente muy poderosa y pusieron el freno de mano. Desde entonces, no hubo iniciativa de nadie, no sólo del Estado”.

“¿Cómo convivimos con esto?”, se pregunta Raquel Camps. “El tema desaparecidos tuvo como un ‘momento’, por eso te digo que, a lo mejor, en veinte años más... Qué horror”, le dice a su compañera de entrevista. “Tuvieron que pasar todos estos años, pero se le está dando importancia y salieron a la luz muchísimas cosas y pudimos avanzar gracias a esta voluntad del Estado. No pasa lo mismo con AMIA. Es tan distinto. Me da vergüenza”. Según Malamud, “la causa AMIA no le importa a nadie. La mitad de la gente piensa que es un tema de judíos y se agarra de eso como para no meterse y lavarse un poco las manos. Murieron judíos, católicos, agnósticos, que eran argentinos. Lo preocupante es que no les interese vivir en un país donde los que están en el poder pueden encubrir y hacer lo que quieran, y que no pase nada. Me da bronca, porque con la dictadura la gente quería los juicios, estaba informada, le importaba. Lo de AMIA es algo que cada año que pasa se va diluyendo más. Si no hay apoyo y presión social, va a ser difícil que se llegue a algo”.



Hernán Dobry