ELOBSERVADOR A PROPOSITO DEL ACUERDO OBAMA-CASTRO

Hubo un fallido plan secreto para ‘peronizar’ Cuba

En 1960, Eisenhower quiso que Perón lo ayudara a evitar que Cuba cayera en la órbita soviética. Casi lo logran.

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Foto:Cedoc

La visión contrafáctica de la historia especula acerca de qué hubiese ocurrido si un hecho real del pasado hubiera sucedido de otra manera, más allá de sus circunstancias. En esta línea interpretativa queda claro que, de no haberse producido el bloqueo económico y comercial que los Estados Unidos impusieron a Cuba en 1962, la relación entre ambos países y Latinoamérica habría resultado muy distinta de la que fue. Esto es, más de medio siglo de violentos enfrentamientos políticos, diplomáticos, económicos y militares que alimentaron y justificaron en el continente la vigencia de la Guerra Fría entre Washington y la Unión Soviética, con un saldo de millones de víctimas.

Un planteo contrafáctico de esta historia impone una pregunta obvia: ¿qué hubiese pasado de no haber existido el bloqueo? Sin dudas, otra sería la historia, y muy especialmente si hubieran prosperado las negociaciones secretas que en 1960 realizaron representantes de Juan Domingo Perón, exiliado en España, el gobierno de Eisenhower y líderes de la Revolución.

¿Por qué hubo campo fértil para esa intentona? Es muy probable que haya sido consecuencia directa del acercamiento que hubo entre Eisenhower y Perón durante la segunda presidencia del argentino. Estados Unidos había iniciado un proceso de recomposición de las relaciones con nuestro país, justificado a partir de las necesidades económicas que había aquí en esos años por el visible agotamiento del modelo de sustitución de importaciones impuesto a partir de 1946.

A fines de los 50, el Departamento de Estado llegó a la concusión de que el gobierno peronista era un aliado clave en Sudamérica 

A finales de los años 50, el Departamento de Estado norteamericano había llegado a la conclusión de que, a pesar de las rispideces que había con el gobierno peronista, finalmente debía ser tomado como un aliado clave en Sudamérica para la contención del avance comunista en la región. En esa política de acercamiento, el secretario de Estado John Foster Duller (1953 y 1959) envió un primer mensaje amistoso a Perón diciendo: “La Argentina y los Estados Unidos son ambos líderes reconocidos de la comunidad americana”. Y Perón respondió con picardía: “Transmita a su gobierno que los problemas fueron con Truman, pero que con el general Eisenhower no los habrá. Entre soldados nos vamos a entender. Y lo respeto, además, porque es un general más antiguo que yo”.

En 1953, el gobierno argentino inicia un proceso de apertura al capital internacional sancionando la Ley de Inversiones Extranjeras para alentar el desarrollo industrial y minero. En realidad, se buscaba captar inversiones capaces de oxigenar la economía doméstica. Una semana después, fue enviado a Buenos Aires, en visita oficial, el coronel Milton Eisenhower, hermano del presidente norteamericano, quien fue recibido en Ezeiza con todos los honores y por el propio presidente Perón, vestido con su uniforme militar. Durante esos días comenzaron una estrecha relación de seducciones mutuas que, incluso, los llevó a compartir un partido de River-Boca y una pelea en el Luna Park. A su regreso, Milton desplegó gestiones en los diferentes estamentos del poder de su país para que se levantaran las restricciones contra la Argentina y se la apoyara económicamente. En sintonía, el gobierno argentino autorizó la radicación de ocho plantas automotrices y dos químicas; firmó el convenio con la Standar Oil California para la exploración y explotación petrolera de Santa Cruz, y gestionó un importante crédito del Eximbank para una planta siderúrgica. Además, firmó los acuerdos con Mercedes-Benz, controlada por los EE.UU., y con Henry Kaiser naciendo así la empresa IKA.

El 28 de junio de 1954, Perón tomó la iniciativa y le envió a Milton una nota proponiéndole hacer en Buenos Aires una reunión hemisférica para tratar la penetración del comunismo en Latinoamérica y analizar posibles acciones a seguir. Pero la conspiración para derrocarlo ya estaba en marcha. Cuando ocurrieron los bombardeos sobre Plaza de Mayo, en junio de 1955, Perón estaba reunido en Casa Rosada con el embajador norteamericano Albert Nufer. Y al momento del golpe de Estado, sucedido tres meses después, hubo naves norteamericanas apostadas frente a Buenos Aires para defender al gobierno de Perón si así se solicitaba, según lo relata el historiador Julio Horacio Rubé en su libro El General Lonardi y la Revolución Libertadora.

Un plan para Cuba. Fuera del poder y en múltiples exilios, a fines de la década del 50 la novedad política de alto impacto regional fue la irrupción de la Revolución Cubana en 1959. Al año siguiente, hubo un intento de sumarse al gobierno castrista con el objetivo de encauzar el movimiento rebelde hacia un proceso social-nacionalista de corte latinoamericano de la mano de la experiencia peronista.

Aristóbulo Barrionuevo venía de una familia fundadora del radicalismo ya que su abuelo, Fermín Muñoz, había sido un íntimo amigo y operador político de Alem. Como joven médico, en los años 40 se sumó al naciente peronismo, al que dedicó toda su vida. Fue uno de mis tíos segundos con quien, ya de adulto, logramos congeniar y desarrollar una relación afectiva e intelectual que aún se extraña. Fue el único asesor que tuvo el ministro de Salud Pública de aquellos años, Ramón Carrillo, y por ello trató varias veces al Che Guevara cuando era dirigente comunista de los estudiantes de Medicina y lideraba las protestas gremiales de la facultad. Solía describirme al Che como alguien de fuerte personalidad, temperamental, que en las reuniones que tenía con él casi siempre asistía su asma crónico con un inhalador manual que llevaba consigo. Un día me reveló que en 1960, siendo integrante del Consejo Superior Peronista, formó parte del grupo de dirigentes del justicialismo que reservadamente intercedió ante los EE.UU. para intentar encaminar las difíciles relaciones que tenía con la Revolución Cubana, cuyo nuevo gobierno se iba radicalizando día a día a la luz de la intransigencia norteamericana, inclinándose hacia posiciones prosoviéticas.

La idea madre era que, a partir de que la propia dinámica revolucionaria se superponía con los desafíos de la gestión de un gobierno que carecía de experiencia, el peronismo podía aportar técnicos y planes, además de sumar a la estructura burocrática estatal de La Habana a los exiliados peronistas que residían en la isla y a otros que podrían agregarse.

El interlocutor del gobierno norteamericano en esa negociación fue, precisamente, aquel Milton Eisenhower que había logrado empatía con Perón.

Las gestiones avanzaron bien. Se realizaron varias reuniones secretas en Río de Janeiro con la anuencia del propio Perón y el visto bueno del gobierno cubano, con el cual el peronismo tenía contactos. Se delinearon las formas en que se sumarían los cuadros peronistas y los programas que se podrían poner en marcha. A cambio, se esperaba que Estados Unidos cediera en su dura posición dejando que el proceso revolucionario pudiera desarrollarse sin presiones externas y, al mismo tiempo, ser encapsulado regionalmente evitando ser absorbido por el bloque comunista.

Se llegó a un acuerdo y sólo faltaba el compromiso final y formal de Washington para comenzar a destrabar la situación. El gobierno de Eisenhower, básicamente a través de su hermano, intentó convencer a los legisladores norteamericanos del camino a seguir. Sin embargo, en octubre de ese mismo año, el Congreso respondió endureciendo aún más su posición. Impuso el embargo comercial, económico y financiero que fue el primer paso a la ruptura total. Eisenhower buscó una salida política y diplomática a la crisis bilateral para que no se trasformara en un problema de política internacional, como sucedió después. El Capitolio optó por el castigo a Cuba: el lobby económico afectado por las medidas tomadas por La Habana contra EE.UU., con expropiaciones y la pérdida de importantes negocios, había logrado torcer una decisión, y esto fue determinante para que la revolución castrista buscara en la Unión Soviética un aliado protector.

La suerte se había echado. Pocos días antes de dejar el gobierno, el 3 de enero de 1961, Eisenhower rompió relaciones diplomáticas con Cuba. El 20 de enero, John Kennedy asumió como presidente con la situación resuelta; y al tiempo la respuesta de Fidel Castro fue declarar al mundo que Cuba era un Estado socialista más. Meses después, sobrevino la crisis de los misiles, que puso a la región al límite del primer enfrentamiento atómico entre las superpotencias. Y el 22 de noviembre de 1963, JFK fue asesinado iniciándose un largo período de odios, operaciones cruzadas y sospechas permanentes, cuyo recuerdo hoy empieza a ser ganado por el olvido.

*Escritor y periodista.



Claudio Negrete