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Idea de Laclau

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Algunos se niegan a reconocerlo, pero Ernesto Laclau fue un intelectual argentino destacado internacionalmente por sus aportes en el complejo campo del pensamiento contemporáneo. Bastante antes de su incorporación al kirchnerismo, a mediados de los 90, ya era considerado como una de las figuras del llamado “posmarxismo” (o, mejor, “posfundacionalismo”) y reconocido por filósofos como Jacques Derrida, Richard Rorty o Slavoj Žižek. Aquellos que lo han atacado sin conocer sus fundamentos teóricos harían bien, por ejemplo, para salir de la mera opinión ideológica, en leer Deconstrucción y pragmatismo (Paidós, 1998), que reproduce las ponencias de Laclau, Derrida, Rorty y Simón Critchley en un simposio celebrado en París en 1993. O, para ir más lejos, si se echa una mirada a Política e ideología en la teoría marxista (1978), está claro que en el ensayo final ya Laclau intenta la construcción de un nuevo concepto de populismo – bastarda categoría de la sociología clásica– en el contexto de la derrota del socialismo en el sur de América Latina.

Los más informados de sus contradictores se han preguntado (y todavía lo hacen) cómo era posible la adhesión al kirchnerismo de un PhD por Oxford y profesor emérito de las universidades de Essex y de Toronto, Chicago, California (Irvine), París (Nouvelle Sorbonne), la New School for Social Research y varias latinoamericanas; además de miembro del Institute for Advanced Study (Princeton) y del Wilson Center (Washington), entre otros puestos académicos. La pregunta no es tan buena como parece, porque la biografía y la obra de Laclau (que vivió más de cuarenta años en Inglaterra dedicado a la docencia) constituyen una respuesta concluyente. De algún modo, toda su teoría de la hegemonía es una actualización del proyecto emancipatorio de la modernidad en términos de Gramsci y, en ese sentido, una continuación de sus años de militante universitario en el Partido Socialista de la Izquierda Nacional (PSIN), fundado por Jorge A.  Ramos, relativamente cercano al peronismo.

Valga decir, Laclau fue uno de los últimos intelectuales formados en la llamada “izquierda nacional” de los 60, a la que J.J. Hernández Arregui –perteneciente a la misma línea– define en La formación de la conciencia nacional (1960) como un grupo de estudiosos y teóricos, con la diferencia de que Laclau absorbió la problemática de pensadores europeos ajenos a la tradición marxista como Nietzsche, Freud, Husserl, Wittgenstein, Heidegger, Carl Schmitt (objeto desde hace décadas de estudios académicos, pese a su compromiso con el nacionalsocialismo), Lacan y Derrida.

Es cierto que el nivel de abstracción del discurso de Laclau, cuando no la simplificación, y sus propias intervenciones públicas de los últimos años han obstaculizado en gran medida un debate adecuado de sus ideas, pero también –y ello recuerda vagamente a Sócrates condenado a muerte por la democracia ateniense– la mezquindad de los intereses políticos y el miedo al disenso cuando proviene de un pensador. Porque se simpatice poco o nada con el kirchnerismo, cualquier argumento dirigido contra Laclau debería medirse a la altura de su teoría política, y esto dicho no en defensa de ella o del Gobierno sino de la cultura política en general.

*Escritor, profesor de Filosofía.



Rubén H. Ríos