ELOBSERVADOR OTRA VICTIMA DEL ESTALINISMO

Isaak Bábel, el escritor fusilado por orden de Stalin

Pintar a los bolcheviques no como héroes, sino como simples hombres, fue la causa de su muerte. Un poeta signado por dos dictaduras: la del zar y la de Stalin.

Felicidad. El escritor, junto a su nieto. A la derecha, Vladimir Lenin junto a José Stalin.
Felicidad. El escritor, junto a su nieto. A la derecha, Vladimir Lenin junto a José Stalin. Foto:cedoc

“Tenía el sueño agitado. Bajo el ventanal, en el jardín cubierto por el resplandor del cielo, la franja vegetal tomaba matices cambiantes. Rosas sedientas se movían en las tinieblas. Los relámpagos verdes ardían en las copas de los árboles. Un cadáver desnudo yacía al pie de un acantilado. El resplandor de la luna chorreaba por entre sus piernas ampliamente separadas”.

Este fragmento da cuenta del estilo ajeno a la épica que caracterizó toda su obra. Bábel fue un escritor realista, pero no adhirió al realismo socialista propuesto por la Sociedad de Escritores Soviéticos. ¿Cuál es la diferencia? Que en sus escritos los personajes no son héroes, sólo hombres. La estética de la epopeya, en la que los seres humanos se destacan por su valentía, su arrojo y su voluntad de morir por la Revolución, nunca fue aceptada por el escritor que poco a poco experimentaría el desprecio de la nomenclatura soviética.

No fue fácil la infancia y adolescencia de Isaak Bábel: ser miembro de una familia judía bajo el régimen zarista impidió su ingreso en escuelas y, más tarde, en la Universidad. La decisión de instalarse en San Petersburgo fue un gesto arriesgado que podría haberle costado su libertad; el régimen monárquico había establecido una cuota de judíos para vivir en esa ciudad, y él no contaba con su correspondiente permiso. Nacido en Odesa el 13 de julio de 1894, Bábel tuvo una vida signada por las dictaduras: primero, la del zar Nicolás; luego la de la Revolución de 1917, a la que apoyó inicialmente para desencantarse con el transcurso de los años y las decisiones del Soviet.

Fue la amistad con Boris Pilniak y Máximo Gorki, sus principales mentores literarios, los que influyeron para que se iniciara y destacara en su carrera literaria. Caballería Roja, su principal libro, reflejó su participación en la guerra civil iniciada luego del derrocamiento del zar y del triunfo de la Revolución Rusa. Como periodista, y también como soldado, participó en el frente de lucha y recogió con un estilo realista y descarnado los sucesos de la guerra.

Aunque los críticos no recibieron con entusiasmo sus primeros escritos, Bábel fue muy popular entre el público ruso y se ganó la confianza de sus lectores. Sin embargo, reconoce que “estaba solo en medio de aquellos hombres cuya amistad no había conseguido obtener”; y si bien se refería a los cosacos a los que acompañó durante la campaña en la guerra civil contra los blancos, ese sentimiento podía extenderse al resto de sus camaradas de la intelectualidad, muchos de ellos aduladores del régimen.

Además de Caballería Roja, Bábel escribió dos dramas: El ocaso, publicado en 1928, donde narra su infancia en Odessa y el duro antisemitismo de las autoridades y de una porción de sus habitantes; y María, escrito en 1935, texto que refleja la destrucción de la sociedad burguesa centrándolo en la vida de una mujer.

Pero es justamente en ese año en donde se intensifica la persecución de los intelectuales. El poeta Nicolai Punin es detenido, el hijo de Ajmátova corre la misma suerte, Mandeslstam es confinado en un campo de concentración en Siberia, el dramaturgo Meyerhold cae en manos de la Lubianka y a pesar de ser miembro del Partido Comunista es duramente torturado. El clima de terror se impone y silencia a los más importantes autores.

La principal acusación que cae sobre ellos es su presunta vinculación con “elementos perturbadores, agentes extranjeros y miembros de la corriente trotskista”. En el caso de Bábel, sus viajes a París y su amistad con André Malraux fueron decisivos para que Stalin comenzara a mirarlo con desconfianza. Malraux era visto como un miembro activo de los servicios de espionaje de Occidente que buscaban el desprestigio de la URSS.

“Considerábamos al mundo como un prado en mayo, como un prado por el que pasaban mujeres y caballos”, dice Bábel antes de su decepción frente a la política literaria del Partido Comunista. Finalmente, es precisamente en el mes de mayo de 1939 cuando es detenido por los agentes del servicio secreto y sometido a torturas que lo obligan a confesar acciones antisoviéticas que no había cometido. Luego de varios meses de detención, cuando se le realiza un nuevo interrogatorio, Bábel niega todas sus declaraciones anteriores y confiesa que tuvo un comportamiento cobarde durante los primeros interrogatorios. Pide al tribunal que se lo declare inocente de todos los delitos y ruega “sólo una cosa”: que lo dejen seguir escribiendo para concluir con su trabajo.

Los jueces se retiran para deliberar y cuando regresan a la sala leen la sentencia por la cual se lo condena a la pena capital mediante fusilamiento. Aclaran, por si hubiera alguna duda, que la decisión es inapelable.

El escritor fue ejecutado en Moscú el 27 de enero de 1940, un mes antes del fusilamiento de Meyerhold. Sin embargo, nadie se enteró; no fue publicada noticia alguna y, en el colmo de la crueldad, ni siquiera su esposa, Antonina Nikolaievna fue notificada. Desde 1940 en adelante ella creyó que su marido estaba detenido y mantuvo la esperanza de que en algún momento fuera liberado. En 1947 le llegó la noticia de que posiblemente lo dejarían en libertad y ella se preparó para recibirlo modernizando su vivienda y arreglando su ropa para que encontrara un hogar cálido y agradable. Recién después de la muerte de Stalin, en 1953, cuando pidió por su libertad, le informaron que había sido fusilado trece años antes.

Bábel fue “rehabilitado” y la condena a muerte “anulada” en diciembre de 1954, durante el proceso de denuncias de los crímenes cometidos por Stalin iniciado por Nikita Jruschov.

Como si fuera un relato de su propio fin, el escritor dijo: “Y la noche estaba allí, llena de sones lejanos y penosos, como un cuadrado de luz en las húmedas tinieblas, y en éstas, la cara lívida de Sidorov colgaba cual máscara sin vida sobre la gualda llama de la vela”.


“Muero con su nombre en los labios”

Se le atribuye a Bábel una relación amorosa con Evguenia Solomonova, esposa de Nikolai Yezhov, comisario político y jefe de policía soviético. Ella era secretaria de redacción de la revista La URSS en construcción. También escribía para el Diario ilustrado y debido a la posición jerárquica de su esposo, vivía en condiciones lujosas. Yezhov fue responsable de la condena a muerte de decenas de miles de personas a las que él, y su jefe Stalin, consideraban opositores, entre ellos importantes dirigentes soviéticos. Sin embargo, a fines de diciembre de 1938 había adquirido tanto poder y autonomía que Stalin decidió incluirlo en la lista de sospechosos y finalmente en la de ser ejecutado. Según el historiador Chentalinski el último deseo antes de ser fusilado fue: “Díganle a Stalin que muero con su nombre en los labios”.

Solomonova se suicidó unos días antes de la ejecución de su marido.



Sergio Bufano