ELOBSERVADOR LA GUERRA SIN NOMBRE

Islamofascismo: la democracia amenazada por los fundamentalistas

Pocos días antes de que dos jóvenes palestinos asesinaran a su hermano Reuven en Jerusalén, Marcelo Birmajer preparó este texto para El Observador sobre los atentados yihadistas. PERFIL publica también aquí sus palabras en el homenaje a la víctima.

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Las dos últimas masacres cometidas por terroristas fundamentalistas islámicos en París en 2015 –la redacción de Charlie Hebdo y el supermercado kosher de enero, y el estadio de fútbol y el teatro Bataclan de noviembre– han vuelto a poner sobre el tapete el debate sobre qué tipo de guerra se está librando, si se está librando una guerra, si existen dos o más bandos. Los ataques terroristas islamofascistas contra las democracias liberales no han remitido al menos desde la asunción del ayatolá Khomeini al poder en Teherán en 1979 y la traición de los talibanes dirigidos por Bin Laden contra sus benefactores norteamericanos en 1989. Alcanzó su punto álgido con el atentado de Al Qaeda contra las Torres Gemelas de Nueva York con más de tres mil civiles muertos en 2001.
El hecho de que los terroristas iraníes pertenezcan a la rama chiita del islam, mientras que los talibanes se asocian con la rama sunnita, confirma que el terrorismo fundamentalista islámico es transversal y que, en el sentido de su intención de extinguir a las democracias a través de masacrar a sus habitantes, es bastante aleatorio si los terroristas son seguidores del yerno o el suegro de Mahoma, que son las dos vertientes principales en las que se dividen los grupos islamofascistas: Hamas, Hezbollah, Boko Haram, Al Qaeda, EI y la República Islámica de Irán, entre otros de menor renombre.
En este artículo pretendo sostener que sí se trata de una guerra del islamofascismo contra las democracias de tipo liberal. Esto es: la guerra del islamofascismo contra la libertad de expresión, la libertad de circulación, la libertad de culto, los derechos y garantías individuales, la igualdad de género y el derecho al trabajo y al usufructo de la recompensa individual y familiar del trabajo. No existe un criterio islamofascista de venganza contras las democracias occidentales por el pasado colonialismo, ni un reclamo que pueda solucionarse con un cambio de las políticas de las potencias en el Medio Oriente actual: la sola existencia de las libertades públicas descriptas, vigentes en las democracias liberales contemporáneas, es la ofensa que el fundamentalismo islámico no puede perdonar.

Con ocasión de la masacre de Bataclan, la canciller sueca Margaret Wallstrom realizó el acostumbrado comentario contra Israel, adjudicando la motivación de los terroristas islamofascistas en París al conflicto palestino israelí; no sólo sin pruebas, sin ninguna racionalidad, en una opinión similar al libelo de los Protocolos de Sión o la teoría de la Sinarquía internacional.  El islamofascismo, la rama contemporánea del fundamentalismo islámico, se originó en 1928, con la creación de la más perdurable e influyente de las organizaciones islamofascistas: la Hermandad Musulmana; no casualmente junto con el fascismo mussoliniano y el nazismo hitleriano. Fueron aliados directos desde sus orígenes hasta la debacle nazi-fascista, pero el fundamentalismo islámico nunca sufrió la derrota decisiva que sí se les propinó a los nazis y fascistas alemanes, italianos, japoneses y sus aliados.
No existió una desnazificación, como la que sí se aplicó en Europa y en Japón –con Marshall, Patton y MacArthur–, en el mundo árabe. En Medio Oriente, el Occidente democrático aplicó, y continúa aplicando, hasta hoy, el apaciguamiento que Chamberlain intentó con Hitler en Munich en 1938. En ese orden se inscribe la declaración de la canciller sueca. Pero, como vemos, el islamofascismo precede en veinte años a la creación de Israel, y en cuarenta años al conflicto entre los palestinos de la Franja de Gaza y Cisjordania con sus vecinos judíos.
Desde la creación del Estado de Israel en 1948, la raíz del conflicto árabe israelí y palestino israelí ha sido la existencia de Israel como democracia en Medio Oriente, no su política exterior. La negación del derecho de Israel a existir comenzó, por parte del islamofascismo, el mismo día de la independencia israelí, no en 1967 con la conquista de Gaza ni la de Cisjordania, como tampoco se dejó de negar este derecho al retirarse completamente Israel de Gaza en 2005.
Los fedayines palestinos, jordanos y egipcios asesinaron mil civiles israelíes entre 1948 y 1956, cuando Gaza y Cisjordania estaban en poder de Egipto y Jordania respectivamente; y continuaron asesinando civiles israelíes antes y después de que Israel conquistara la Franja de Gaza en 1956 para detener la hemorragia terrorista y se retirara a los pocos meses a cambio de garantías de seguridad de la ONU, nunca cumplidas.
Del mismo modo que los ataques actuales contra los civiles parisinos no tienen la menor relación con los Tratados de Sykes Picot de fines de la Primera Guerra Mundial, sino con la directa negación de su derecho a una ciudadanía libre, nuevamente por parte de victimarios fundamentalistas islámicos. Hasta que no comprendamos esta realidad que los islamofascistas expresan con meridiana transparencia, no podremos defendernos. La guerra ha comenzado hace mucho, pero estamos como Stalin en junio de 1941 cuando no podía creer que Hitler lo había atacado.

Paradójicamente, hoy Putin comprende mucho mejor que Obama que Rusia, como estado moderno, está siendo puesta en jaque por el islamofascismo, como lo fue Stalin por el nazismo setenta años atrás.  Es baladí preguntarse si ésta es la Tercera Guerra Mundial. La Primera y Segunda Guerra fueron tan determinantes en la configuración de nuestro actual orden mundial, que permanentemente buscamos un número tres que nos permita una reconfiguración tranquilizadora. Pero podemos encontrar similitudes sin necesidad de etiquetas que clausuran más que explicar.
Como en la Segunda Guerra, las democracias occidentales están en directa alianza con Rusia contra el ataque islamofascista. Como en la Segunda Guerra, los islamofascistas se proponen el dominio del mundo, tan pueril y directo como suena, y la aplicación de la sharia, la interpretación extrema y fanática del Corán, a nivel global: la opresión de las mujeres, el exterminio de los homosexuales, la obliteración del pueblo judío, la conversión de los cristianos, la ejecución de los disidentes, y la eliminación de cualquier forma de libertad. Lo primario y atávico de sus propuestas les resta credibilidad entre muchos analistas occidentales, que prefieren o bien no ver la amenaza, o bien diluirla. Pero el nazismo se propuso, y lo consiguió durante tres años en la mitad del planeta, un dominio similar. Como en la Segunda Guerra, Turquía ocupa un rol ambiguo, por momentos neutral, por momentos de un bando, por momentos del otro. Como en la Segunda Guerra, China está mucho más cerca de las democracias occidentales que del islamofascismo.
Pero en el Lejano Oriente es donde ocurre una de las grandes diferencias: mientras que durante la Segunda Guerra China era un gigante devastado, empobrecido, desarmado y ocupado por Japón –según Anthony Beevor, historiador de la Segunda Guerra, ésta comenzó en 1937, con la invasión japonesa contra China–, en la actualidad China es una potencia de primer orden, económica, política y militar. Su peso y voluntad en esta guerra aún es un enigma.

Japón, enemigo de las democracias durante la Segunda Guerra, es hoy una potencia democrática y decididamente alineada con las democracias occidentales, aunque su participación militar efectiva es tan enigmática como la de China.
La existencia de Israel, a partir de 1948, es otro factor de peso, pero el enigma aquí no es sobre su predisposición a participar en conjunto con las demás democracias occidentales, sino en qué medida los líderes del mundo abandonarán el antijudaísmo atávico para considerarse aliados directos también de la única democracia de Medio Oriente.  Tres veces, entre los siglos XX y XXI, fue amenazada la libertad en el mundo. Por el nazismo entre los años 20 y 45 del siglo pasado, por el comunismo marxista entre 1945 y 1989, y por el islamofascismo, aleatoriamente entre 1928 y 1945, y decisivamente entre 1979 y la actualidad.
Frente al nazismo, la antorcha de la libertad fue empuñada en primer lugar por Winston Churchill, quien la pasó al presidente Roosevelt, quien a su vez la legó, en su lecho de muerte, al presidente Truman, quien puso punto final a esta amenaza, junto a sus aliados.
Brinda optimismo el hecho de que un hombre en silla de ruedas, y luego muerto, haya vencido a quienes se proponían como la única raza erguida sobre la Tierra. También en la lucha contra el totalitarismo comunista los Estados Unidos lideraron al mundo libre.
Pero en la actualidad, en la lucha contra el islamofascismo, no existe un líder que posea la voluntad y genere el consenso suficiente como para dirigir la batalla. No hay un Churchill ni un Eisenhower. Aquellos líderes que con más claridad denuncian la amenaza, no gozan del consenso como para ser seguidos; y quienes sí gozan del consenso y el poder, no denuncian ni enfrentan con claridad la amenaza. El principal desafío que plantea el islamofascismo a las democracias liberales no es religioso ni militar. Es político. Si las democracias no ratifican de modo determinante su convicción de vivir en libertad, no adquirirán la voluntad para librar esta larga guerra. Con la voluntad no alcanza, pero sin ella no se puede empezar.

*Escritor.



Marcelo Birmajer