ELOBSERVADOR UN RETRATO INTELECTUAL

Ismael Viñas: el largo exilio del pensador irreverente

Murió hace dos semanas en Miami, donde vivía. Cofundó Contorno, escribió obras clave para entender la izquierda argentina y nunca volvió al país. Beatriz Sarlo lo despide y destaca el legado de un hombre fundamental en la agitada Argentina de los 60.

PERFIL COMPLETO

Foto:Eduardo Montes-Bradley

El mensaje  de la Biblioteca Nacional anuncia que Ismael Viñas murió en Miami la segunda semana de abril. Había nacido en 1925, dos años antes que su hermano David. La oscuridad de los años finales ni siquiera permite la precisión de una fecha. De todos los exiliados, fue el único que jamás regresó a la Argentina. Se fue para siempre.

En Miami lo filmó Montes -Bradley y en Miami se tomó la foto que está en la tapa del libro publicado por Pilar Roca. Quisiera, por lo menos, agregar una fecha cierta a lo que conozco de Ismael Viñas. Llamo a Miami, donde vivía. Una voz informa que el teléfono está desconectado.

Pero ni siquiera estoy segura de que ese número, que me dio Noé Jitrik, haya sido su último teléfono.

Horacio Tarcus me envía el link al catálogo del Cedinci. Allí están los libros y revistas de Ismael Viñas. Asombrada por el recuerdo, veo que fui la editora de uno de sus libros, Capitalismo, monopolios y dependencia, publicado por el Centro Editor en 1972. En esos años, Ismael Viñas, todavía joven, venía a las oficinas del Centro Editor con frecuencia. Tomaba la silla que tenía más a mano, se sentaba frente a mí, inquiría si había sobrado algún sándwich de los que se repartían a la mañana entre los empleados y comenzaba a hablar. Yo lo escuchaba en silencio. Decir que me hipnotizaba no es una exageración. La fluidez sin ademanes con que ese hombre de voz queda, muy conocido en toda la izquierda argentina, pasaba de un tema al otro representaba para mí el dibujo exacto de lo que era un intelectual. Un día proponía escribir un libro sobre el barón de Haussmann y las transformaciones de París en la segunda mitad del siglo XIX; otro día, se le ocurría la novela policial. Y, sobre todo, sometía a crítica a las diversas fracciones de la nueva izquierda.

Siempre me atrajo su ironía, una especie de extrañamiento frente a las aventuras políticas, incluso las que él mismo dirigía. A comienzos de los setenta, yo militaba en la izquierda marxista y era una optimista desesperada. Una tarde, en la redacción de la revista Los Libros, Ismael me explicó lo que yo no quería escuchar y probablemente no entendí. Dijo que los sectores más radicalizados del movimiento obrero se habían separado de la clase y que ya no dirigían a nadie. Que las masas habían entrado en retroceso. En ese momento, Ismael era dirigente de Acción Comunista, un partido mínimo, ultraizquierdista. Todos estábamos fuera de órbita, perdidos incluso cuando creíamos tener la hoja de ruta. Por lo menos todos los que no creíamos que los copamientos y los asesinatos de la guerrilla abrían el camino de la revolución.  Años antes, Ismael había discutido con el Che Guevara.

Ismael era parecido a su hermano David. Pero como si fuera una versión más estilizada. Usaba los largos sobretodos que habían quedado en la casa del viejo Viñas, el abogado yrigoyenista vuelto personaje de Los dueños de la tierra.

Aunque devorara tres sándwiches de los que llegaban para los empleados del Centro Editor, era de una austeridad refinada. Un periodista del partido de Jorge Abelardo Ramos lo acusó de que su estudio de abogado tramitaba juicios contra deudores de pequeños montos. Quienes lo conocíamos no lo creímos. Ismael no estaba hecho de la madera podrida del ave negra.

Como muchos, fui marcada por la revista Contorno, que se hacía en la casa de Ismael y Susana Fiorito, donde por rachas vivió David Viñas. Leímos Contorno cuando la revista ya no se publicaba. Por razones de edad, no fuimos contemporáneos a Contorno como lo fueron otros amigos. La alcanzamos 15 años después, en bibliotecas. Y mi generación intelectual comenzó a hacer la historia de la revista y de su impacto. Contorno revisó la cultura y la política argentina. Fueron pocos números (ahora accesibles en la facsimilar de la Biblioteca Nacional) pero definitivos: un programa.

En 1956 aparece con la firma de Ismael Viñas, en el número 7-8 de Contorno, una síntesis de los dilemas de la izquierda. El momento era temprano, antes de que se cumpliera un año del golpe que destituyó a Perón: “... el peronismo aparecía ante los trabajadores como la fuerza que los representaba y protegía… los grupos progresistas quedaron un poco en el vacío. El tono de la oposición fue dado por la burguesía”. La “cuestión peronista” quedaba definida.

En 1959, publicó en Contorno Orden y progreso, un larguísimo artículo de sesenta páginas, que equivalen al doble en formato libro. Vuelto a leer hoy, resulta asombroso, no tanto por sus aciertos (y tiene varios) sino por el elenco de temas y críticas. A los 34 años, Ismael Viñas ya está formado como analista político. Se advierten sus lecturas marxistas y la de libros bien conocidos en ese momento. Pero más que su formación en el campo de las ideas políticas, lo que sigue impactando de Orden y progreso es su anticipación a los temas que serán los de la “nueva izquierda” en los años 60. Me pregunto ahora por qué ese libro (al año siguiente salió por la editorial Palestra), que podría haberse difundido como uno de los valiosos de la biblioteca donde se formaban los jóvenes revolucionarios, junto a los de Puiggrós y Jorge Abelardo Ramos, no ha sido señalado del mismo modo.

Orden y progreso promete ser, a un año de gobierno, un análisis del frondicismo, del que Ismael había participado y se había alejado casi enseguida. Fue mucho más. En primer lugar fue una crítica de la izquierda socialista y comunista (realizada sin las invariables agresiones de Jorge Abelardo Ramos). Y una caracterización de las diferentes líneas del radicalismo que condujeron a la división de la UCR entre radicales del pueblo e intransigentes. Conocía bien el radicalismo por tradición familiar y por haber estado allí.

Viñas critica las izquierdas por no haber podido captar los matices intrincados del peronismo ni la potencia de las “fuerzas revolucionarias” que estaban en su base social. El peronismo es el hecho a descifrar, no para asimilarse a él, sino para avanzar en la constitución de un sujeto político de izquierda, que entendiera dónde estaba un proletariado concreto con capacidad de luchas contra la metrópoli. Entender el peronismo no es borrar sus límites. Significa, en cambio, captar “el irracionalismo radical del peronismo, ese irracionalismo que le permitió tentar la aventura de utilizar una situación y unas fuerzas revolucionarias para mantener una estructura conservadora”. La rama marxista de la nueva izquierda se reconoce perfectamente en esta definición enunciada por Ismael Viñas en 1959.
Necesitó de ese análisis porque iba a pasar a la acción política. En 1961 fundó el Movimiento de Liberación Nacional. Y la palabra “nacional” del nombre tiene que ver con la caracterización, de inspiración trotskista, del desarrollo “deformado y limitado” típico de los países dependientes (desarrollo desigual y combinado, fórmula que también citó Milcíades Peña).

El MLN (o Malena como le decía todo el mundo) era una izquierda universitaria y chic. La pequeño burguesía era su límite, aunque viejos “malenas” todavía evocan excursiones por las provincias y mitines sindicales. Ramón Alcalde dirigió el MLN en Santa Fe. Eugenio Gastiazoro formaba parte y escribió con Ismael Economía y dependencia, publicado por el editor Carlos Pérez, víctima de la dictadura de 1976. Noé Jitrik y León Rozitchner estaban cerca. David Viñas citaba siempre a Ismael cuando la discusión era sobre política.

El Movimiento de Liberación Nacional publicaba un periódico que, como Contorno, dependía mucho del trabajo de Susana Fiorito. Liberación salió desde 1962 a 1968. El título se imprimía en celeste, como emblema del momento nacional antiimperialista de la revolución. Pero en 1968, después de una discusión encarnizada, pasó a imprimirse en rojo. Signo de época.

Los tiempos, en los breves años sesenta, duraban poco. El foquismo y la guerrilla interpelaron entonces más que el discurso docto de Ismael. Corrijo, interpelaban más que ese fondo de escepticismo que sonaba en su voz: la revolución era al mismo tiempo inevitable pero lejanísima. El sentido común nacional revolucionario sostenía en cambio que había llegado la hora. En la movilización callejera, recuerdo al MLN largando un acto al grito de “Liberación”. Así sucedió la noche de junio de 1969 cuando mataron a Emilio Jáuregui, periodista y militante de 29 años. Yo estaba en la esquina donde un dirigente del Malena largó ese acto. Después comenzamos a correr.

Cuando el título de Liberación cambió al rojo, se anunciaba el fin del MNL. Poco después, Ismael Viñas fundó Acción Comunista, nombre sin ambigüedades nacionales. Esa organización no tuvo la reverberancia de la anterior y había perdido la simpatía de intelectuales y artistas.

Después de Acción Comunista vino Orientación Socialista, aún más minoritaria. El cambio de la palabra “Acción” a “Orientación” indica el  desplazamiento hacia un horizonte lejano.

A los cincuenta años, Ismael ya no representaba lo nuevo. El mismo se había convertido en un intelectual ajeno a los tiempos, que fueron nuevos sólo porque se encaminaban a una derrota inaudita. Ismael estaba demasiado encerrado en sus esquemas marxistas para esa época confusa donde se podía ser cualquier cosa: católico y violento, cristo guerrillero, marxista y ultranacionalista,  peronista y victimario de un dirigente sindical. La mezcla de los setenta no cuadraba al razonador impecable, a veces dogmático, que fue Ismael. No cuadraba a su refinada ironía, a su escepticismo que no le impedía creer en el proletariado como fuerza objetivamente histórica.

No recuerdo cuándo conocí a Ismael, pero sí recuerdo la última vez que lo vi. Era el otoño de 1976. La imagen es oscura, como si le hubieran pasado carbonilla sobre las luces y los volúmenes. Yo iba a poner una ficha en el molinete de la estación Uruguay de subterráneo. Ismael salía en sentido contrario. Nos abrazamos y me dijo: “Me voy a Israel. Me voy. No tengo otro lugar. Acá yo no puedo hacer más nada”. Entendí que esas palabras eran finales. Después supe que Israel fue el único país que le dio atención médica para su mujer, que estaba enferma.

Quedan los textos de este hombre, un protagonista durante 15 años que se volvió luego lejano, esfumado, casi un misterio. Su muerte ha puesto fin al exilio argentino más largo de que se tenga noticia. Ismael cruzó, por segunda vez, la línea de sombra.



Beatriz Sarlo