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“La Argentina fue fundada por ficciones”

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La Argentina fue fundada por ficciones. Hasta donde recuerdo, la primera nación que me narraron, antes de que aprendiera a leer, era una sucesión de estampas, en las que abundaban las lluvias y los desiertos. Mi primera nación fue un libro con un cabildo de adobe y tejas, una mañana de lluvia, en 1810. Alrededor del cabildo se veían algunos edificios bajos, con recovas, damas  de miriñaque y patriotas de levitas impecables, que exigían la expulsión del Virrey. Los patriotas llevaban paraguas y repartían cintas azules y blancas. La estampa escamoteaba falazmente la realidad. No se veía que la plaza era en verdad un lodazal, no se tomaba en cuenta el hecho de que los paraguas (por entonces costosos y pesados) resultaban una rareza en la aldea del fin del  mundo llamada Santísima Trinidad y puerto de Buenos Aires.

En los libros donde por primera vez leí los relatos de la nación (pienso, sobre todo, en las historias de Grosso, de Levene, de Vicente Fidel López, de Mitre), la censura de nuestros orígenes era deliberada y respondía a un proyecto político: el proyecto de convertir a la Argentina en un país de cultura europea, habitado por hombres de raza blanca.

Ya en 1857, la Galería de celebridades argentinas, una colección de biografías reunidas por Bartolomé Mitre (e inspirada por los Recuerdos de provincia de Sarmiento), determinaba quiénes iban a ser los íconos o modelos fundadores del país que estaba construyéndose. Mitre eligió a San Martín, Belgrano, Moreno, Rivadavia, el deán Funes, Lavalle, Brown, Florencio Varela y José Manuel García, omitiendo las alianzas con Rosas que aquejaban a dos de ellos (García y Brown). Para Mitre, el pasado colonial no existía. No había país –dictaminó– “antes que Mayo (la Revolución de Mayo de 1810) lo hiciera existir por un acto de voluntad”. “Los habitantes de la Argentina colonial –dijo– no se cuentan entre los hijos de nuestro suelo”.

Los hombres modifican el pasado para poder reconocerse mejor en el futuro. El sargento Cabral, héroe de la batalla de San Lorenzo, debía de ser un campesino parco –si existió– en cuyo magro vocabulario no figuraban tal vez palabras como las que se le adjudican: “Muero contento, hemos batido al enemigo”. La tradición ha decretado, sin embargo, que esa sentencia no sólo es verosímil, sino también verdadera.

*Extraído de Mitos pasados y mitos por venir, del libro Argentina y otras crónicas (Alfaguara, Buenos Aires, 2011).



Tomás Eloy Martínez