ELOBSERVADOR

La confianza del maestro y el agradecimiento del padre

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Cómo evocar a un escritor que, más allá del lugar que haya ocupado como figura pública, ha sido –siempre será, sobre todo– mi padre? ¿De qué manera recordarlo sin que se mezclen las aguas de lo íntimo, los recuerdos melancólicos que nada tienen que ver con su obra o su trayectoria? Porque la nostalgia no dicta en sus primeros renglones los libros que escribió, los diarios o revistas que fue creando a lo largo de su vida, las clases o conferencias que dictó o los premios que le hayan otorgado. Tomás Eloy Martínez fue, es, mi viejo. “El papá”, así, con el artículo en tucumano, como siempre nos referimos a él todos sus hijos.

Cuando él murió, en enero de 2010, los medios se ocuparon de subrayar aquel inmenso itinerario profesional. Pero además, la mayoría puso énfasis en su generosidad, su humildad, su fortaleza y su sentido del humor a prueba de cualquier adversidad. Y a él le tocaron casi todas: la dura adversidad del exilio, la de la pérdida de un ser amado, la de la enfermedad. Para sus siete hijos, ese reconocimiento a su personalidad nos llenó de un orgullo más intenso que la suma de todos los elogios a su talento o a su legado.

Quizás por afinidad profesional –yo también soy periodista–, él decidió que yo fuera el albacea de su obra y que llevara adelante la Fundación Tomás Eloy Martínez para cumplir con lo que me pidió mientras avanzaba su enfermedad: quizás sospechaba que su obra sobreviviría a través de sus libros, pero su preocupación por estimular y promover a los jóvenes narradores, como él lo hizo a lo largo de su vida, debía mantenerse vigente. La Fundación TEM tiene ese propósito y espero haber estado a la altura de la confianza que él depositó en mí para lograrlo.

Esa misma vocación compartida es la que me permitió ayudarlo muchas veces en sus investigaciones periodísticas. Durante sus años de exilio forzoso y después, cuando vivía en la Argentina pero trabajaba en los Estados Unidos –como a él le gustaba decir–, esa distancia hizo que yo me convirtiera en una especie de corresponsal suyo cada vez que necesitaba indagar en algún tema. A veces esas pesquisas tenían que ver con datos que utilizaba también para sus obras de ficción, como ocurrió con Purgatorio, la última novela que publicó en vida. Quienes la hayan leído sabrán que su trama navega entre el presente y los tiempos oscuros de la última dictadura militar en la Argentina, durante casi toda esa década en que tuvo que vivir fuera del país. Mientras la escribía, buscaba muchos datos y archivos que tuvieran que ver con la vida cotidiana. Necesitaba, desesperadamente, reproducir las respiraciones, los sonidos y los colores de una existencia que no había podido vivir. Iba detrás de las piezas que le habían arrebatado, como quien arma un rompecabezas inconcluso. Su intención no fue narrar con crudeza el horror de aquellos años, sino sus capas más grises, el autismo de los ciudadanos frente a las cosas que estaban ocurriendo delante de sus ojos, pero que no querían o no sabían ver. Ese mirar para otro lado que se refleja en el personaje de Emilia, la protagonista, de manera tan transparente.

Por aquellos días sus pedidos de información se amontonaban, y como solía hacer siempre, me reclamaba a última hora de la noche el dato que me había pedido ese mismo día a primera hora de la mañana. Tampoco se lo reprochaba porque siempre me lo agradecía de una manera exagerada. En las páginas finales de Santa Evita, por ejemplo, donde figuran los agradecimientos, me dedicó un párrafo demasiado generoso: “A mi hijo Ezequiel, que me enseñó como nadie a investigar en archivos militares y periodísticos”. Por supuesto, el que siempre me daba una lección era él, y aún hoy extraño esa rutina de buscarle la información que le resultaba esquiva desde su escritorio de Highland Park, ese suburbio de New Jersey que convirtió en su hogar paralelo.

En una entrevista mi padre dijo: “Esta es la vida que no he vivido y voy a tratar de vivirla a través de este relato”. Purgatorio es entonces el mapa de todo aquello que no pudo ver, de los recuerdos que no pudo tener. Pero también fue su manera de distraer a su enfermedad, de engañarla con el poder de la palabra. El mismo lo confiesa en otro párrafo de la novela: “Mientras yacía esperando la muerte me dije que ésa era quizá la manera de recuperar la vida. Descarté entonces la narración que ya había empezado y me puse a escribir esta novela, llena de lo que no existe. En el centro de mi magma estaba otra vez Emilia, ella me había tomado de la mano en el Toscana y me había guiado hacia las luces de su laberinto. Puede decirse que la encontré antes de buscarla. A ella la resucitó la esperanza de volver a ver a Simón, a mí me ha resucitado este libro”.

Por eso mientras haya un lector para Purgatorio, o mientras alguien recorra las páginas de cualquiera de sus otros libros, él seguirá estando para siempre entre nosotros. Este 16 de julio, cuando hubiese cumplido 80 años, quise regalarle la edición de un volumen que reuniera todos sus cuentos. Tinieblas para mirar es el resultado de ese esfuerzo. No sé si es el libro que él hubiese armado tal como lo organicé yo junto con sus editores, pero sí sé que él está ahí, en cada párrafo. En realidad él me regaló a mí –y a sus lectores– la felicidad de continuar leyéndolo.

*Presidente de la Fundación TEM.



Ezequiel Martínez