ELOBSERVADOR ENTREVISTA A JAVIER AUYERO

La espera, un recurso que enseña a los pobres a ser sumisos

Investigador de la pobreza urbana, el sociólogo analiza las largas esperas a las que el Estado somete a quienes aspiran a recibir beneficios sociales. Un mecanismo de poder que denuncia en su último libro, Pacientes del Estado.

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Miseria. “El Estado, al crear pacientes, incrementa las condiciones de vulnerabilidad de los más pobres. Le pide a una madre que pase horas en una sala de espera para recibir un beneficio, y esta mujer pierde horas de trabajo (informal), tiene que dejar a sus hijos al cuidado de otros”.
Miseria. “El Estado, al crear pacientes, incrementa las condiciones de vulnerabilidad de los más pobres. Le pide a una madre que pase horas en una sala de espera para recibir un beneficio, y esta mujer pierde horas de trabajo (informal), tiene que dejar a sus hijos al cuidado de otros”. Foto:Cedoc Perfil
—El tono de su libro me recordó a un médico que desespera al tratar enfermos terminales, sabe que lo único que puede hacer es mitigar el dolor y a veces ni eso. ¿Usted sintió algo similar?
—La desesperanza no es un buen motor para investigar y escribir. La indignación es lo que, hace rato ya, me empuja, la que hace que pase horas leyendo testimonios, codificando observaciones, escribiendo y reescribiendo. Para citar al protagonista de El hombre que amaba a los perros, es “la mierda petrificada del presente” contra la que escribo. Si pensase que estoy frente a un enfermo terminal, no creo que tendría energía psíquica ni intelectual para seguir en este oficio.
—Con referencias literarias como “El proceso” de Kafka, “El coronel no tiene quien le escriba” de García Márquez y “Esperando a Godot” de Beckett, pone en dimensión la espera a que se someten los habitantes más desposeídos.
—En el libro quise examinar precisamente este mecanismo en distintos niveles del Estado y en administraciones que pertenecen a distintas orientaciones políticas, o al menos que así la profesan discursivamente. En los tres casos indagados, vemos cierta desidia, cierta mirada desentendida, cierta indiferencia, que produce a pacientes, más que a ciudadanos.
—La actitud de los empleados estatales del Renaper, la forma en que tratan a los extranjeros, cómo los mantienen en la incertidumbre para luego dilatar el trámite rechazando documentación, es de un sadismo muy particular.
—En realidad creo que, combinando lo que solía decir el gran sociólogo francés Pierre Bourdieu con un juego al que jugaba con mi mamá cuando era pequeño, podríamos hablar de una “estrategia sin estratega,” en la que cada cual, como en Don Pirulero, atiende su juego. Esos empleados están preocupados por sus vidas, por sus trabajos, por los juegos de poder presentes en sus lugares de trabajo… No me animaría a hablar de malas intenciones y, de haberlas en algún caso en particular (alguna xenofobia, algún sexismo, algún racismo, etc.), no creo que éstas sean las que determinen lo que sucede en esos universos sociales específicos. Lo que produce la espera, repito, no es la acción individual, sino la indiferencia burocrática.
—La ilusión de obtener la ayuda exige paciencia, pero además un borramiento de la rebeldía natural humana ante una situación humillante. ¿No es una forma de anular al sujeto político?
—Yo estudio relaciones, no sujetos de carne y hueso. Para el sociólogo lo real es lo relacional. En los universos que indagué, esas relaciones están caracterizadas por la arbitrariedad y la incertidumbre. Juntas construyen relaciones de subordinación entre el Estado y los sujetos/pacientes. En este sentido, uno podría decir que la capacidad de acción del sujeto está por cierto condicionada. Y el control social es mayor que en otros universos sociales.
—El libro refiere a la sensación que los pobres/pacientes tienen de los políticos y la política, como algo extraño a sus vidas, fuera de todo alcance, ahí existe un corte muy profundo.
—La política, la mayor parte de las veces, es vista como la fuente de la falta de justicia, de la desigualdad, de la arbitrariedad en la vida cotidiana. La política es percibida como algo que se hace en otro lugar, una actividad en la que no son parte. Estos pacientes no se ven a ellos mismos como la fuente del poder político, sino como sus víctimas. Desde sus puntos de vista, es la política la que los hace esperar.
—¿La espera del pobre (así como la del pobre y extranjero, como un doble estigma) no funciona como una cárcel a cielo abierto?
—A pesar del uso de referencias literarias en el libro, quiero ser muy cuidadoso con el uso de imágenes que pueden confundir más que esclarecer. Una cárcel es una cárcel, una sala de espera, a pesar de la dilación, del maltrato, de la incertidumbre, es otra cosa.
—La mayoría de los que realizan trámites por ayuda social son mujeres, van con sus hijos, o los dejan solos al cuidado de los hermanos mayores, durante horas, eso acrecienta la inseguridad que viven todos los días, es una puesta en riesgo del hogar.
—Justamente eso es lo que demostramos en el libro. El Estado, al crear pacientes, incrementa las condiciones de vulnerabilidad de los más pobres. O sea, reproduce la inseguridad que caracteriza a la pobreza. Le pide a una madre que pase horas en una sala de espera para recibir un beneficio, y esta mujer pierde horas de trabajo (informal), tiene que dejar a sus hijos al cuidado de otros, no puede recogerlos de la escuela, etc. El Estado se desentiende de esto y, repito, acrecienta la inseguridad en la que viven los más marginados.
—¿En qué consiste su próxima investigación, que deriva del trabajo de campo en “Pacientes del Estado”?
La investigación que presento en Pacientes del Estado coincidió durante algún tiempo con la que presenté junto a María Fernanda Berti en La violencia en los márgenes. Estoy escribiendo una versión más extensa de este último libro en inglés, y editando junto a dos antropólogos, Philippe Bourgois y Nancy Scheper-Hughes, un libro sobre violencia urbana en América Latina. Con un grupo de estudiantes de doctorado de la Universidad de Texas estoy completando un libro sobre formas modernas de sufrimiento social en la ciudad de Austin, una de las ciudades con más altas tasas de crecimiento demográfico, de desigualdad y de segregación en los Estados Unidos. Y también poniendo en marcha un estudio comparativo, con características similares a la investigación que dio lugar al libro sobre Inflamable, sobre contaminación ambiental, percepciones de riesgo y acción colectiva en Perú, Ecuador y Argentina.

Omar Genovese