ELOBSERVADOR SOBRE LA CULTURA Y EL RELATO PERONISTAS

La ilusión de pensar

A principio de los años 50 nació lo que ha dado en conocerse como “cultura peronista”, que atravesó las décadas. Cómo influye en la política y porqué podría acompañar a los Kirchner en el fin del peronismo.

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Foto:Cedoc

La complejidad del mundo se ha vuelto de tal magnitud y tan evidente que pocos se atreven a ponerla en duda. Pero desde hace un tiempo se ha vuelto igualmente evidente que las herramientas conceptuales que disponemos para captar esta realidad multifacética, dinámica, escurridiza, son muy insuficientes para aprehenderla en su verdadera dimensión y que las categorías de positivistas y marxistas han terminado por cumplir la profecía del propio Marx: “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

Debido a este fenómeno de extrema rapidez, los pensamientos envejecen pronto (como lo demostró el postmodernismo) y son escasas las miradas de los intelectuales que pueden permanecer en pie después de unas pocas décadas (Walter Benjamin sería una de las excepciones). Ahora bien, si a todo esto lo ponemos en relación con lo que hay en nuestro país, es factible observar que salvo alguna gente que se caracteriza por su independencia de juicio y de criterio, por su formación como por su capacidad de interrogar, el resto de la producción intelectual es extremadamente pobre (Alain Touraine dixit).

Con respecto a los que se autodenominaron intelectuales de “Carta abierta”, (que el físico Luis Bassani calificaba de “Naipe marcado”) con frecuencia pretendieron dar una cobertura teórica a lo insostenible y a lo inadmisible. El último documento La patria está en peligro, personalmente, además de darme vergüenza ajena, no me invita a una respuesta, sino a recordarles las palabras de Alberdi, quien escribió, con la sutileza que lo caracterizaba, que “es un déspota todo aquel que cree que ser un opositor al gobierno es ser un traidor a la patria”. Sólo a tiranuelos de un simulacro del pensamiento se les puede ocurrir que la única interpretación de la realidad pasa por echarle la culpa a los otros, tras once años de gobierno. Pareciera que las cuatro décadas transcurridas desde 1973 no son nada, porque en suma sólo se trata del tango “volver”.

Una de las leyendas que ha llegado hasta nosotros nos cuenta que el emperador mogol Shah Jahan, después de recibir el diseño del Taj Mahal, ordenó que ejecutaran al arquitecto para que no pudiera concebir de nuevo algo semejante. Menos leyenda fue la quema de la biblioteca de Alejandría, por el califa Omar, quien desplegó un argumento sofístico: si contenía lo que estaba en el Corán, era inútil, y si lo contradecía era mala, por lo tanto en ambos casos había que quemarla. La destrucción de los libros del pasado y la construcción de la muralla por parte del Shih Huan Ti, fundador de la dinastía Ch’in, lleva la voluntad de poder y la proyección política a puntos pocas veces alcanzados en la historia del ser humano. Se trataba, también en aquellas épocas, del ahora famoso “relato”.

Cultura peronista. Para referirnos a nuestro muy modesto país, es increíble la persistencia de lo que se llama, después de la muerte de Perón, la “cultura peronista”. Quizás su construcción, un verdadero oxímoron según algunos desconfiados del rubro nac&pop, comenzó con la muerte de Evita, aquel minuto en que pasó a la eternidad y que toda Argentina se vio sacudida por un llanto fúnebre. Quizás comenzó a tomar forma sustantiva cuando Aramburu ordenó el secuestro del cadáver inmediatamente después del golpe que depuso a Perón en setiembre de 1955.

Quizás el relato fue completado, al menos en este fragmento, por el excelente cuento Esa mujer, de Rodolfo Walsh. Quizás la conclusión y el fin del peronismo lleve el nombre de Kirchner.

¿La cultura peronista existe por el solo hecho de que un grupo de gente cree en su existencia? Una parte del gran Discépolo es anterior al peronismo, Cambalache, por ejemplo. ¿La cultura kirchnerista (la micro-historia del peronismo) existe porque así lo formularon algunos “pensadores”? Las culturas son en gran medida semejantes a las religiones porque ambas operan por sincretismo, negándose a abandonar fácilmente creencias adquiridas, pero manteniendo siempre, como el mismo lenguaje, su capacidad de renovación. En este sentido, hubo el esbozo de una cultura peronista, entendiendo por tal una forma específica de generar símbolos, vocablos y creencias.

Sin embargo, ¿por qué nunca se enunció siquiera el concepto de “cultura mitrista”, “cultura roquista”, “cultura yrigoyenista”, pero sí el de “cultura peronista”, el movimiento político que menos lazos tenía con la llamada “alta cultura”? ¿En su resonancia semántica la “cultura peronista” no se homologaba acaso a “cultura argentina”?¿La mentada “cultura peronista” (o kirchnerista) sólo puede ser unipersonal? ¿El reconocimiento de una conducción y la aceptación de la obediencia es el estatuto de la intelectualidad kirchnerista? Esta “cultura peronista”, siempre tendiente a ocupar todos los espacios de la sociedad, tuvo profundas repercusiones políticas.

Como puede comprobarse, hay una cultura política como una cultura musical, pero es muy difícil trazar el contorno de una cultura nacional. La misma se encuentra poblada de matices, como lo demuestran las diferentes modalidades de cada región. Es más fácil comprender las culturas si las asimilamos, al igual que la religiones, como capas sedimentarias que siempre conservan algo de lo superado.

No es casual que haya sido Malraux, el mismo que diagnosticara que Buenos Aires era “la capital de un imperio que no existió nunca”, el que completara la frase de Hegel diciendo que “los pueblos no sólo tienen los gobiernos que se merecen, sino los que se les parecen”. La tarea que muy pocos intelectuales han realizado es la de pensar la realidad de nuestro país en el contexto actual, libres de ideologemas y de lugares comunes; por supuesto, hay unas cuantas excepciones que se toman en serio la tarea de pensar con una mirada distinta, no condicionada por el poder político de turno, figuras que provienen de experiencias y trayectorias muy diferentes (bastarían, como ejemplo, los nombres de Luis Alberto Romero, Beatriz Sarlo, Jorge Bolívar y Alietto Guadagni, entre otros, para demostrarlo).

Nuestro drama es que hemos sido incapaces de suscitar objetivos comunes, una mínima idea de futuro realizable, incapaces de mirarnos a nosotros mismos bajo una óptica que no sea narcisista (o masoquista), y que simplemente esté basada en la serenidad. No tenemos el coraje de comprender que 84 años de declinación hablan de una férrea voluntad de maximizar los beneficios, en el corto plazo, a costa de un callejón sin salida como sociedad.

La “cultura peronista” es la pátina con que se pretende encubrir nuestra decadencia. Lamentablemente, gran parte de nuestra cultura deriva del Martín Fierro, pero no de su personaje principal, sino del Viejo Vizcacha.

*Escritor.

 

El minué del salón del libro de París

No habría que asombrarse del comportamiento que el gobierno tiene con esta nueva invitación internacional al país que dice dirigir para todos. La arbitrariedad ha sido la moneda corriente de su política. Esta actitud ha sido idéntica a la que tuvo cuando organizó el Congreso de la Lengua en Rosario, aunque es verdad que mucho más atenuada, o a la vergonzosa actuación del país en la Feria de Frankfurt, también como invitado especial, donde las fotos de Él y Ella eran más grandes que las de Borges. Frente a estos despropósitos, los alemanes le recordaron a Magdalena Faillace, encargada de la tarea, como lo había sido del Congreso citado, que se trataba de una Feria donde los protagonistas eran los escritores (y no el Che, Evita o Maradona).

Muchos escritores tienen razón de quejarse: varios de los invitados no están traducidos al francés. No hace falta ser muy perspicaz para comprender que en esta consustanciación entre gobierno y Estado, siempre quedan fuera del juego todos aquellos que no están dispuestos a una obediencia incondicional, a la propaganda o que no son suficientemente famosos para ser utilizados. Dicen que la selección de escritores ahora la hizo Coscia y no Faillace. Poco importa, aunque hay que reconocer que todavía no hemos llegado al punto en que el puesto de Coscia lo ocupe Luis D’Elía, nuestro fusilador, nuestro Goebbels.



Miguel Espejo