ELOBSERVADOR

La mirada del escritor que quería narrar el poder, no encarnarlo

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Cinco años faltaban para que los suecos le entregaran el Nobel. La dictadura de Videla cumplía su primer aniversario. García Márquez sobrevolaba el Atlántico cuando un sujeto, “con cautela de gato”, quiso saludarlo. Así, a diez mil pies de altura sobre el océano, el escritor conoció al clandestino Mario Firmenich. (Al menos esto es lo que el autor quiso que supiésemos sobre aquel encuentro. El ex montonero puede aún contarnos su
propia versión).

Charlaron dos horas. La entrevista fue publicada en italiano por la revista L’Espresso, en abril de 1977. Un diálogo –con pasajes premonitorios– en el que García Márquez no escatima adjetivos para narrar a su imprevisto contertulio: felino, calculador, arrogante, lírico, triunfalista, guerrero. Ante la mirada escéptica del periodista, el joven ilustra su alambicada alianza con la burguesía nacional y su proyecto de partido único. Hablan del cine, de los libros, de Aramburu, de la guerrilla urbana, de los hijos de un clandestino y, algo en solfa, de la única vez en que el líder montonero
arriesgó su vida. Impactado por las certezas monolíticas del argentino, el colombiano lo corre por izquierda, apurándolo con la figura del Che
Guevara.

Otros tantos montoneros saludarían a Gabo más tarde, ya en México. Buenos Aires había sido la cuna de su boom editorial, y el padre del realismo mágico intercedía por los desaparecidos de la Junta Militar.

Esa causa fue para García Márquez más fuerte que sus náuseas cuando tuvo que dedicarle a Emilio Massera un ejemplar de Cien años de soledad. Por entonces, se decía que el siniestro Almirante Cero se pavoneaba por la embajada argentina en París, donde estaría negociando su futuro político con el mismo Firmenich. La diplomática argentina Helena Holmberg pagaría con su vida por saber algo al respecto.

Gabo coqueteaba con los opuestos: era cabulero y de izquierdas; admiraba a Fidel Castro y flirteaba con el pretendido progresismo de Bill Clinton (lo apasionaba la diplomacia secreta, trabajando a destajo por el diálogo entre La Habana y la Casa Blanca). Pero no mezclaba la hacienda.

Cuando la catástrofe de Malvinas, fue claro: “Una causa justa en manos bastardas”. Ni su amado Fidel se había animado a tanto con nuestros militares, ocupado como estaba en mantener el veto de Buenos Aires a las condenas de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU contra Cuba.

En los 80 lo tentaron para la presidencia de Colombia. No quiso saber nada. Lo suyo era narrar el poder, no encarnarlo. Mucho había allí de su fascinación por los liderazgos carismáticos más que por las burocracias. En Fidel encontró lo más cercano al Aureliano Buendía de Macondo, arriesga su colega y compatriota Plinio Apuleyo Mendoza. No fue igual de efusivo con los liderazgos de Daniel Ortega o de Hugo Chávez, por ejemplo. Con Castro había “algo personal”, diría el Nano Serrat.

El otro Nobel, su archirrival peruano Mario Vargas Llosa –con quien Gabo se habría trompeado por la misma mujer–, no le perdona el apoyo al castrismo. Ambos narraron con maestría el caudillismo caribeño, en sendas novelas. “El genio literario no es sinónimo de lucidez política”, aludió Vargas, ex candidato a la presidencia del Perú. Quién sabe si Gabo, apoyándole un dedo sobre el esternón, no le hubiese rebatido con un lapidario “a las pruebas me remito”.



Matías Marini