ELOBSERVADOR EMIGRARON CON SUS FAMILIAS. VAN AL FRENTE EN GAZA O SON RESERVISTAS

Los jóvenes argentinos que pelean por Israel

Viven con sentimientos encontrados: defienden la causa, pero algunos tienen miedo de que los convoquen.

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Foto:Gentileza Alejandro Stivelman / Gentileza Nadav Manaker

Angustia, ansiedad, temor, empatía y un deseo enorme de llevar una vida normal y alcanzar la paz son los sentimientos que se mezclan entre miles y miles de jóvenes israelíes que se ven involucrados en los diferentes operativos que encara el Estado de Israel. Desde la infancia están inmersos en las problemáticas de Medio Oriente a través de las noticias, encuentros familiares y reuniones entre amigos. Al finalizar la secundaria, se enrolan en el servicio militar obligatorio y permanecen ahí, por tres años los hombres y dos las mujeres. Luego, la mayoría realiza un viaje por Latinoamérica o el Sudeste Asiático, y a los 22 o 23 años comienzan una carrera universitaria. En caso de guerra u operativo militar, muchos de ellos pueden ser llamados como reservistas y deben presentarse ante el aviso del ejército. Todos tienen al menos un conocido que participó de la incursión a la franja de Gaza; por lo tanto, la problemática no le es ajena a nadie.

Nadav Manaker tiene 23 años, es argentino y quiere estudiar Derecho. Su familia hizo aliyah (emigró) en 1994 y se instaló en Jerusalén. Al terminar el ejército, Nadav se mudó con su primo y un amigo a Tel Aviv. Durante la Tzavá –como se denomina al servicio militar obligatorio–, Nadav fue comandante de tanque y cuenta que tuvo que aprender a luchar con una máquina gigante. Volvía a su casa una o dos veces al mes. “Antes de entrar al ejército te hacen exámenes, te mandan una lista de opciones y vos elegís qué puesto querés. De repente tenés un arma, estás ahí, con 18 años y una responsabilidad grande. Tenés vida o muerte en tus manos, y no es un juego. Ahí te hacés amigos que quedan para toda la vida”, dice Manaker.

Ante la posibilidad de la creación de un Estado palestino, a Manaker le gustaría que los civiles tengan un gobierno que los proteja. No cree que Hamas sea bueno para ellos porque, según él, sólo fomenta la muerte y la guerra.

Su novia, Roni Farhi, tiene 22 años y estudia Administración y Comunicación. Durante el servicio militar estuvo en el área de inteligencia, y como le fue muy bien durante los dos años obligatorios, firmó para quedarse ocho meses más y convertirse en comandante.

Farhi cuenta: “En Tel Aviv podés hacer una vida normal, te sentís más seguro, pero yo siempre estoy preocupada por los que viven en el sur. Si suena la alarma, acá tenés un minuto y medio para llegar al refugio, mientras que en el sur tenés 15 segundos”.

Educar a los que vienen. Sebastián Ebram, también de 22 años, es argentino, se estableció en Israel en enero de este año y vive cerca de Haifa. Trabaja como madrijde (coordinador) de un grupo de niños sudamericanos y todavía no empezó una carrera universitaria porque tiene que mejorar el hebreo. Duda entre seguir Psicología o Educación. El año próximo tendrá que hacer seis meses de servicio militar porque es la obligación para inmigrantes de entre 22 y 25 años. A Israel vino solo. Su hermana ya vivía ahí, pero sus padres y amigos están en Argentina. “Mis papás están preocupados, pero yo les explico que los civiles no corremos riesgo. Intento no transmitirles miedo”, cuenta Ebram.

“Israel es un país muy lindo para vivir, con buenas universidades, y es un desafío encontrarme con un idioma nuevo, una idiosincrasia totalmente distinta. Por otro lado, me gusta mucho poder estar cómodo como judío: puedo usar una remera en hebreo o una kipá por la calle y nadie me mira raro”, dice Ebram. Cuenta, además, que en Israel el sentimiento es que todos están con los soldados. La gente va a la frontera con Gaza para animarlos y lleva donaciones básicas, como calzoncillos, medias o pizza. El llevó a un grupo de niños a una base militar para que los jóvenes vieran gente que no hablara de guerra y les sonriera.

Convicción. Alejandro Stivelman, de 25 años, vive en Ra’anana, una ciudad que concentra a miles de argentinos. A los diez años dejó Buenos Aires para hacer aliyah con su familia. Al finalizar el servicio militar viajó de Canadá a Tierra del Fuego, y ahora estudia Ciencias de la Computación. Lo llamaron como reservista y se desempeñó como comandante de tanque durante 32 días en la Franja de Gaza. Stivelman dice: “Los terroristas me arruinaron el semestre y ahora estoy recuperando los exámenes.”

En 2009, Stivelman estuvo cuatro meses en Gaza y cuenta que todos los días entraban 500 camiones de ayuda humanitaria israelí con comida, remedios, agua y cemento. “Este año fue mucho más serio. Mis compañeros y yo nos encargábamos de la seguridad de los kibutzim (comunidades agrícolas) de la zona israelí. A la noche nos acercábamos más a la reja y nos turnábamos para vigilar dos horas cada uno”, explica Stivelman. Agrega, además, que el ejército no es sólo guerra, entrenamiento y disparos. Aclara: “Nos dan muchas clases, te abren la mente y aprendés mucho. Cada domingo antes de volver a la base me llevaban a un lugar de Israel: un museo, una montaña, una vista, un parque de diversiones. Es un ejército muy humano”.

Patria vs. temor. La voz de las mujeres en medio del conflicto se tiñe de un color muy particular. No encaran la guerra de la misma manera que los hombres. Lital Avizrat tiene 26 años, trabaja como oficial de seguridad en un hotel y vive sola en un departamento en Ramat Gan. Aprendió español de niña con las novelas y las películas argentinas. Durante el servicio militar se desempeñó en el área de policía, y luego estudió pastelería. “Por ahora no me llamaron como reservista, pero me pueden pedir que vaya a ayudarlos. Mis primos están en Gaza. Es muy difícil vivir así, pero no tenemos otra opción. No podemos dejar el país, tenemos que defenderlo”, cuenta Avizrat.

Antes de 2005, Lital y su familia vivían en Gush Katif, una región en el sur de la Franja de Gaza. En agosto de ese año, el gobierno de Ariel Sharon evacuó a la población judía y el territorio fue transferido al gobierno autónomo palestino. Avizrat dice: “Mi familia tuvo que mudarse y empezar de nuevo. Hace cinco meses terminaron de construir una casa, y ahora viven con las alarmas que suenan todos los días”.

Mientras Lital cuenta su historia, se entera de que una alarma suena en otra ciudad y se precipita a ver cómo está su familia. Ella intenta que la situación no detenga su vida, pero admite que en el último mes la mayor parte del tiempo estuvo en su casa pendiente de las noticias. “Deseo que se termine el conflicto, que mi familia pueda ir a la playa, a la pileta y estar tranquila”, dice Avizrat.

La misma, pero con otro sentimiento de por medio, es la historia de Silvia, que pidió reserva de su apellido por cuidar a su hijo del medio, Itai, de 21 años, que está en pleno servicio militar y fue llamado para ir a Gaza. Pertenece a un regimiento electivo: el de paracaidistas. “Nadie lo obligó a tomar ese puesto, pero él es muy patriota”, se resigna.

“Nos criaron en un país donde ‘militar’ es mala palabra. Pero acá, sin el ejército no existiríamos porque los vecinos de alrededor nos quieren eliminar”, dice Silvia. Cuenta que antes de entrar a Gaza, los comandantes les dicen a los soldados que no disparen a menos que estén seguros de que quien tienen adelante es un terrorista, y advierten que los dirigentes de Hamas usan uniformes del ejército israelí. Silvia agrega que su hijo pensaba cincuenta veces antes de disparar. “Vivo la situación con preocupación y culpa porque yo elegí vivir en este país. Mi marido tomaba pastillas para dormir. Yo me despertaba a la mitad de la noche. Para que pasara el tiempo íbamos a trabajar. Escuchábamos las noticias, estábamos conectados con los padres del pelotón de mi hijo a través de WhatsApp y una asistente social se encargaba de contarnos cómo estaban los chicos”, dice.

“Cuando empezaron la operación, Itai nos mandó un mensaje de WhatsApp para avisarnos que ya no podía usar el teléfono. Después de una semana, volvieron a territorio israelí por un día para refrescarse, cambiarse y comer mejor. El le pidió un teléfono prestado a un chofer para avisar que estaba bien. Hasta que no terminó la operación no volvió a casa”, dice Silvia, y cuenta que a su regreso estaban todos los amigos esperándolo.

 

Un pueblo fragmentado entre Gaza, Cisjordania y Jerusalén

“En Medio Oriente existen cuatro dicotomías: musulmanes y no musulmanes; árabes y no árabes; chiitas y sunitas; radicales islámicos y laicos nacionalistas. Dentro de los palestinos se enfrenta el punto cuatro”, explica Marcelo Kisilevski, periodista y docente argentino que vive en Israel desde 1992. El pueblo palestino se encuentra fragmentado en Gaza, Cisjordania y Jerusalén del este. Entre estos territorios hay importantes diferencias.

En Cisjordania el partido hegemónico es el Fatah y está presidido por Mahmud Abbas. Esta organización política-militar fue fundada por Yasser Arafat y tiene una tendencia laica nacionalista que pretende crear dos Estados para dos pueblos. Este objetivo le permitiría la pacificación, el desarrollo económico y recibir ayuda norteamericana.

Por otro lado, en Gaza domina Hamas, que es el brazo palestino de los Hermanos Musulmanes egipcios y representa al islam radical. Ellos creen en un solo Estado y pretenden eliminar a Israel como entidad política estatal.

“El Fatah lucha con confrontación no violenta con Israel, es decir, intenta negociar y presionar para la liberación de presos palestinos. Además, existe una estrecha colaboración entre la autoridad palestina y el ejército israelí porque ambos quieren evitar el terrorismo. En cambio, Hamas responde a la Yihad, guerra santa, y acude a la lucha armada. Su forma de gobierno es el terror físico y económico”, explica Kisilevski. “Cisjordania tiene una economía más productiva, y muchas empresas israelíes se radican allí. En Gaza sólo entra dinero de beneficencia”.

 

Estado de alerta, una constante para locales y visitantes

El aporte “Red Alert” fue lo que leí en la pantalla de mi celular luego de escuchar cómo detonaba un misil que provenía de Gaza y no impactó en Tel Aviv gracias a la cúpula de hierro. Mientras caminaba por el Shuk de la ciudad, todo pareció detenerse por un segundo, pero luego la gente retomaba las compras con normalidad. Yo misma continué con mi caminata como si nada hubiese pasado.

Durante mi estadía en Israel, el lanzamiento de misiles por un lado y el bombardeo por el otro fueron una constante. Mi viaje tenía por objetivo conocer distintas organizaciones sociales y referentes del voluntariado. Pude descubrir un alto nivel de desarrollo solidario de la sociedad israelí en diferentes campos: salud, alimentación, paz, igualdad. Fui en el marco de un grupo de 32 jóvenes argentinos que también se dedican al voluntariado y buscaban intercambiar experiencias.

Me habían contado que un Shabbat en el muro de los lamentos era una fiesta, donde la gente se reunía a cantar y bailar. A mí me tocó vivir uno totalmente triste: se podía sentir el deseo de paz y la angustia por las muertes de jóvenes.

De todos modos, me encontré con una sociedad optimista y cálida. Donde la mayoría se mostró dispuesta a ayudar. Ariel Cohen, el guía de mi grupo, me contó que sus padres eran argentinos y llegaron a Israel en 1946 con la idea de crear un Estado, que él estaba dispuesto a defender. El fue quien me dejó este mensaje: “El pueblo judío convive con dolor y alegría. Buscamos caminos para mejorar la vida de todos”.



Florencia Tuchin