ELOBSERVADOR ¿CONFLICTO RELIGIOSO O POLITICO?

Medio Oriente y la doble cara de la barbarie

Un análisis de la responsabilidad de Occidente en la consolidación del fundamentalismo en la región medioriental. Desde Khomeini hasta Estado Islámico, todos se fortalecieron como respuesta a políticas europeas o estadounidenses.

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El medieval asesinato del periodista estadounidense James Foley, a manos de un militante del Califato, o Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS, por sus siglas en inglés), no resulta esencialmente distinto de los modernos asesinatos estadounidenses-europeos en Irak y tantos otros sitios y momentos de la historia (los latinoamericanos sabemos algo de eso), o de los del Estado de Israel en Gaza.

Ocurre que en Medio Oriente unos y otros tienen, si no justificación, al menos explicación. Si ahora resulta difícil establecer un orden de atrocidad entre el nazismo y los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, o entre los crímenes del estalinismo y los del napalm en Vietnam, en el futuro se presentará el mismo problema moral para jerarquizar sistemáticos atentados del extremismo islamista en ciudades occidentales y bombardeos occidental-israelíes de exterminio; una evolución posible, tal como están hoy las cosas. El asesino de Foley es británico y “los expertos europeos calculan que hay por lo menos 1.900 combatientes europeos en los movimientos yihadistas (…) dispuestos a lanzar una guerra santa en el Viejo Continente” (La Nación, 22/8/14). Del otro lado, el papa Francisco afirmó que “es lícito parar al agresor injusto”. Razonable, pero el problema es saber qué medios serán necesarios para ese fin. Al cabo, se dirá una vez más que la guerra es así; que cada uno pelea con lo que tiene.

¿Conflicto religioso? El Califato ocupa ya la tercera parte del territorio sirio y la cuarta del de Irak. La organización que lo sustenta surgió en 2003 para enfrentar a la segunda invasión estadounidense de Irak. Próxima a Al Qaeda, era conocida entonces como Yama’at al-Tawhid wal-Yihad, y la dirigía un tal Abu Musab al Zarquaui. Después de cortar los lazos con Al Qaeda y al proclamar en 2014 el Califato, su actual líder, Abu Bakr al-Baghdadi, se autoproclamó “Califa de todos los musulmanes”. El ISIS es financiado, entre otros, por Arabia Saudí, principal aliado de Estados Unidos en la región (!), y Qatar.

O sea que hasta el asesinato de Osama bin Laden por un comando estadounidense, el protagonista había sido Al Qaeda. Hoy, es el ISIS; mañana, quién sabe. Lo que sí se sabe es que el terror, si cabe, se radicaliza; se consolida y expande. La justificación es religiosa: quienes no adhieran a la particular interpretación sunita-salafista del Corán por el ISIS son herejes, de modo que entre sus enemigos está la mayoría de islamistas y los infieles judíos, cristianos, protestantes, ateos, agnósticos, etc. Todos merecen la muerte.

Se ha dicho en esta columna: “(…) a la razón occidental, que viene librando desde hace siglos una batalla frente al cristianismo y el judaísmo, se le ha abierto un nuevo frente de combate. Puesto que en la lectura de los libros sagrados de cualquiera de las tres grandes religiones monoteístas todo depende de sus intérpretes (basta ver las diferencias de enfoque que van desde el integrismo hasta la Teología de la Liberación en el catolicismo), la influencia política de una u otra perspectiva depende de las necesidades de la hora. ‘El islam puede ser tan capaz de belleza y caridad como de violencia y de guerra. Todo depende de quien lo interpreta’ (Malek Chebel, L’Islam et la raison, Tempus, París, 2006). ¿Acaso no ocurre exactamente lo mismo con el Antiguo y el Nuevo Testamento?” (http://www.perfil.com/ediciones/elobservador/20129-714-0083.html).
La negativa del Estado de Israel a permitir un Estado palestino se basa esencialmente en las mismas “razones” (ver recuadro).

¿O es la política y los intereses de Occidente? No hay espacio aquí para remontarnos al secreto Acuerdo Sikes-Picot de 1916 entre Gran Bretaña y Francia para dividirse los territorios de Oriente Próximo al cabo de la guerra 1914/18 y sus consecuencias posteriores en toda la región. Más recientemente, “se olvida con ligereza que la inestabilidad regional sistemática actual si no empezó, se agudizó en Irán (…) la intromisión de Inglaterra y Estados Unidos, ansiosos por apropiarse de su petróleo y mantenerlo lejos del vecino comunista. En 1953, el gobierno democrático y nacionalista moderado (había nacionalizado el petróleo e impulsado una reforma agraria) de Mohammad Mosaddegh fue derrocado por un golpe de Estado organizado y financiado por la CIA y los servicios británicos. El sha Mohammad Reza Pahlevi desencadenó una implacable represión contra la izquierda, los nacionalistas y algunos líderes religiosos y, en ‘déspota ilustrado’, inició la ‘modernización’ de Irán. En rigor, una occidentalización capitalista salvaje que acentuó las desigualdades y debilitó o destruyó las redes y mecanismos familiares y religiosos tradicionales, sin reemplazarlos por los sistemas de protección social occidentales”.

Este capitalismo arcaico que los países desarrollados de capitalismo moderno aplican a los demás, desembocó en 1979 en la “revolución islámica” del ayatollah Khomeini, el primer régimen fundamentalista abierta y activamente antioccidental en un gran país petrolero. Luego vinieron las dos invasiones occidentales a Irak, basadas en falsedades ampliamente comprobadas, que provocaron miles de víctimas y el caos en el país. Antes, Occidente había cerrado los ojos ante el empleo de armas químicas contra Irán por su todavía aliado, el sátrapa iraquí Saddam Hussein (http://www.perfil.com/columnistas/El-fracaso-de-Occidente-20130907-0063.html).

Luego de los atentados terroristas del 7 de julio de 2005, Ken Livingstone, alcalde laborista de Londres, ya citado aquí, resumió así el problema: “Si Occidente hubiese dejado a los países árabes en libertad de tomar sus propias decisiones (...) hemos sostenido a gobiernos muy poco recomendables y hemos derrocado a otros que no considerábamos simpáticos (...) Si hubiésemos hecho aquello que habíamos prometido a los árabes, es decir, dejarlos en libertad de tener sus propios gobiernos y nos hubiésemos quedado al margen de sus asuntos, simplemente comprando su petróleo (...) pienso que esto no hubiese ocurrido”.

 

Los judíos y el Estado de Israel

La cultura judía ha marcado como pocas los mayores logros de la evolución civilizatoria; en las ciencias y artes; en las aspiraciones de libertad, igualdad y progreso; de convivencia. Moisés, Jesucristo, Spinoza, Montaigne, Marx, Einstein, Kafka, Freud. Ese aporte es medular porque es universal. La única cultura que se ha asentado y mantenido en casi toda la tierra sin un centro, como el universo mismo, hasta la creación del Estado de Israel en 1948. Desde entonces, los judíos tienen un centro geográfico moderno y democrático, aunque impregnado de religión. El escritor israelí Gideon Levy –y no es el único– opina que el país es una “semiteocracia”: “Entre Estocolmo y Teherán, el Israel de 2009, con sus muchas atribuciones religiosas, está más cerca de Teherán”, escribió.

Los acontecimientos posteriores a la fundación del Estado contribuyeron para que el poder acabase en manos del ejército y de la derecha política, aliada al fundamentalismo judío. A Yitzhak Rabin, jefe del Estado Mayor del Ejército de Israel; primer ministro y Premio Nobel de la Paz, no lo asesinó en 1994 un islamista, sino un estudiante judío extremista perteneciente a la derecha radical israelí y opuesto a sus ideas de entregar territorios a cambio de la paz. El actual primer ministro Benjamin Netanyahu, su canciller Avigdor Lieberman y una mayoría de la sociedad israelí también se oponen a esas ideas.

Si el Estado de Israel y los judíos “reales” no abandonan el mito de la Tierra Prometida en el que fundan toda su estrategia de aprovechar o crear cualquier oportunidad para desplazar a los palestinos; si en definitiva no dan esa prueba de superioridad civilizatoria –que es al fin y al cabo la de Occidente– ofreciendo un Estado y una paz justa a los palestinos, se habrán traicionado a sí mismos, renunciado a sus mejores tradiciones y a los principios fundamentales de su cultura.

La abrumadora mayoría de las acusaciones que hoy se hacen al Estado de Israel –suscritas por muchísimos judíos en el mundo, que sin embargo, lo defienden como tal– no está dictada por el antisemitismo, sino por las injusticias y atrocidades que ese Estado comete, aun en su propia defensa, y por los fines colonizadores que persigue.

La gran cultura judía zozobra en Israel ante el miedo y los mitos religiosos.

Ver el tema en detalle en: http://www.taringa.net/posts/noticias/2297246/Lo-judío-y-el-Estado-de-Israel---Informe-Diplo-I---Febrero0.html

 

* Periodista y escritor.



Carlos Gabetta