ELOBSERVADOR JON LEE ANDERSON

“Mientras Trump siga en el poder, el periodismo estará en peligro”

El escritor y periodista, principal biógrafo del Che habló con PERFIL sobre dos grietas: la que separa a los intelectuales y medios norteamericanos con su presidente, y la argentina que, a su juicio, revela cierta precariedad en la discusión política.

Opuestos. Para Jon Lee Anderson, el rol del periodismo es el de ejercer una oposición al poder, desde informar lo fáctico a aportar una reflexión argumentada.
Opuestos. Para Jon Lee Anderson, el rol del periodismo es el de ejercer una oposición al poder, desde informar lo fáctico a aportar una reflexión argumentada. Foto:afp

Jon Lee Anderson es un periodista norteamericano, uno de los biógrafos de Ernesto “Che” Guevara, renombrado por sus crónicas de guerra. A través de su escritura retrató las vísceras del ambiente socio-político en diferentes países. PERFIL conversó con él para analizar la situación del periodismo en un contexto de tensiones políticas y su visión a futuro. Habla de Trump, de nuevas narrativas, periodismo y política. Dice que los dogmatismos provocan oscurantismos racionales y que la política también se duerme al atacar a la prensa. Vislumbra un profundo cambio social donde la punta de lanza es el periodismo narrativo. Explica por qué el Che Guevara prohibió la libertad de información y su relación con Fidel. Finalmente observa la rareza de una Argentina destacada por su nivel intelectual, pero incapaz de tomar decisiones judiciales y políticas para revelar la identidad de los asesinos de Maldonado, Nisman, Menem Junior y el número de desaparecidos en los 70. Y remata viendo que con Trump, EE.UU. ya tiene problemas similares a América Latina. Es un hombre de su tiempo, fáctico y sensible. Camina con los ojos abiertos.

—¿Cómo es hacer periodismo en la era Trump?

—Como siempre: con rigor, honestidad, investigaciones sobre bases fácticas, mejores fundamentos y manteniendo nuestra función social, con la responsabilidad de fortalecer un Estado de derecho en un ambiente democrático. Ser conscientes de que mientras siga ahí, estamos en crisis. Todo está en jaque. Es un autoritario. Los medios arman equipos de investigación y cada vez más periodistas empiezan a preguntarle por lo fáctico para terminar con el “síndrome de Palacio” en la Casa Blanca. Terminar con los chismes como datos en los pasillos por un pacto implícito de autocensura entre gobierno y periodistas inermes. Muchos se dieron cuenta y empiezan a hacer su deber: preguntar cara a cara. Esos periodistas tienen mi respeto.   

—En una entrevista usted afirmó: “El gran problema es que la gente construye barreras entre sí. Yo tengo una misión en periodismo: intentar quebrar eso”. ¿Cómo analiza la grieta norteamericana entre periodismo y política?

—La grieta se produjo porque Trump lo percibe así. El no puede ver ni diferenciar la distancia saludable de otros, que hacen su tarea sin rendirle cuentas. Entonces actúa como un autócrata y nos apunta como enemigos, nos echa la culpa a los periodistas de todo lo que ocurre. Una hostilidad nunca ocurrida. Obama no daba entrevistas, pero era una brecha saludable dentro del ejercicio de la democracia. Hoy las redacciones de los medios en EE.UU. tienen un fin en común: sobrevivir y sacarlo de Palacio.

—¿Hay similitudes entre EE.UU. y Argentina, en las tensiones de periodismo y política?

—Eso no me consta. La polarización no ayudó a la democracia. El sectarismo de grupos políticos y mediáticos no mejoró al país. Se tiene que reconstruir el tejido social a partir de un respeto mutuo, aceptable para los ciudadanos. Hace falta diálogo para solucionar problemas.

—¿Cómo ve al periodismo en el contexto de las nuevas narrativas? ¿Es una transición para repensar bases periodísticas o el periodismo está yendo al matadero?

—La tendencia multimedial va a mantenerse, los comportamientos cambian con las redes sociales, nuevas apps y nuevos medios. Es una transición en los formatos de contenidos y en lo tecnológico. Estamos ante un cambio social muy fuerte. Algunos comparan este tiempo con los inicios de la imprenta o la televisión, pero es más profundo. Veo en el periodismo narrativo una posibilidad de gran resurgimiento y transformación. Aun en un contexto de infotainment, lo narrativo dará sentido a los cambios. América Latina es un caso. Hay impresos, digitales o podcast con cronistas que asumen las tecnologías como parte de la profesión y no como una separación. Hay documentales que llevan lo más fuerte del periodismo a múltiples públicos. Lo narrativo no es exclusivo de la palabra impresa. Es radial, televisiva y digital. El periodismo no muere. Este tiempo parece confuso porque es el boom de ese proceso. En hispanoamérica se nota un gusto y una euforia muy prometedora. Aunque no tenga mucho afincamiento económico todavía. Los que somos periodistas nos enamoramos de la narrativa y tenemos el deseo de vivir de manera creativa, no por dinero. Muchos harían periodismo aun muertos de hambre. Y eso también es la profesión. Entonces estoy esperanzado. Aunque haya implosión de espacios públicos socavando el espacio periodístico, hay nuevos gérmenes innovadores. La herramienta de expresión es importante si es creativa e informativa, honesta e innovadora, para interpretar la realidad de la mejor manera y dirigida a la mayor población posible.

—­Hablemos del Che. Hay ideas de un Guevara místico que prefirió morir antes de negociar ideas que no encajaban con sus ideales. ¿Cree que hubo un acuerdo entre Castro y Guevara antes de que lo mataran?

—El caso no fue tan místico ni tan pragmático. Es obvio que hubo un pacto. Che era radical, drástico, sin términos medios ni tacto, y rompió sables con los rusos en Argelia en un discurso delante de todo el mundo. Eso era un inconveniente, los soviéticos subvencionaban su administración. Che no decide matarse, pero no aguantó más. Entonces vuelve a Cuba, tienen esa larga reunión a solas, deja sus ministerios y viaja al Congo con la ayuda de Fidel. Vuelve y viaja a Bolivia también con ayuda de Fidel, hasta un límite donde se le fue la lengua. Fidel lo conocía bien. No lo traicionó. Fue un “you are on your own” (estás por tu cuenta). Hasta donde pudo le dio soporte y auxiliares. Che no era James Bond. No era todo perfecto. Era temerario en batalla y en política; no diplomático. En el monte fue muy difícil como líder de hombres, intentó liderar con su propio ejemplo, con un asceticismo y sacrificio propio de él, pero no de los demás. Fidel supo contenerlo, pero cuando estuvo solo le faltó Fidel.

—Hace tiempo usted señaló que Che “fue partícipe y protagonista del cierre de la libertad de información”. Se fue a Guatemala diciendo que “la prensa era algo que se debía controlar”, en un contexto donde “se había convertido al dogma marxista” y “cerrado” al mundo, que ya “no miró más”. ¿Por qué llegó a cultivar esas ideas?

—El era joven, muy idealista, con la noción de destino heroico, altísimo grado de indignación social y quería dejar una huella en el mundo. Sumado a Guatemala: encontró un régimen político que se dejó derribar por paramilitares financiados por la CIA. Fue una desazón ver un gobierno blandengue mediocre, incapaz de armar a una juventud dispuesta a defenderlo. Vio a los periódicos, tamboristas de paramilitares. Y salió de ahí viendo las cosas muy blanco o negro: los yanquis son enemigos de la humanidad, la lucha armada es la única forma de lograr una revolución, nada de medios diplomáticos; los comunistas son los únicos firmes; la clase burguesa está corrompida y es corrompible. Eso incluía a la clase empresarial y mediática, que era un sector pequeño. Una época muy draconiana. Pudo argumentar esas ideas, implementarlas y convencer a Fidel, a veces.

Pero el comportamiento de la revolución después del triunfo tenía políticas paralelas. Había pragmatismo, Fidel dejó enquistar ideas radicales de manera encubierta, pero eligió a un juez conservador como primer presidente.

Hizo la pantalla de un régimen liberal burgués, mientras cocinaba la revolución. Fidel era hábil y diestro en camuflarse, en camuflar sus ideas. Empezó a madurar a partir de sus propias experiencias y cuando la muerte lo sorprendió en Bolivia estaba en ese proceso, dándose cuenta de que había habido muros de contención y que sus ideales no lo habían llevado adonde él hubiera querido.

Argentina: sofisticación intelectual que, sin embargo, no resuelve los grandes temas

—¿Cómo ve a la Argentina de hoy?

—Es preocupante en una sociedad otrora sofisticada, con una vida intelectual y un sistema educativo todavía muy respetado. Argentina no es Paraguay, la situación es diferente. Aquí los pobres no empujan la polarización. Es una parte de la clase media y alta; una ceguera. Sigue el pasado, las etapas no se resuelven, no se toman decisiones desde el fuero judicial ni la sociedad política. Sigue sin saber cuántos desaparecidos hubo en los 70 ni quiénes mataron a Maldonado, Nisman, Menem Jr. o qué paso exactamente con Yabrán. Coincido con la idea de mirar a la sociedad desde ahí. Demuestra una debilidad política para resolver y cumplir un papel aglutinador social. La teoría conspirativa como arma política de polarización oscurece lo político y el pensamiento; los discursos se hacen oscurantistas. Los sectarismos son propios de una sociedad que no entiende lo que ocurre. Una nube no permite ver lo que pasa al lado de su casa.

“Es un fenómeno en las Américas, la conspiración a JFK, los ovnis, la tierra plana. Con Trump la superioridad terminó. El Norte ya tiene problemas típicos de las Américas. Hay que incluirlo en el continente”, concluyó Anderson, quien integró un ciclo de pensadores contemporáneos de distintos países, organizado por el área de cultura de Fundación OSDE.