ELOBSERVADOR TREINTA AÑOS DE DECADENCIA

No educar es un lujo costoso en un país en vías de desarrollo

De otro lado de la polémica, la autora cuestiona el método de la protesta. Y recuerda un hecho significativo: en muchas escuelas privadas, con sueldos similares, sí se inicia la actividad.

Hoy algunas mochilas, útiles y guardapolvos esperan junto a sus pequeños dueños, los chicos, si las clases empiezan o no. Digo algunos, por no decir lamentablemente siempre los mismos, porque algunos útiles y mochilas ya empezaron a moverse o lo harán el lunes, junto a sus dueños y sus maestros. Qué paradoja. No puedo dejar de comenzar con esta escena porque lamentablemente es real. Una vez más la misma lamentable historia: colegios públicos de paro y privados con clases. Se repite cada febrero y marzo, cada comienzo de clases desde hace muchos años.

 Desde el 6 de febrero se informó sobre la primera reunión entre los gremios y el Gobierno en la provincia de Buenos Aires. Muchos nos ilusionamos con que lograran revertir años de la misma lamentable historia. Pero no, aquí estamos frente a más de lo mismo. Y es preciso expresar una opinión sobre este tema. Sin juzgar la legalidad de una medida constitucional, personalmente rechazo que la protesta sea a través de un paro. No sólo hoy, sino siempre. Es inmoral tomar a los educandos como rehenes de una situación.
Maltrato. Nuestra educación viene siendo dañada desde los años 90 hasta aquí. Cabría preguntarse a quién le conviene que sea de esta forma. Más allá de viejas conjeturas, la respuesta es: a nadie. El Estado debe hacerse cargo de establecer sus principios educativos, no sólo en palabras que puedan resultarnos reconfortantes (como por ejemplo la frase “la educación une”), sino que debe convertirlas en hechos concretos, a través de una política educativa de Estado y no partidaria. Debe otorgar el mejor fondo económico de que disponga para recomponerla, no sólo en mejores y más dignos salarios, sino en capacitación, en exigencia, convertirla en auténtica prioridad. Con derechos cumplidos pero también a través de obligaciones que también deben respetarse.

Los ciudadanos comunes, los padres, por ejemplo, deben asumir el valor que tiene la educación de sus hijos, y no sólo a través de la cómoda aunque costosa tranquilidad de mandarlos a un colegio privado. Es verdad, allí no hay paro. ¿Por qué se cree que ahí no los hay? ¿Los docentes de los colegios privados son carneros? De ninguna manera. En su gran mayoría cobran lo mismo que el docente estatal. Pero sucede que en ese ámbito hay “alguien” a quien dar la cara, con el cual uno se compromete o no. Alguien responsable que lidere y defienda los derechos de sus docentes, pero también estimule el cumplimiento de la primera condición que es dar clase al alumno. Es hora de que la escuela estatal también tenga esto en sus directores y supervisores. El Estado debe estar representado por ellos a través de roles de auténtica autoridad.

El ministro Alejandro Finocchiaro dice que “tenemos un sindicalismo que atrasa”. Sí, hace años. Son personajes a los cuales no habría que dedicarles ni tiempo ni espacio para criticarlos. Sin duda, no representan a la mayoría de docentes que tenemos, muchos de los cuales son excelentes y siguen queriendo capacitarse. Seguramente algunos estén pensando este mismo fin de semana: “Yo empezaría pero…. si dicen que hay paro, debo acatarlo”. Como también es penoso el lugar de aquellos que van a trabajar y son mal considerados por hacerlo. Todos sufren diversas formas de manipulación y se dejan representar por quienes no lo merecen.

La docencia es una profesión fundamental y fundacional. Los docentes esperan volver a tener jerarquía, una palabra mal valorada y que, sin embargo, implica tanto. La sociedad desea mejor educación, pero en las últimas encuestas los padres indican que se consideran conformes con la escuela de sus hijos. Asimismo, un mundo laboral cada vez más complejo y con mayores problemáticas por falta de formación convive con una cantidad de jóvenes a la deriva sin terminar la escuela secundaria. ¿Es esto o no una emergencia educativa nacional con la que venimos conniviendo? Un día, dos días o apenas minutos siguen siendo demasiada pérdida para nuestra devastada educación. Pensemos todos, porque a todos nos corresponde una parte de responsabilidad, en qué lugar de honor queremos ubicar definitivamente a la educación. El paro no es un buen principio de solución en este contexto. Porque la jerarquía es justamente establecer un orden, una organización en la que todos los elementos de un sistema social son ubicados. Jerarquizar la educación no sólo es función del Gobierno, sino de los sindicatos, de las agrupaciones políticas y civiles y, muy por encima, de los ciudadanos.

Hubo en estos días un buen síntoma: los voluntarios que se ofrecieron a ir a las escuelas. No obstante, no cubren las expectativas para crear esa comunión única que se gesta entre el maestro y sus alumnos. No cualquiera puede ser docente y entender lo que la tarea implica. Se puede aprovechar este impulso ciudadano y transformarlo en reflexión: muchas personas están cansadas de ver este panorama cada año. Que lo manifiesten es de por sí saludable.
Hace falta que dejemos de ser espectadores de este juego de poder. Es preciso que el Gobierno brinde sus mejores fondos, incluso que decida, a pesar del posible costo político sin dejar de hacer frente al obstáculo de un sindicalismo antiguo.
Es momento de volver a construir la confianza perdida en el vínculo entre las instituciones y los organismos estatales. Y no es el paro lo que devuelve jerarquía, sea cual fuere su resultado.
Los maestros son artífices esenciales en el proceso de jerarquización de la educación. Su sentir define qué lugar le dan a su profesión: su sentido. El reconocimiento a su tarea debe empezar por ellos mismos para lograr el reconocimiento social, tan merecido y esperado. Volver a percibir que ser maestros es un honor.

*Escritora y docente.

Adriana Perez Saavedra