ELOBSERVADOR JUEZ PEDRO DAVID


“No es lo mismo el arrepentido real que el mediático”

Fue uno de los colaboradores más estrechos del juez Giovanni Falcone contra la mafia y hoy es uno de los principales asesores del Senado en la materia. El juez de la Cámara de Casación Penal sostiene la necesidad de una justicia global.

David y Borges. Un cuadro con una imagen del escritor en la casa del juez: ambos hablaron en otros tiempos sobre Justicia y medios.
David y Borges. Un cuadro con una imagen del escritor en la casa del juez: ambos hablaron en otros tiempos sobre Justicia y medios.
Foto:Nestor Grassi
Esta semana, el Senado dio media sanción a la ley de flagrancia y a la del arrepentido. Allí, entre otras ideas, se habla de “colaboradores eficaces”, en vez de, precisamente, arrepentido. El nombre viene de la lucha en Italia contra la cosa nostra, especialmente del vínculo entre cosa nostra y narcotráfico. En tal gesta, fue clave el rol del juez Giovanni Falcone. Uno de sus asesores entonces fue también asesor del Senado hoy. Se trata de juez Pedro David, quien, además de contar con un extensísimo currículum, es juez de Casación Penal en la Justicia porteña, ex miembro del Grupo de Cinco Expertos, nombrado por el secretario general de la ONU para evaluar el funcionamiento judicial del Tribunal Penal Criminal Internacional de la Ex Yugoslavia y de Rwanda (en La Haya, 1999) y director de la nueva Maestría en Derecho Penal y Justicia Internacional, de la Universidad Kennedy. Para él, el tema se inserta, precisamente, en una cuestión global: narcotráfico, lavado de dinero y terrorismo son temas con vasos comunicantes e intercomunicados.

“En Italia –explica David– no se habla de testigos, sino de colaboradores de justicia por razones históricas, pragmáticas y jurídicas. En la actualidad, el aspirante a colaborador tiene que indicar puntualmente los temas por los cuales está en condiciones de efectuar colaboraciones importantes y trascendentes”.

—¿Qué piensa cuando ve en la televisión a alguien que se presenta como arrepentido?
—Pienso en Jorge Luis Borges. Hablé bastantes veces con él y compartimos espacios universitarios. El tenía una mirada sobre el tema de los medios muy particular. Incluso escribió sobre el tema: para Borges, a veces da la sensación de que los medios van de una manera, y la vida es de otra. Nosotros tenemos que tener particular cuidado con la definición de lo que es un arrepentido, estar muy seguros de que la información que nos brinda es fidedigna y que no se trata de una manera para salvarse. El mundo, y la justicia global, tiene una manera de comprender la cuestión, que se fue forjando a lo largo del tiempo.

—¿Se relacionan las distintas maneras del delito a nivel global? ¿Se puede trazar una línea que va desde el narcotráfico hasta los derechos humanos?
—Le puedo dar un caso concreto. Cuando yo empecé en estos temas, era profesor en una ciudad de Nuevo México. Ibamos habitualmente a Ciudad Juárez, porque nos parecía saludable, de disfrutar de espíritu provinciano, muy mexicano y agradable. Hoy, Ciudad Juárez es el lugar con mayor cantidad de femicidios en el mundo. Está todo muy unido.
 
Narcotrágico. ¿Tiene solución el tema del narco? O, como sucede en el teatro clásico, ¿estamos en el orden de lo que se puede cambiar? Pedro David vivió en esa zona en los 80. Desde entonces, no sólo cambió México –“el poder de los carteles es uno de los mayores peligros, dentro del marco del delito internacional”–, sino también Argentina. Los carteles llegaron hasta el país. Por eso, es preciso, a su juicio, establecer reglas del juego globales para prevenir delitos.

—Los especialistas en pobreza suelen decir que es muy difícil detener al narco, cuando los jóvenes de los asentamientos ven que quienes se dedican a esto progresan mucho más rápido que quienes estudian o trabajan.
—El gran desafío es del conjunto de la sociedad. Tenemos que transformar al otro en un “tú”, para llegar al “nosotros”. Hay que movilizar a toda la sociedad y, al mismo tiempo, tomar medidas concretas. Hay que transformar la vida en esas zonas, tal como pasa en otros países. En Japón, en cada barrio, en cada pueblo, los policías tienen su propia casa. Y así, comparten espacios con la comunidad. Tienen guarderías que comparten con los chicos. Si a alguien se le quema una lamparita, muchas veces es el policía del barrio quien se la cambia. Lo mismo, si hay una presencia extraña. No se trata de crear una sociedad de vigilantes, sino de crear una sociedad más organizada. 

—Usted sostiene que Argentina y Brasil se han vuelto permeables al narcotráfico...

—Siempre lo fueron, porque son gigantes. Cuando escribí mi primer artículo sobre el Mercosur, señalé que había muy poca vigilancia, muy pocos guardias para fronteras tan extensas.

—Pero existe una mirada muy difundida que sostiene que algo cambió en la Argentina durante los últimos diez, doce años, que el gobierno anterior no ejerció los controles necesarios sobre el narco...
–En los 80 yo hice mi primer informe sobre el tema. Trabajaba en Viena y pedí que se constituyera un Consejo Federal de Prevención del Delito. Un consejo que tuviera garras. Que no sea una organización burocrática, para capacitar a los policías, que tuviera recursos para enfrentar la cuestión, para formar a quienes tienen que cuidar las fronteras. Cuestiones tan elementales como tener un registro de la identidad de quienes pasan la frontera. Hay muchas cosas que se pueden hacer en una sociedad organizada, que no tienen que ver con el perseguir. Se trata de tener una sociedad organizada. Pienso que el principal problema del narcotráfico es el arraigo, la cuestión social. Y eso se consigue dándole a cada uno derechos más plenos.

—¿Cómo se imagina el mundo hacia 2050? ¿Hacia dónde vamos?

—Lo único que no se puede predecir es hacia dónde vamos. Estamos navegando en aguas cuyo flujo va hacia todas partes y hay remolinos. El problema es que la crisis mundial comenzó en 2008 y no terminó de solucionarse. En ese año quebraron los bancos, y los poderosos del mundo, en vez de asistir a las personas, terminaron cuidando a los bancos. La inequidad social, como dice el Papa, es tan universal como ilógica.

Refugiados y narcotráfico. Terminada la guerra en los balcanes, un proceso en el que David trabajó intensa y activimente, hoy, el tema más preocupante en materia de derechos humanos es el de los refugiados, “algo que afecta tanto en los países de donde vienen, como a los de origen. Y sobre lo que hay que actuar. La otra cuestión es la del narcotráfico”.

“La cuestión del narcotráfico afecta también nuestra relación con los vecinos. El narcotráfico ha cambiado la fisonomía de todo el continente. Cuando la Marina norteamericana empezó a interceptar los cargamentos de droga que venían de Colombia, los carteles avanzaron primero sobre Guatemala, y fueron avanzando hacia el norte”.

—Los carteles actúan como empresas transnacionales.
—Tienen mucho poder y mucho capital. E invierten especialmente en los países más poderosos. Pablo Escobar tenía gran parte de su dinero invertido en los Estados Unidos y en acciones de primera línea. 

—¿Argentina corre peligro en la cuestión terrorista?
—Tenemos que asumir las formas de protección internacional, saber que no estamos exentos de estas temáticas para poder actuar. Tenemos muchas posibilidades de actuar, pero hay que concretarlas. Porque el mundo de hoy no ofrece seguridad a nadie. Usted ve lo que pasa en Europa, en Francia, Alemania, Bélgica.

—¿Dónde está la punta del ovillo para desmadejar al terrorismo?
—Aquí no hay punta del ovillo. Hay que hacer un esfuerzo continuado y de gran eficacia, no bajar ni la atención ni los brazos en ningún momento. Por eso es tan importante la educación. La maestría va un poco en ese sentido. Formar una generación de profesionales muy bien formados, para evitar el delito. 

—¿Cómo se comienza a actuar desde Argentina?

—Creo que es muy importante establecer focos preventivos. Es esencial que los niños y jóvenes tengan una educación integrada y una protección, que incluya el acceso a los bienes de salud y de afecto que puedan prevenir. Hay que crear una plataforma de gente con raíces.


Pablo Helman