ELOBSERVADOR

Política y fútbol: cuando la dictadura decidió explotar el Mundial de 1978

El rol que tuvo Jorge Videla en la decisión, que generó un debate entre los militares, de mantener la organización de la Copa del 78, que había heredado del gobierno peronista.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc

La política y el fútbol han mantenido una relación estrecha en la Argentina. Y no importa si los gobiernos fueron civiles o militares. Al dictador Jorge Rafael Videla no le gustaba el fútbol, pero asistió a cada uno de los partidos que disputó la Selección en el Mundial de junio de 1978, y al final de Argentina 3 -Holanda 1 entregó la copa al capitán Daniel Passarella en el estadio Monumental, de River Plate.

En las entrevistas para mi libro Disposición final, la confesión de Videla sobre los desaparecidos, el ex dictador dijo que al heredar la organización del Mundial del gobierno peronista “hubo un debate” entre los militares sobre “si había que hacerlo o no. Al final, primó una razón casi de cholulismo: demostrar al mundo que “éramos capaces de hacerlo”.

“Pero también la idea de que en ese momento era positivo mover al público hacia un evento futbolístico de alcance mundial, en un país donde el fútbol era y sigue siendo tan importante. Podíamos tener ganancias en términos de imagen”, destacó.

El técnico de la Selección era César Luis Menotti, que venía de una excelente campaña con Huracán en el torneo local. Según Videla, algunos jefes del Ejército y de la Armada querían echarlo y reemplazarlo por alguien más afín ya que Menotti “era considerado de izquierda y venía de antes. Yo pensaba que la continuidad en este caso era importante y no quería que viniera otro, un tipo de derecha”.

Al final, Menotti se quedó y la Selección dio la vuelta olímpica por primera vez en la historia. Hubo una fuerte polémica: la goleada 6-0 a Perú, que permitió a la Argentina el pase a la final por diferencia de goles. Videla negó los rumores de sobornos, pero no con énfasis: “No fue verdad, en absoluto; yo, por lo menos, no saqué un peso del bolsillo”.

Un año después, en 1979, los militares volvieron a usar la alegría popular provocada por el fútbol. Mientras la Argentina se consagraba campeón juvenil en Tokio de la mano de Diego Maradona y también con Menotti, en Buenos Aires, José María Muñoz, un periodista muy popular, instaba a marchar por la Avenida de Mayo para demostrar a “los señores de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que Argentina no tiene nada que ocultar”.

Videla, que murió hace un año en la cárcel, condenado a reclusión perpetua por violaciones a los derechos humanos, a los 87 años, recordó que “luego del triunfo hablé por radio con Menotti y con Maradona, que fue la figura de ese Mundial. Muñoz estaba jugado con el gobierno y nos dio una mano bárbara”.

El ex dictador sostuvo en las entrevistas realizadas en el penal de Campo de Mayo que no escuchó silbidos en ninguno de los estadios donde se jugaron los partidos del hasta ahora único Mundial de Fútbol organizado por nuestro país.

“Generalmente, antes del partido iba a saludar a los jugadores, al vestuario, y a veces también después. Sólo tuve un episodio, que fue revelado por el propio interesado, un jugador de pelo enrulado, (Alberto) Tarantini, que dijo que una vez me dio la mano en el vestuario luego de enjabonarse los genitales”, afirmó.

En aquella época las encuestas no estaban tan desarrolladas como ahora y es difícil saber cuál era el porcentaje de imagen positiva de la dictadura. Pero, hay varios indicios de que era alto. Por ejemplo, Montoneros, cuya cúpula estaba en el exilio, lanzó una campaña de propaganda en el país contra el régimen militar, que no tuvo mayor trascendencia.

En todo caso, el Mundial coincidió con el momento de mayor popularidad de la dictadura.

Videla afirmó que el Mundial, con la afluencia de visitantes de países donde ya se conocían y se denunciaban las gravísimas violaciones a los derechos humanos, aceleró la decisión del régimen militar de matar a todos los prisioneros considerados “irrecuperables” y destruir u ocultar sus cuerpos.

“Había siete mil u ocho mil personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión”, indicó. Y reveló cómo los militares, con él a la cabeza, llegaron a la conclusión de ultimar y hacer desaparecer a tantos detenidos: “Para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera; cada desaparición puede ser entendida como el enmascaramiento, el disimulo de una muerte”.

“Promediando 1978, con sus matices en más o en menos, el objetivo principal del Proceso de Reorganización Nacional estaba logrado. El orden, recuperado en todos sus niveles. La subversión, derrotada”, agregó.

Sin embargo, ni la derrota militar de las guerrillas, lograda por métodos ilegales aún para una dictadura, ni la popularidad brindada por el Mundial fueron aprovechadas políticamente por la dictadura. Algunos de sus asesores civiles propusieron una apertura política progresiva y controlada, “por etapas, para entregar el poder cuando se dieran las condiciones apropiadas”.

“No hicimos la apertura política por celos, resquemores, malentendidos, ambiciones. No se hizo nada y el Proceso de Reorganización Nacional vegetó sin vida. No supimos aprovechar la oportunidad. Los políticos no demostraban mayor prisa por recuperar el poder porque persistía el temor a la guerrilla. Nosotros sabíamos que estaba derrotada y que, en términos militares, había sido aniquilada, pero los políticos ignoraban esa certeza”, añadió.

En concreto, el “éxito” los mareó y desnudó las peleas internas entre el Ejército y la Armada, dentro del Ejército y en el propio gobierno. Como suele ocurrir cuando un solo grupo político ocupa todo el espacio político, al quedarse sin los enemigos que los mantenían unidos, los jerarcas del régimen militar se dedicaron a pelearse entre ellos para definir quién se quedaría con la herencia del Proceso con un resultado cantado: se bloquearon entre sí y ninguno pudo apropiarse de la sucesión.

La pelea más virulenta fue entre el Ejército, encabezado por Videla y su aliado, el general Roberto Viola, y la Marina, cuyo jefe era el almirante Emilio Massera. Una disputa que no conoció límites e incluyó aprietes, secuestros, desapariciones y asesinatos.

La interna envolvió también al Ejército, con Videla y Viola por un lado y un sector liderado por el general Carlos Suárez Mason, entre otros.

Políticos, empresarios, sacerdotes y periodistas consideraban a Videla y Viola como “moderados” o “palomas”; mientras que el grupo de Suárez Mason eran los “duros”, los “halcones”. Hasta el Partido Comunista defendía a Videla y a Viola y señalaba que la Argentina debía encaminarse a un gobierno cívico militar, con ellos adentro.

Esa disputa fue ganada por Videla, quien impuso a Viola como su sucesor, en 1981, pero los astros ya se habían desalineado: el reclamo por los miles de desaparecidos se había extendido, la economía andaba en problemas y el sindicalismo revivía. Todavía faltaba la Guerra de Malvinas, cuya derrota precipitó finalmente el derrumbe de la dictadura.

 

Los goles y los votos

Los políticos suelen pensar que los triunfos en un Mundial de Fútbol se trasladan automáticamente a los votos, pero eso no es así: la gente no es tonta y la política no obedece a reglas tan rudimentarias.

Por ejemplo, si hay un país, además del nuestro, donde la pelota provoca tantas pasiones es Brasil, “o pais do futebol”. En 1998, la selección verde y amarilla perdió la final frente a Francia; el presidente era Fernando Henrique Cardoso, que, más allá de la derrota logró la reelección pocos meses después al vencer a Luiz Inácio Lula da Silva.

Cuatro años después, Brasil se consagró –una vez más, la quinta– en Japón y Corea del Sur; Cardoso ya no podía ser reelecto y apoyaba a su delfín, José Serra; los comicios fueron ganados por Lula, que hasta ese momento había perdido las tres veces que se había candidateado.

Tan perdedor parecía Lula que Cardoso había acuñado un lema afín: “Lula gana en marzo (cuando se lanzan las campañas) y pierde en octubre (cuando se vota)”. Sin embargo, el “eterno segundo” venció, y cuatro años después, luego de una incursión fallida (para su jerarquía) de Brasil en el Mundial de Alemania, fue reelecto por amplio margen.

La Argentina logró su segundo campeonato a nivel mundial en 1986, en México, con Diego Maradona como gran capitán y autor del recordado gol de la “mano de Dios”. Gobernaba el presidente Raúl Alfonsín, que el año anterior había logrado un claro triunfo en las elecciones parlamentarias. Un año después del torneo fue derrotado en las legislativas de 1987, también en forma nítida.

(*) Editor ejecutivo de la revista Fortuna.



Ceferino Reato