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Qué hacer con la villa

En diez años, las villas porteñas se multiplicaron y hoy suman 34. Aparecieron en las zonas más “ricas” y su población aumentó más del 50%, lo que generó un impensado mercado inmobiliario. Cómo urbanizarlas

Foto:Guillermo Tella / Alejandra Potocko

Las villas de la ciudad de Buenos Aires son las áreas de mayor crecimiento poblacional. En la última década, su población se incrementó más de un 50%. El censo de 2010 contó 163.587 habitantes, aunque según otras fuentes ese número es aún mayor.
La mayoría se ha densificado y complejizado; muchas se expandieron, adicionando nuevos sectores. Y otras nuevas surgieron: el Playón de Chacarita, a metros de la estación Federico Lacroze, y la villa Rodrigo Bueno, en Costanera Sur. ¿Cómo integrarlas al tejido urbano de la ciudad?

Causas y consecuencias. Las llamadas “villas de emergencia” constituyen una forma de hábitat urbano que surgió en la década de 1930, aunque los conventillos, los inquilinatos y las pensiones ya constituían una forma de precariedad habitacional.
Las villas crecieron considerablemente desde mediados del siglo XX, con la industrialización y urbanización acelerada de la ciudad, hasta la irrupción de las políticas de erradicación llevadas a cabo por los gobiernos de facto. Ya en los ‘80, con la recuperación de la democracia, el fenómeno recobró celeridad y sufrió un crecimiento exponencial tras la crisis de 2001.
Varios aspectos definen a una villa. Se caracterizan por la irregularidad en la ocupación del suelo, tanto desde la dimensión jurídica como urbanística. Desde el punto de vista jurídico, se trata de ocupaciones de tierras que en general son fiscales y que tienen buena accesibilidad a áreas centrales. Suelen ser playones ferroviarios, bordes de río, bordes de autopistas o bajo-autopistas. Y desde la dimensión urbanística, se caracterizan por una laberíntica trama circulatoria producto de la falta de planificación en la agregación de casas y del máximo aprovechamiento del suelo, reduciendo los espacios comunes. La trama “de pasillos” dificulta el acceso a todo aquel no residente e impide el ingreso de ambulancias, bomberos y patrulleros.
Además, las casillas de las villas carecen de servicios básicos, y no permiten el acceso más que a sectores periféricos de camiones cisterna para la provisión de agua o transporte público. El hacinamiento es crítico: pueden llegar a vivir más de tres personas por cuarto. Representan una fractura del resto de la ciudad: en general se localizan entre barreras urbanas, como puentes, vías, zanjones o arroyos; están a veces metidas entre grandes superficies de usos industriales o logísticos. La accesibilidad, condiciones ambientales y la seguridad son malas.
Sus bordes simbólicos también son importantes: vivir en la villa (e incluso en un barrio próximo) es una fuente de segregación.Sus habitantes, sin domicilio legal, tienen mayores dificultades de acceder al mercado laboral y a diferentes servicios sólo por ser “villeros”. También les condiciona en el tejido de redes sociales por fuera. En definitiva, vivir en la villa restringe las posibilidades de ser “ciudadano”.
Cada vez más. Actualmente, en la ciudad de Buenos Aires hay al menos 34 villas y asentamientos registrados. Su localización responde claramente a lógicas del mercado del suelo: áreas desvalorizadas o excluidas del mercado formal son propicias para la ocupación. De este modo, en el sur se concentra la mayor cantidad, principalmente en torno a sectores industriales, inundables, contaminados o basurales. La concentración de actividades que deprecian el ambiente y que degradan el tejido urbano ha acelerado esa tendencia.
El norte, en cambio, fue históricamente un área de mercado inmobiliario más aventajado, donde fueron sistemáticamente desactivadas las ocupaciones de tierra que se produjeran. Sólo en los últimos años se consolidaron algunas en Palermo, Chacarita y Paternal.
A muchas villas (las más “históricas”) se las conoce por el número con que fueron designadas en el Plan de Erradicación de Villas de Emergencia de 1968. Tenemos, por ejemplo, la villa 31-31 bis en Retiro, la 1-11-14 en el Bajo Flores y la 21-24 en Barracas, que son las villas más grandes y reconocidas. Pero también están la 20 en Lugano, la 3 en Villa Soldati, la 6 en Parque Avellaneda, la 13 bis en Parque Chacabuco.
Hay otras villas y asentamientos de conformación más reciente: Rodrigo Bueno en Costanera Sur y el Playón de Chacarita, y otras tantas “micro-villas” pequeñas que no aparecen en los registros.
También existen algunos NHT (Núcleos Habitacionales Transitorios), que surgieron en la ejecución del Plan de Erradicación para alojar temporalmente allí a las familias erradicadas. Pero al quedar truncada su relocalización, se terminaron conformando núcleos habitacionales precarios permanentes.
En los últimos años, incorporaron comercios, servicios comunitarios, escuelas, actividades culturales y espacios de deporte y recreación. Pero más significativamente, su crecimiento poblacional se tradujo en procesos de densificación, con viviendas que se elevan más de cinco pisos, con estructuras edilicias muchas veces improvisadas de crítica estabilidad.
Estos fenómenos dan cuenta de una intensa dinámica urbana que instaló en su interior un pujante y voraz mercado inmobiliario y especulativo.

Problemas y posibles soluciones. El crecimiento de villas y asentamientos informales es consecuencia directa de la dificultad que tienen grandes porciones de la población para acceder al mercado formal del suelo. La población villera, que se compone de migrantes internos, de países limítrofes y también de familias porteñas que protagonizaron abruptos descensos en sus niveles socio-económicos, encuentra dentro de las villas una alternativa habitacional que la propia ciudad formal no les puede ofrecer, a través de la compra de una casa o el alquiler de una habitación en el mercado informal.
El problema de la vivienda en las grandes ciudades está directamente vinculado al mercado formal del suelo urbano, pues implica pagar altísimos valores por metro cuadrado de vivienda construida, altos alquileres, contar con garantías y cumplir con los requisitos impuestos por los propietarios e inmobiliarias: sueldo en blanco, antigüedad laboral y una serie de exigencias no formales que cada propietario impone basado en sus propias subjetividades, incluida la nacionalidad, lugar de procedencia y la apariencia.
Estas dificultades de acceso al suelo promueven el crecimiento de las villas, que se suman a otras alternativas habitacionales de similares niveles de precariedad, como casas tomadas, cuartos de hotel, pensiones e inquilinatos, por ejemplo.
Toda intervención efectiva en las villas debería de basarse en la inclusión, en la participación de la población en los procesos de urbanización y en su integración espacial con el resto de la trama urbana.
Para ello, primero deben reconocerse como parte constitutiva de la ciudad: algunas tienen más de 70 años de historia. Sólo con una mirada inclusiva será posible lograr cambios significativos. Las numerosas políticas habitacionales que por décadas se reprodujeron bajo diferentes formatos, a través de la financiación focalizada de vivienda o aquellas basadas en construcción de conjuntos habitacionales y viviendas “llave en mano”, más que resolver la problemática integralmente, generaron nuevos guetos.
En los últimos 20 años varias experiencias se constituyeron en “buenas prácticas” a seguir, ya que han logrado mejorar las condiciones habitacionales de los sectores populares.
Son las que se basan en la participación de las organizaciones intermedias y de base, y que tienen a sus habitantes como protagonistas.
Estas acciones se orientaron a radicar los asentamientos, respetando las redes sociales constituidas y profundizando su sentido de pertenencia e identidad cultural.
El Programa “Favela Bairro” en Río de Janeiro, por ejemplo, ha demostrado resultados favorables. Consiste en la ejecución una serie articulada de políticas urbanas de provisión de infraestructura y servicios (cloacas, agua, pavimentación de calles, etc.), de equipamiento (escuelas, centros de salud, centros culturales), de saneamiento ambiental, políticas sociales inclusivas y habitacionales.
Teniendo como antecedente esa experiencia, se diseñaron e implementaron varios programas en otros países de la región.
En Argentina, en 1999 se ejecutaron los primeros proyectos del Programa “Mejoramiento de Barrios” (Promeba) de carácter nacional y llevado a cabo con financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo.
El objetivo de estas iniciativas es mejorar las condiciones de vida de la población con necesidades básicas insatisfechas en aquellos barrios marginales sin infraestructura y con problemas ambientales y de irregularidad dominial.
Basándose también en tal experiencia brasileña, para la Villa 31 de Retiro se elaboró un anteproyecto urbano denominado “Barrio 31 Carlos Mugica”, que fue aprobado en 2009 por la Ley N° 3.343. Y si bien numerosos grupos de vecinos y organizaciones siguieron trabajando en distintas instancias participativas, su urbanización espera concreción.
Este tipo de políticas, desarrolladas en función de las realidades específicas y locales de cada asentamiento, promueven la integración física y social de las villas a través de la provisión de la infraestructura urbana básica con la participación del conjunto de las organizaciones barriales, los distintos niveles de gobierno y las empresas prestatarias de servicios

*Doctor en Urbanismo.
**Licenciada en Urbanismo.


Guillermo Tella* / Alejandra Potocko**


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