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‘Spotlight’, o el extranjero que necesita el periodismo

En primera plana narra la cobertura periodística del escándalo de los sacerdotes pedófilos norteamericanos. A partir de ella, Fernando Ruiz reflexiona acerca de una profesión muy cuestionada.

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Foto:Cedoc Perfil

Spotlight es una lección de periodismo como lo fueron Todos los hombres del presidente y El informante. Son películas que crean y refuerzan la vocación. En momentos en que el periodismo es discutido en su esencia, es bueno refrescar la mirada con momentos en que su rol fue fundamental. Ya sabemos que hay una gran diferencia de calidad en aquellas comunidades donde hay buen periodismo, por eso es importante que no se convierta en una profesión con el ánimo vencido.
Desde el punto de vista profesional, el rol de Marty Baron, el entonces editor del Boston Globe (hoy del The Washington Post) es el más importante. Como siempre, lidera quien tiene la visión.
La película narra cómo Baron llega a una redacción y a una ciudad desconocidas y produce el cambio de criterio en las coberturas. Esta es la primera lección de periodismo que nos deja Spotlight: el salto de calidad es en primer lugar un cambio interno, es un momento en que decidimos en la redacción hacer algo de otra manera a como lo veníamos haciendo. Aquí se cambia la cobertura sobre los temas católicos, en una ciudad con una enorme comunidad católica. La deferencia y la confianza en las autoridades religiosas frenaba a la redacción, y Baron les ayudó a cruzar esa frontera interna.
Muchas veces se piensa que los límites del periodismo son siempre externos, que los poderes fácticos e institucionales bloquean el potencial de los periodistas y que éstos hacen lo que pueden de acuerdo a la libertad de movimiento que tienen. Se suele dar por cierto que la profesión avanza todo lo que la dejan y que puja en forma permanente por más espacio. La verdad es más matizada. En las redacciones se consolidan rutinas y formas de hacer las cosas que llevan implícitos límites que no siempre uno puede encontrar en la realidad externa. Muchas veces se utiliza un potencial de libertad menor del que efectivamente se dispone. Por eso, en esas redacciones, el cambio puede venir cuando alguno de sus periodistas se corre de ese sentido común instalado pero, sobre todo, cuando viene alguien de afuera y se arriesga.
Por definición, las rutinas de la práctica periodística minimizan los riesgos. Hay que cumplir con una cantidad de información y no suele haber mucho tiempo para eso, y cada vez puede ser menos. Las innovaciones pueden ser riesgosas si el periodista siente que no tiene mucho apoyo de sus editores y directivos.
Marty Baron vino de ese doble afuera, de no ser católico ni bostoniano, y pudo ver mejor. La doble mirada es clave en el periodismo: ser un insider pero también poder mirar como un outsider a la propia comunidad. Por eso, el dúo de Baron y Robby Robinson, histórico jefe del equipo de investigación periodística del diario (el personaje de Michael Keaton), tuvo el equilibrio perfecto.
Robinson ya había recibido hacía años varias pistas sobre sacerdotes que abusaban sexualmente de chicos, pero nada hizo ni nadie se lo exigió, más allá de las víctimas. El “extranjero” Baron le hizo ver diferente. Es ahí cuando el “extranjero” es necesario para que aprendamos sobre las barreras internas que nos construimos.
Una segunda lección profesional es que Baron exige al equipo Spotlight que descubra el sistema de corrupción y que no se conforme con verificar un caso aislado. Es la misma estrategia que utilizó desde el juez que condenó a Fujimori hasta el periodista Hugo Alconada Mon, en su libro La piñata, para describir la corrupción kirchnerista. La revelación de un caso tiene más dificultad para cambiar las cosas. Puede quedar como un hecho aislado, como una manzana podrida, y el sistema corrupto se mantiene igual. El cambio sólo es posible cuando se visibiliza el sistema entero.
Además, el periodismo no puede solo, sino que su acción tiene que converger con fuentes valientes, abogados tenaces y funcionarios judiciales virtuosos, para que finalmente se produzca una reparación del “sistema”. La película describe con maestría la red que hizo posible la revelación. Como siempre, la sociedad mejora en racimo, y nunca solamente por la acción aislada de un puñado de herejes.
La película honra las competencias clásicas de la búsqueda y del chequeo de información, de la tozudez y de la construcción de confianza con fuentes que se juegan mucho.
Cuando el futuro del periodismo a veces se reduce a una discusión entre tecnólogos, Spotlight nos recuerda para qué todavía lo necesitamos.

*Profesor de Periodismo y Democracia. Universidad Austral. Su último libro es Guerras mediáticas.



Fernando J. Ruiz*