ELOBSERVADOR ANIVERSARIO DE LA DEMOCRACIA


Sudáfrica lucha contra los apartheids residuales

El 27 de abril de 1994 comenzó una nueva era en la principal economía africana. Con el gobierno de Nelson Mandela nació una transformación con efectos visibles: una nueva clase media, pese a que la desigualdad y el racismo perduran.

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Foto:Cedoc Perfil y Pablo Helman

Desde Sudáfrica
“El fútbol es el deporte de los pobres. El rugby, el de los ricos”, nos explica el guía que nos lleva del aeropuerto al hotel. Recién llegados a Su-dáfrica y el prejuicio sobre lo que veríamos al llegar a Africa (un prejuicio no exento de mística, por cierto), una mezcla de exotismo con pobreza –en las dosis que la corrección política de cada cual modera a los prejuicios–, no se constata en los hechos: autopistas del aeropuerto que nos lleva a Sandton, una de las nuevas zonas de la ciudad de arquitectura novísima (Sudáfrica es la vanguardia del diseño en el continente: vanguardia en arquitectura, vanguardia en vinos, vanguardia en música), por las que circulan autos ultimísimo modelo. No vemos (y, alojados como estamos en Sandton no veremos por al menos un par de días) la pobreza sobre la que leímos antes de llegar, sino una ciudad modernísima, “la milla cuadrada más cara de Africa”, en la que los negocios de lujo (marcas que no hay en Argentina), los comerciantes de diamantes y los BMW se suceden. El guía nos dirá: “El fútbol es para los pobres. El rugby es para los ricos” y nosotros –nuestro prejuicio– pensaremos “el fútbol es para los negros; el rugby para los blancos”. La experiencia de los días sucesivos nos dirá que esto es tan cierto como matizado. Quizás en el fútbol haya una huella del racismo que gobernaba hasta hace poco más de veinte años. Pero en otros aspectos se puede observar una dosis importante de movilidad social. De hecho, muchos de los BMW que veremos, en el mismo Sandton, son conducidos por negros. Sí, los mismos que hace apenas unos años debían bajar de la vereda a la calle cuando pasaba un blanco por delante.

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En uno de los malls de Sandton City hay –además de un supermercado en el que veremos el auge de los vinos sudafricanos (nos gustaron más los blancos de chenin que los tintos de gammay), la sal del desierto y los tés rooibos– una librería. Allí, en el escaparate de los best-sellers, junto a los libros que uno puede ver en una librería de Londres, hay un texto que alude a la situación social del país: La nueva clase media negra sudafricana, de Roger Southall, relata este fenómeno, uno de los más notables de los veinte años de democracia. Una parte de la población que se benefició del desarrollo del país y que poco a poco va a accediendo a un nivel de vida más alto. Casas más lindas, autos más lindos, tecnología, ropa. Sí, la “generación BMW”, como se la llama. Bienes materiales, sí, aunque más lentamente llegue a la educación y a la tierra. La reforma agraria y la devolución de tierras a la población negra son temas pendientes. Y seguramente representarán una nueva serie de conflictos en el futuro. “Todo debe hacerse con moderación”, nos dirá Joe, nuestro guía en Ciudad del Cabo. “No se trata de cambiar por cambiar, sino de hacer las cosas con el menor conflicto posible”. La experiencia de otros países africanos parece darles la razón.

Populismo neoliberal. Todavía los ciudadanos de Sudáfrica tienen cuatro pasaportes: el de los blancos, el de los negros, el de los coloureds (los mestizos) y el de los indios. Desde la democracia a hoy gobierna el mismo partido de Mandela, el CNA que, desde hace unos años optó por aplicar recetas económicas liberales.
La teoría del derrame es la que más se escucha en la política sudafricana. Es cierto que el presidente Zuma (un ex comunista sobre el que no prosperó un impeachment por corrupción el mes pasado) no tiene el carisma de Mandela, pero ganó con 62% de los votos. En el país conviven 13 lenguas, en las que el inglés
funciona como un normalizador y el CNA básicamente representa a la población negra: es muy difícil que pierda el poder, en un contexto en el que los partidos políticos representan menos las ideas que a las etnias.
Y esto tiene explicación: sólo el 18% de la población negra puede acceder a la universidad (mientras que el 65% de los blancos lo hacen). Volviendo al vino: desde hace menos de cinco años que aceptan negros en la facultad de enología. Y en la calle sigue siendo muy difícil encontrar lugares en los que blancos y negros estén en proporciones más o menos parejas o, incluso, parejas mixtas. El paso siguiente es el progreso en este sentido.

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Sudáfrica es la primera economía africana, inmensamente rica en recursos naturales: el primer productor mundial de platino y el tercero de oro. Pero, a la vez, concentra el 17% de enfermos portadores de sida. En los últimos cinco años, creció un promedio del 2,7%. Pero aún hoy el desempleo es bien alto, supera a un 25% de la población.

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“En Soweto tenemos el hospital más grande del mundo, el estadio más grande de Africa. Nos gusta hacer todo a lo grande”, nos dice nuestro guía. La antigua South West Town, de ahí Soweto, la ciudad símbolo de la segregación, nos muestra precisamente todo el proceso de cambios: lo que antiguamente fue una especie de villa de emergencia gigantesca, hoy tiene a las tres clases sociales: en las afueras incluso hay megamillonarios y, por supuesto, los autos de lujo. Aquí, muy cerca de Johannesburgo está aquella Sudáfrica que también nos muestra su pasado: en unas pocas cuadras está la casa que fue de Nelson Mandela, y la de Desmond Tutu. Está el hospital más grande del mundo, los chicos que juegan al fútbol en la calle, los guisos picantísimos y ricos y, una vez más, las casas de clase media, como para demostrar que el cambio está en marcha.

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En enero de 2004 se lanzó el Programa de Fortalecimiento Económico de la Comunidad Negra (BEE, por sus siglas en inglés). El programa otorga beneficios a las empresas que emplean gente de color. Se estima que la clase media negra creció un 30% desde 2005 y recalca un marcado aumento del consumo de productos como autos, heladeras o microondas. Lo interesante es que todo el proceso se dio casi sin violencia política.



Pablo Helman