ELOBSERVADOR UNA PROBLEMÁTICA GLOBAL

Trata: la peor forma de esclavitud del siglo XXI

Mujeres sobrevivientes y expertos en derechos humanos de todo el mundo se dieron cita en Mar del Plata, donde se celebró un congreso sobre el tráfico de personas. PERFIL recogió testimonios valientes y ejemplos de políticas de otros países.

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Desde Mar del Plata

Convencidas de que la trata y el tráfico de personas son una forma de esclavitud del siglo XXI que hay que erradicar, más de mil personas se dieron cita en el II Foro Internacional sobre los Derechos de las Mujeres, realizado el 4 y 5 de septiembre en Mar del Plata, con la presencia de sobrevivientes de la trata que prestaron su valiente testimonio, expertos de organizaciones de derechos humanos de Europa y Africa, y representantes de organismos como la Organización Mundial del Trabajo, que dieron cifras de un negocio que mueve millones de dólares.

La ministra de Gobierno de la provincia de Buenos Aires y presidenta del Consejo provincial de las mujeres, Cristina Alvarez Rodríguez, destacó el trabajo de algunas pioneras en esta lucha. “Para que una sociedad despierte necesitamos luces y voces. En la Argentina hubo grandes mujeres”, dijo, y mencionó a la hermana Martha Pelloni en el caso de Soledad Morales; a la periodista Fanny Mandelbaum, que “dio micrófono cuando muchos no se animaban” y a Susana Trimarco, que mientras cuidaba a su nieta buscaba a su hija Marita Verón.

El papa Francisco envió un mensaje centrado en la importancia de recuperar valores para “cambiar el interior de las personas y así crear una sociedad más justa”. El encuentro se cerró con la presencia del gobernador Daniel Scioli: “Yo estoy sumamente consustanciado con esta lucha, desde lo personal y desde la responsabilidad institucional”, dijo.

 

“Usted va a bailar, pero con los hombres en la cama”

Marcela Loiaza, colombiana, es presidenta de la Fundación Marcela Loiaza por la Diginidad Humana y fue víctima de la trata. Simpática, elegante y por momentos melancólica, ella hizo su relato delante de todo el auditorio, que se emocionaba junto a ella cuando su voz se entrecortaba.

“Como había sido madre soltera, yo no tenía buena relación con mi mamá y fue muy apropiado para el captor que yo no le contara nada a ella. Le dije a mi mamá que iba a la capital a buscar trabajo para pagar el préstamo que teníamos y me apoyó. En Bogotá me entregaron un pasaporte, dinero e hice Bogotá-Amsterdam, Amsterdam-Tokio. Cuando llegué, había un hombre con mi foto y ahí recordé los 500 dólares que me había prestado un hombre en Bogotá y entendí que me había vendido por ese monto.

”Una mujer colombiana me llevó a su casa y me decía ‘Mamita, tan bonita, yo sé que viene asustada, pero a usted le va a ir muy bien...’. Claro, miraba su nueva mercancía. Me acosté en un colchón a descansar como ella me pedía y después esa misma mujer me despertó a patadas. ‘Hija de..., levántese, usted aquí no vino a dormir sino a trabajar’.

”Le respondí que iba a llamar a la policía y ella me respondió: ‘Puede que vengan, que la deporten, pero no le garantizo que llegue al entierro de su hija. Usted me pertenece’, dijo mi ‘manilla’, así se llama a estas mujeres que nos organizan. Yo iba a bailar y le iba a devolver sus 500 dólares y me dijo que ese dinero tenía una comisión y ahora eran 50 mil dólares (unos cinco millones de yenes). Yo le dije ‘le voy a pagar y voy a bailar todas las veces que me pida’ y me dijo ‘sí, mi amor, usted va a bailar pero con los hombres en la cama’.

”Con 21 años trabajé en la calle, teatro, masajes, viví lo más degradante que cualquier ser humano pueda pensar. Trabajé 18 meses de domingo a domingo sin descanso. Tenía que acostarme con entre 15 y 20 hombres diarios.

Todo cliente que llegaba a mi habitación me veía llorando y aun así se acostaba conmigo. No les importaba el dolor ajeno, les decía ‘Soy colombiana. Aquí a mí don’t like it’. ‘Sí, colombiana like it’, me respondían. Después de nueve o diez meses mi cuerpo estaba agotado. Yo quería morirme. Le dije que no a un cliente y me golpeó, me destrozó el rostro, me partió dos costillas y ya no quería más. Estaba viva. Fue impactante para mí porque sabía que tenía que curarme para seguir trabajando para ellos.

”Logré convencer a un cliente para que me ayudara a escapar, pagué 50 mil dólares a los 18 meses y, disfrazada, logré huir hasta la embajada de Colombia en Tokio.

”Regresé sin un centavo y enferma: mis dientes y el pelo se me caían de la debilidad que tenía. Hice mi denuncia, y el juez me dice ‘¿Está segura de que no iba a ser prostituta?’”

 

“Cuando me di cuenta, me sentí morir”

Edna Margarita Baquero Rojas es colombiana sobreviviente de la trata y voluntaria en la asistencia y contención de mujeres que han logrado salir de situaciones de trata. También estudia Psicología. Su voz es suave y pocas veces mantiene la mirada alta.

Trabajaba en el área comercial en ventas, pero las cosas no le iban bien y la relación con su esposo tampoco. “Yo viví maltrato psicológico, emocional y físico sexual. Acudí a las entidades de mi país y me decían algo diferente: que en la pareja no es maltrato, que me separe o que contrate un abogado. Yo sólo quería la custodia de mis hijas.

”Una compañera me cuenta que a ella por acompañar a un hombre le pagaban cien dólares. Asistía a su trabajo normal y los fines de semana le pagaban un turno; ella arreglaba si se iba con la persona o no.

”Me contacté con un hombre y me pidieron que me hiciera los exámenes de VIH y me diera unas vacunas. Pregunté si podía decir que no si no quería salir con alguien y me respondió: “Tú sabes que si sales todos los días con alguien vas a ganar más. Lo que vas a tener en tres meses son unos 5mil dólares”. Quería pensarlo mejor, pero me dijo acá está el ticket, alguien lo tiene que pagar.

”Llegué a Panamá y me daba pena mostrar mis exámenes de VIH, me dieron el pasaporte como turista y me senté a esperar.

”Salimos del aeropuerto y nos subimos al carro y el hombre con una expresión muy fuerte me comenzó a explicar las condiciones: ‘Los hombres que van ahí compran tickets de 10 dólares, la casa coge seis, para ti son cuatro. De esos cuatro pagas el cuarto. Tú vas a pagar un contrato de cien dólares semanales. No te vayas a poner agresiva para ello porque hay guardias’.

”Entramos a los lugares. Encontré un parcadero, un salón, cuartos finitos, con rejas, puertas electrónicas y con cámaras y guardias armados. Me llevaron con el dueño y mis palabras fueron ‘¿Me pueden devolver para Colombia hoy mismo?’. Me tomaron de los brazos y me sacaron.

”Me llevaron a un cuarto y me quise morir. Sentí estar atrapada, alejada de mis hijas. Pude escapar, llegué al consulado y como eran las 13.30 estaba cerrado, giré y vi el carro. Tuve que regresar con ellos.

”Por esos días contactaron al papá de mis hijas y le dijeron que me iban a devolver porque me había metido en problemas con unas muchachas y me iban a matar, pero alguien tenía que pagar el ticket y él pagó.

”Eramos sesenta mujeres sólo colombianas. Nunca desayuné, nunca almorcé. Siempre comí papas fritas, luego me enfermé de anemia. La persona del ticket me preguntó si tenía una amiga y yo no recomendé a nadie.

”Pero me di cuenta de que quieren que vayan dos amigas, si una se escapa, paga la amiga. La única que me habló tuvo un altercado con ellos porque no quiso salir a trabajar y yo nunca jamás la volví a ver.

”En nueve meses pagué esa deuda o contrato que nunca firmé”.



Silvina L. Márquez