ELOBSERVADOR HERIDA ABIERTA DE LA DICTADURA

Un dolor que no cesa en los hijos de desaparecidos

Días atrás se quitó la vida un joven cuyo padre había sido secuestrado por la dictadura. Cómo enfrentan su destino trágico hombres y mujeres marcados por esa tragedia. El dilema de considerarse víctimas, o no. Y el impostor que engañó a todos.

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Foto:Cedoc Perfil
El curso de la historia no sólo crea acontecimientos que construyen un Estado, hechos que enseñan sobre el pasado y sobre el futuro de una patria o, incluso, páginas para los manuales en los que los niños constatarán el devenir de una nación. También crea personas. Y grupos de personas. La historia argentina reciente da cuenta de cómo la última dictadura produjo no sólo miles de desapariciones, sino que conformó un grupo social caracterizado por la ausencia que marcaron en su vida esos desaparecidos. Los hijos de desaparecidos son el producto de una tragedia histórica y la seña de la desaparición de sus padres debe, necesariamente, haber dejado una huella en sus subjetividades, tan temprano atravesadas por el rigor de la circunstancia política. Son, objetivamente, víctimas de la historia. ¿Pero no sería ése un estigma? Hoy los hijos de desaparecidos son adultos, están cerca de cumplir cuarenta años –o ya los cumplieron–, viven, son. ¿Es posible superar la circunstancia que los agrupa? ¿De qué manera?
Victoria Donda Pérez llega al recinto parlamentario junto a su hija Trilce, fruto del amor con su esposo Pablo Marchetti, periodista y músico. El nombre de la bebé –que no tiene todavía un año– es un homenaje a un poema del peruano César Vallejo. Donda pasa por su despacho –es candidata a renovar su mandato por el frente Progresistas–, discute con sus compañeros, luego ingresa al recinto, con su bebé. En su banca, en cierto momento, decide amamantar a Trilce, y un fotógrafo capta esa imagen de placidez materno-política-existencial. La diputada Victoria Donda Pérez es hija de desaparecidos, nacida en la ESMA, apropiada por represores. Hoy con su hija Trilce muestra que, pese al dolor, la vida puede ser vivida en un límpido campo de luz.
No siempre sucede así. En agosto de 2011 se suicidó Virginia Ogando, hija de desaparecidos que sabía por datos fehacientes que tenía un hermano nacido en cautiverio en diciembre de 1977. Lo buscaba. Le escribía cartas en un blog que comenzaban con el apelativo: “Querido hermano”. La incompletud era un estadio recurrente en su existencia. Quizás un día no pudo más, y se mató. Sus compañeros la recuerdan luminosa y, también, atravesada por ese vínculo inhallable con un hermano que todavía no aparece.
En abril de este año se suicidó Pablo Athanasiu, hijo de desaparecidos que había sido apropiado por personas ligadas a la represión y que se había convertido en el nieto recuperado número 109 en 2013. Descubrir ya adulto que no era quien él creía que era había sido demasiado fuerte para soportarlo mucho tiempo. El caso suyo y el de Virginia Ogando muestran a las claras que las consecuencias de la acción de la dictadura y sus crímenes se replican en cada persona que fue y es víctima de ese concierto estatal del delito.
Hace pocos días, el 3 de julio de este año, Hernán Emilio Calogerópulos decidió quitarse la vida. Tenía 40 años, era padre de tres nenas e hijo de Ramón Demetrio Calogerópulos, desaparecido en septiembre de 1976. La agrupación Hijos regional Escobar-Campana-Zárate lo despidió y caracterizó su caso como el de una “víctima atemporal de la dictadura”.
—¿Existe una vulnerabilidad más intensa en este grupo social creado por la dictadura?
—“Cada caso es singular y hay que ver si tiene relación con la circunstancia de ser hijo de desaparecidos –dice Diana Kordon, miembro del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial y que atendió profesionalmente a las madres de los desaparecidos en los momentos álgidos de la dictadura y posteriormente–. Hay que ser cuidadoso, sin embargo, es comprobable que existen efectos traumáticos que se transmitieron transgeneracionalmente”.
—¿Esto determina un tipo de rol en cuanto a ser una víctima que se repite como una constancia?
—El argentino es un pueblo que más ha peleado por justicia, por verdad. No sólo fue llevado a cabo por los organismos de derechos humanos, sino que es un tema reconocido a escala social más general. Creo que la contención de los hijos de desaparecidos se facilita por un reconocimiento social de la lucha por saber el destino de sus padres, por el reconocimiento social de sus padres como luchadores, por la demanda contra los ejecutores del crimen y por los logros de justicia alcanzados en ese punto. También es cierto que los efectos traumáticos están presentes, que no pueden ser evadidos. Primo Levi fue el hombre que más mostró, como sobreviviente, la realidad de los campos de concentración. Y luego se suicidó. Los traumas son muchas veces más fuertes que lo que puede explicarse sin explorar el alma humana. Por eso creo que deben existir, y está comprobado, efectos transgeneracionales de los traumas de la dictadura y cuyos efectos son concretos. Por otro lado, todos estos casos tiene diversas posibilidades de resolución.
“No creo que ser hijo de desaparecidos lleve al suicidio en mayor escala que aquella escala de la sociedad más general”, dice Félix Bruzzone, escritor (autor de 76, Los topos y la recientemente editada Las chanchas) e hijo de desaparecidos. “Incluso me atrevería a decir que habiéndose convertido en un drama colectivo y comprendido a lo largo de décadas y trabajado socialmente, la predisposición al suicidio debería ser menor”.
—¿Cómo se elabora la condición de víctima de una circunstancia histórica para seguir adelante?
—Cada uno tiene su forma. Incluso en el caso de quienes nunca militamos en ninguna organización, el sólo hecho de poder decir yo soy tal ‘hijo de desaparecidos’ y que alguien lo pueda comprender, es un alivio. Con relación a ese posible trauma es un alivio.
—¿Cómo considera la categoría ‘víctima’ en relación a su experiencia personal?
—Cada uno puede considerarse víctima si quiere o si no. También es cierto que objetivamente hay quienes son más víctimas que otros. Quienes estuvieron secuestrados junto a sus padres desaparecidos, o quienes presenciaron el secuestro de sus padres. Son circunstancias que hacen más fuertes esos hechos traumáticos. Sin embargo, en términos formales, a partir de los juicios deja de ser una posición individual. Para poder ser querellante es necesario asumir el lugar de víctima de un crimen estatal, lo cual es correcto, y eso plantea preguntarse por una condición. A mí, en particular, me cuesta considerarme víctima. Creo que las víctimas son los desaparecidos y nosotros somos bien o afectados o víctimas indirectas. Pero esto es algo personal y me pasa a mí, y a cualquier otro hijo de desaparecidos le puede pasar otra cosa.
—Pero hay un hecho fundacional, ¿cómo se elabora?
—Es particular. Cada uno hace su camino. Y salvo que uno niegue ese camino, siempre es medio largo. No sé si las negaciones detienen esas cosas. Siempre es más fácil no negar y hacerse cargo, preguntar, averiguar. Lo que yo creo es que el proceso tal como se dio en la Argentina es más fácil, facilita el camino de reconstrucción de la propia historia y eso posibilita reparar las circunstancias. En mi caso, la literatura fue un recurso casi único que me permitió desmarcar esas cuestiones que eran imposibles de averiguar, de distanciar esa fantasía de saber todo lo que pasó. Con la literatura se entiende que todos son relatos y que tienen sus mecanismos.
“Tal vez mi experiencia haya provocado que hoy sea una persona muy desconfiada de los relatos –explica Matías Reggiardo Tolosa, quien fuera apropiado por el represor Samuel Miara y que luego recuperó su identidad–. También es cierto que yo me enteré que era hijo de desaparecidos y de la historia de mi apropiación, junto a mi hermano, cuando tenía 14 años. He tenido más tiempo para elaborarlo, debe ser diferente cuando esta información llega a uno en la vida adulta. Pero hay una red de contención, de profesionales que dependen de la Secretaría de Derechos Humanos y que están de inmediato a disposición para los casos que se revelan. Nosotros, los hijos de desaparecidos, tenemos formas de socialización. Hay un grupo de mails que funciona desde los noventa. Cuando se suicidó este hijo que había sido recuperado hacía tan poco tiempo ahí recordamos que había toda una red de contención a disposición nuestra, por cualquier cosa”.
—¿Se piensa a sí mismo como una víctima?
—No. Tengo una pareja y un hijo y eso me hace feliz. Tengo una perspectiva de futuro, de ser útil a la sociedad. Sé de todas maneras que hay algo que va a permanecer conmigo toda la vida. A veces pienso en tomarme un año sabático para averiguar todo acerca de mis padres, de su historia. De todas maneras, es un autodesafío. No podemos poner como exculpación nuestra historia ante cada cosa de la vida. Sería tremendo que si nos sale mal algo digamos: “Es por mi historia, porque soy hijo de desaparecidos”. Sería encapsularnos en eso. Hay quienes hacen una constancia de esa identidad, la de hijos de desaparecidos, y constantemente la relucen. Está bien, es necesario, pero el riesgo es quedarse encapsulado en el rol de víctima. Yo cada 24 de marzo voy a alguna escuela a contar mi historia, pienso eso como un deber ético. Pero no espero que esa situación ocupe las 24 horas del día de mi cabeza.
La historia ubicó a los hijos de desaparecidos en un lugar de víctimas ya que ellos mismos no eligieron el modo de vivir con una ausencia motivada por razones políticas, la de sus padres. Sin embargo, la sociedad argentina pudo incorporar rápidamente el reclamo por esos crímenes estatales. Hoy los hijos de desaparecidos forman, inevitablemente, una franja social diferenciada del resto. De todas maneras –y pese a luctuosos actos que recuerdan el rol de víctimas– forman parte del resto de los argentinos, que viven con angustias y felicidades propias de su especie, que son día a día lo que son.

Diego Rojas