ELOBSERVADOR MAS ALLA DE LAS POLEMICAS I

Un encuentro potente, alegre, diverso y multitudinario

Una vez más, el Encuentro Nacional de Mujeres atrajo mucha atención por la violencia que acompañó su marcha final. Aquí, dos participantes ofrecen una mirada más profunda sobre el real significado del cónclave.

Miles. De la primera convocatoria, en 1985, participaron mil mujeres. En Rosario, del 8 al 10 de octubre, se congregaron al menos setenta mil, llegadas de todo el país.
Miles. De la primera convocatoria, en 1985, participaron mil mujeres. En Rosario, del 8 al 10 de octubre, se congregaron al menos setenta mil, llegadas de todo el país. Foto:Cedoc Perfil
Frente a las visiones limitadas que presentaron algunas coberturas del reciente Encuentro Nacional de Mujeres, aquí compartimos información sobre la historia y la actualidad de este acontecimiento.

El Encuentro Nacional de Mujeres es un hecho político original y potente que nació de la creatividad de un grupo de 45 activistas, la mayoría de ellas feministas, que en el año 1986 organizaron el primero en el Centro Cultural San Martín de Buenos Aires.

A sólo tres años de recuperada la institucionalidad democrática, estas mujeres idearon un espacio participativo en el que la alegría y la rebeldía que surge de estar juntas se contrapuso al temor y al disciplinamiento que sembró la última dictadura cívico-militar.

De la primera convocatoria participaron alrededor de mil mujeres, distribuidas en talleres temáticos, propuestos como espacios horizontales de transformación y de transmisión de saberes. Es impactante constatar la expansión de este acontecimiento, que este año celebró su 31ª edición del 8 al 10 de octubre con setenta mil participantes (¡hay quienes hablan de 120 mil!).

Cada año mujeres de todo el país nos reunimos en la ciudad acordada en el Encuentro anterior y somos recibidas por la comisión organizadora local, formada por mujeres de diversos espacios políticos, sindicales y culturales.

Esta comisión es autónoma de la institucionalidad política y económica y se ocupa del funcionamiento de los talleres, el alojamiento, el transporte, la comida, los espacios artísticos, entre otros asuntos que son foco de esfuerzos solidarios y previsores.

Los encuentros tienen su dinámica propia y funcionan de acuerdo alas reglas consensuadas que descansan en la apuesta por la autonomía y la autogestión.

Recelos. A medida que se fue volviendo un evento multitudinario, los encuentros se convirtieron en un espacio recelado por unos/as y codiciado por otros/as. Su organización y realización está atravesada por contradicciones políticas, partidarias, religiosas, económicas, y por las tensiones de la coyuntura política y económica regional y nacional.

En los talleres se discuten temas relevantes para pensar las condiciones de vida actuales de las mujeres y se elaboran estrategias para politizar temas que son manifestaciones de la desigualdad entre los géneros.

Estas conversaciones dieron origen a demandas de política pública en materia de prevención y abordaje de la violencia, de acceso a derechos sexuales y reproductivos, a la visibilización de diversas formas de ser mujer –trabajadora, lesbiana, migrante, miembro de pueblos originarios, residente en zona rural, entre múltiples situaciones que nos atraviesan y diferencian– a la inclusión de travestis, transgéneros y transexuales en los talleres, a la conformación de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, entre otras muestras de la productividad de los movimientos feministas y de mujeres como laboratorios de experimentación política democrática.

En la edición de este año, en Rosario, muchas aulas desbordaron de gente y los patios de las escuelas y universidades se transformaron en espacios de debate, reflexión e intercambio.
También hubo 120 actividades culturales y festivales de música. Se llevaron a cabo 69 talleres simultáneos sobre las más diversas temáticas y todos los años se suman nuevas. En esta edición se incorporaron, entre otras, el trabajo sexual y el cannabis.

El modo en que los talleres abordan cuestiones muy disputadas dentro de los feminismos y las organizaciones de mujeres excede el espacio de esta nota. Sin embargo, deseamos mencionar brevemente que este año, la inclusión de un taller sobre trabajo sexual –que se agrega al tradicional sobre mujeres en situación de prostitución–, es una muestra de la discusión sobre el origen y las estrategias alternativas para remediar las injusticias que afectan a las mujeres, travestis, niñas y adultas involucradas.
 Lo mismo sucede respecto de polémicas sobre la prioridad o complementariedad de intervenciones que buscan lograr la legalización del aborto y/o ofrecer redes solidarias de acompañamiento a las mujeres que lo practican cotidianamente.

Otro contrapunto interesante es sobre la metodología de la toma de decisiones en los encuentros. Las conclusiones de los talleres y el acuerdo sobre la próxima sede se toman por consenso entre participantes, de acuerdo a tradiciones de organización vinculadas con el feminismo. En los últimos encuentros algunas impulsaron el sistema de la votación como procedimiento de toma de decisiones. Estos debates están en curso, el Encuentro ofrece acceso a la miríada de diversas posiciones en el movimiento de mujeres, no a resultados concluyentes.

La marcha del domingo, en la que confluyeron todos los reclamos del movimiento fue, como los años anteriores, potente, alegre, diversa, multitudinaria. La energía feminista que se concentra en esas horas, emociona y nos abraza. Nos volvemos más fuertes. Y el patriarcado tiembla.

Lamentablemente, este año, como el anterior en Mar del Plata, la marcha terminó en represión. Recorrimos cuarenta cuadras durante cinco horas y en la esquina de la Catedral rosarina, nos recibió un grupo reducido de fundamentalistas religiosos y un grupo bien grande de policías, las agentes mujeres sin casco ni escudo adelante y los agentes varones con chalecos y escudos detrás.

Las balas de goma y los gases lacrimógenos que se extendieron por más de una hora obligaron a desconcentrar e impidieron que la marcha termine donde había sido previsto, en el Monumento Nacional a la Bandera. También dejaron un saldo de treinta heridas/os.

Sin embargo, al día siguiente, en los medios de comunicación sólo trascendió el grafitti en las paredes, la suciedad y las mujeres que eligen manifestarse con su torso desnudo.
El Encuentro es muchísimo más que eso. Las marcas hechas en la ciudad desaparecen con brocha y pintura. En cambio, las marcas de la violencia machista perduran en nuestros cuerpos para siempre.

Por ello, queremos terminar esta nota señalando que mientras se producía la multitudinaria e impactante marcha de cierre del Encuentro Nacional de Mujeres el día domingo pasado en Rosario, Lucía Pérez era víctima de violación y femicidio en Mar del Plata. 

Las niñas y mujeres habitamos un mundo en el cual la consecuencia de aceptar una invitación de un varón (conocido o desconocido) implica la posibilidad de que nos maltraten, golpeen, violen, empalen y maten. El femicidio de Lucía Pérez y el modo en que fue llevado adelante por los responsables no es producto ni de la locura, ni de las adicciones, ni del azar. Es producto de relaciones estructurales de desigualdad que colocan a las mujeres y niñas en posición de ser asesinadas.

Esta desigualdad se vincula con la desvalorización cultural de lo femenino y de las contribuciones sociales de mujeres y niñas, las desventajas en el mercado de trabajo, la falta de acceso a la propiedad, las barreras que enfrentamos para alcanzar posiciones de poder político, la tolerancia social y política a la violencia de género.

 Los Encuentros Nacionales de Mujeres constituyen una de las estrategias para problematizar y transformar esta realidad. El hecho incontrastable y maravilloso es que cada vez somos más.

*Feministas, integrantes del Observatorio de Género en la Justicia del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires.

Felicitas Rossi / Aluminé Moreno