ELOBSERVADOR EL PERIPLO DE FRANCISCO POR MEXICO

Un pontífice mexicanizado

El Papa recorrió un país expuesto a la violencia. Sus palabras fueron menos severas que hace un año, cuando advirtió del riesgo de una “mexicanización” de la Argentina.

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Uno de los rasgos reconocibles del temperamento mexicano es el de una desmesurada cortesía con propios y extraños, un subterfugio hecho a medida que funciona como un efectivo lubricante social y que el papa Francisco –pese a haber criticado tímidamente al clero, llamado al gobierno a velar por los jóvenes, pedirles perdón a los indígenas y haber visitado una de las ciudades más violentas del continente– utilizó durante su visita a México: lejos estuvieron sus sermones de ahora de los del papa que hace un año compartía el temor de que la Argentina se mexicanizara debido al avance del narcotráfico en el país (“ojalá estemos a tiempo de evitarlo… la cosa es de terror”) y de aquella frase lapidaria que confirma lo que muchos sospechamos: si Dios existe, aborrece a los mexicanos (“a México el diablo lo castiga con mucha bronca... no le perdona que la Virgen haya mostrado ahí a su hijo”).
La cartografía realizada por el papa Francisco en efecto atendió algunos de los territorios más complicados del país, tales como Ecatepec en el estado de México, epicentro del narcotráfico capitalino disputado cuando menos por cinco carteles; San Cristóbal de las Casas en Chiapas, el estado más pobre de México donde el 75% de la población es indígena; Morelia, capital de la provincia de Michoacán y territorio conocido en el mundo por haber visto nacer a los autodefensas, grupos de civiles armados unidos para combatir a Los Caballeros Templarios ante la incompetencia del gobierno, y Ciudad Juárez en Chihuahua, uno de los sitios otrora más violentos del continente, tristemente célebre por las centenas de mujeres asesinadas y los incontables crímenes derivados del trasiego de drogas hacia los Estados Unidos.
Sin embargo, sus opiniones fueron más bien generales, acordes con la astucia y el tono de un político de excelencia y no como el pretendido revolucionario de una institución que hace agua por todos lados.
Desde luego, no cabía esperar un tono beligerante y revulsivo aun tratándose de un jesuita: el papa Francisco representa la fe de millones de personas al amparo de su grey, pero es también el líder de una Iglesia cuyas venalidades, crímenes y pecados han podido extenderse al amparo de un ejercicio discrecional del poder al que pocas ignominias en la historia le han sido ajenas, tal vez por ello el padre Alejandro Solalinde, activista comprometido con la causa de los migrantes centroamericanos en México –quienes viven un vía crucis de terror en su camino hacia el norte– expresó su insatisfacción al respecto: “Pudo haber dicho cosas mejores, cosas más puntuales”, y de paso aprovechó para criticar el oportunismo de los políticos mexicanos, expertos en el arte de la simulación, quienes “lo andaban acompañando como si fuera pasarela de modas; si tuvieran vergüenza, por lo menos se hubieran sonrojado”.
Justo es puntualizar que, en noviembre de 2015, el gobierno mexicano pidió al Vaticano que el Papa no mencionara a Guerrero ni a los 43 desaparecidos de Ayotzinapa durante su estancia en el país, siendo que Francisco expresó en su momento “el México de la violencia, el México de la corrupción, el México del tráfico de drogas, el México de los carteles no es el México que quiere nuestra madre y por supuesto que yo no quiero tapar nada de eso”.
No es éste el espacio idóneo para analizar las diferencias entre un pueblo religioso y uno espiritual, o tratar de poner en claro la diferencia entre fe, esperanza y enajenación terapéutica (cualquiera que haya caminado México con los ojos abiertos comprenderá que el catolicismo mexicano es una práctica ecléctica y mestiza, un credo abigarrado y poderoso que cobija en un abrazo lúgubre a una nación clasista y asimétrica acostumbrada a subsistir por merced de una extraña providencia), sin embargo es un hecho que endilgarle al Sumo Pontífice los conflictos de una agenda política y social como la mexicana, además de injusto e inmoral, es un absoluto despropósito: las cosas ya estaban en llamas desde hace mucho tiempo. Por ello, conviene tener presentes algunos de los aciertos de su visita, tales como el perdón pedido a los indígenas en Chiapas –la Iglesia Católica ha tenido una enorme responsabilidad en su infortunio histórico– y el hecho de haber realizado partes de la homilía, ante más de 100 mil participantes, en tzotzil, chol y tzetzal, las principales lenguas habladas en el sureño estado mexicano. Ahí mismo el Papa presentó el decreto que permite la celebración de la liturgia en lenguas indígenas, concretamente en náhuatl, medio siglo después de que el Concilio Vaticano II autorizara las misas en idiomas distintos al latín.
México es una nación que se difracta en sus multiplicidades así como en la riqueza irrenunciable de sus pueblos y sus lenguas, disminuidas y vilipendiadas por la sociedad y sus representantes durante siglos. Por ello, el hecho de que el Papa reconociera las lenguas vernáculas como instrumentos de la fe, mal que les pese a los escasos temperamentos jacobinos y laicos que subsisten en el país, constituye una auténtica efeméride. México es un pueblo de creyentes, es cierto, pero también es el país donde un indio oaxaqueño que supo ser presidente tuvo la voluntad republicana y los arrestos para separar, con una hondura jurídica que honra al siglo XIX mexicano, al Estado de la Iglesia, aunque el presente se empeñe en derruir dicha heredad.
Semanas antes de su visita, el secretario de Gobernación (jefe de ministros), Miguel Angel Osorio Chong, sostuvo que la visita papal traería paz y tranquilidad a todos los mexicanos, suerte de plegaria encubierta que recuerda, en su cinismo o candidez, que la fe es una cuestión intransitiva, desde luego, puesto que para la desangrada realidad del país se necesitaría cuando menos del concurso de toda la artillería divina de un lugar como la India para articular una esperanza.
Es temprano todavía para saber si la visita de José Mario Bergoglio ocasionará mejoras efectivas en la vida de los mexicanos. Por lo pronto, los lugares por los que pasó –llámense calzadas, plazas, avenidas, estadios, capillas y hasta prisiones– contarán con el brillo de remodelaciones y mejoras hechas ex profeso para su visita: la fe mueve montañas, sobre todo cuando el capataz del Señor de los Cielos engalana los dominios
terrenales con su divina visita.
Sin embargo, la realidad acuciante de lugares como Veracruz, Guerrero y Tamaulipas, las terribles simulaciones que se llevan a cabo en nombre de una institucionalidad caduca y aparente y el estado general de sitio que rige en numerosos lugares de la república, donde la gente desaparece por centenas, el periodismo es una práctica mortal y campea un escandaloso índice de impunidad, obliga a tomar perspectiva para aceitar la crítica en contra de un actor político de primer nivel que representa a una institución conflictiva y vapuleada representativa para millones de personas y que por ese solo hecho debería haber honrado la tradición más noble emergida de América Latina: aquella que ha hecho de los menesterosos y excluidos de la tierra su principal estandarte y evangelio.

*Desde México.



Rafael Toriz*