ELOBSERVADOR CANNABIS MEDICINAL

Una madre que cultiva marihuana para su hijo

Esta semana se aprobó en la Cámara de Senadores la ley del uso de aceite cannábico con fines curativos. La fundadora de Mamá Cultiva Argentina, Valeria Lasech, describe cómo la sustancia incidió positivamente en su familia.

Protagonista. Valeria Lasech estuvo al frente de las gestiones con los legisladores que llevaron a la ley.
Protagonista. Valeria Lasech estuvo al frente de las gestiones con los legisladores que llevaron a la ley. Foto:mamá cultiva facebook

Pasado el mediodía del 4 de octubre de 2016 Valeria Lasech, espigada, movediza pero de paso firme, llegó al anexo del Congreso nacional. Su largo y negro cabello se confundía con la campera de igual color. Las oscuras ojeras delataban su cansancio. Con voz amorosa pero segura se dirigió a los legisladores de la Comisión de Salud:

—Que haya valido de algo todo el sufrimiento que pasamos.

Antes de ser la presidenta de la ONG Mamá Cultiva Argentina y de ponerse al hombro la causa de la despenalización del cultivo de cannabis, Valeria era ama de casa. Su vida quedó patas para arriba cuando a su hijo menor, Emiliano –hoy de 10 años–, le diagnosticaron autismo, además de sufrir convulsiones desde su nacimiento, como sucede con las personas que padecen autismo.

La explicación es que una condición complica la otra. Las descargas de las crisis epilépticas dificultaban su desarrollo cognitivo, lo atrasaban. La motricidad fina, indispensable para hacer movimientos con precisión, también se vio perjudicada. Emiliano, al igual que muchos chicos, no tenía un solo ataque al día. Podía tener cien o más.

Epilepsia refractaria. Valeria y su esposo, Jorge, nunca bajaron los brazos. Desde bebé, las visitas a neurólogos y psiquiatras fueron habituales. Pero los medicamentos no daban resultado. Emiliano es uno de los 60 mil pacientes con epilepsia refractaria del país. Los chicos son tratados como conejillos de Indias. El topiramato fue uno de los tantos anticonvulsivos probados en Emiliano, pero aumentaba la irritación propia del autismo. Con el corazón en la garganta, Valeria se preocupó.

—El neurólogo nos dijo “es normal” y le dio un antipsicótico para evitar que se golpeara.

Para noviembre de 2014, una noticia sorprendió a Valeria. La revista de cultura cannábica THC mostraba en la tapa a una mamá chilena, igual a ella, que con un grupo de padres se había organizado para buscar una alternativa para sus hijos con epilepsia, entre otros síndromes y enfermedades.

—Con los remedios indicados Emiliano no tenía convulsiones, pero era un nene que babeaba, que miraba la nada. Estaba dopadísimo –recuerda Valeria.


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Año 2737 a.C. Casi cinco mil años hay que retroceder para encontrar la primera mención sobre el uso terapéutico del cannabis. El emperador chino Shen Nung, conocido por probar en sí mismo las plantas que estudiaba, escribió en la farmacopea Pen Ts'ao: “El cáñamo –cannabis– tomado en exceso hace ver monstruos, pero si se usa largo tiempo puede comunicar con los espíritus y aligerar el cuerpo”.

Pese a su ancestral utilización, recién en Israel, durante los 60, surgió el interés por estudiar la composición del cannabis. Un profesor israelí, poco conocido en el mundo científico, de contextura pequeña y pícara sonrisa, se propuso averiguarlo. Su nombre, Raphael Mechoulam.

Las políticas prohibicionistas sobre el cultivo y los usos del cannabis regían desde la primera mitad del siglo XX. Pero en Israel era posible conseguirlo a través de la policía con permiso del Ministerio de Sanidad. En 1963, Mechoulam puso manos a la obra y realizó un viaje de 28 km en colectivo desde Rehovot, donde trabajaba en el instituto Weizmann, hasta Tel Aviv.

—Al regreso, subí al autobús y después de unos minutos la gente comenzó a preguntar qué era ese olor. Es un olor singular. Viajaba con cinco kilos de cannabis en mi maletín –dice el científico israelí en un documental.

Luego de varios meses, el trabajo de Mechoulam y su equipo dio sus frutos. Lograron extraer el elemento activo, el delta-9-tetrahidrocannabinol –conocido como THC–, y otros diez componentes. El estudio sentó las bases para probarlo en pacientes oncológicos, epilépticos, con Alzheimer, entre otros, aunque sólo pudo ensayarse en grupos pequeños.


THC. Sin embargo, el siguiente descubrimiento debió esperar veinte años. En la década del 80, en Saint Louis (EE.UU.), la doctora Allyn Howlett encontró el primer receptor humano de THC. Lo llamó receptor de cannabinoides tipo 1 (CB1). La sustancia activa del cannabis, el THC, funciona como una llave en el receptor-cerradura que descubrió Howlett.

El descubrimiento sacudió al mundo científico. ¿Por qué hay en el cerebro humano receptores de una sustancia que se fuma? La respuesta es: no están destinados al cannabis sino a un material producido por los humanos con una acción similar a la de la planta.


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En enero de 2016, Valeria tomó la decisión. Se había quedado sin anticonvulsivo, producto de las idas y vueltas que le exigían la obra social y la farmacia. Cansada de esa burocracia estéril, ese sábado se comunicó con un cannabicultor para conseguir el aceite. En su casa de Parque Patricios, Emiliano estaba en el comedor, frente a la televisión. Ella lo miraba. Pensaba qué iba a pasar. Respiró profundo. Se acercó a Emiliano, puso debajo de su lengua una gota del tamaño de un grano de arroz como antes había leído en la revista THC.

Atenta a Emiliano, vigiló su conducta. Pasaron los minutos y como nada la preocupó fue a la cocina a guardar el dosificador. Una carcajada la sorprendió. Sólo ella y Emiliano estaban allí.

—Emiliano estaba frente a la televisión. Miraba la tele. Se reía como nunca antes mirando los dibujitos –recuerda Valeria.

En ese momento, mientras la Pantera Rosa hacía de las suyas, Valeria supo qué era Mamá Cultiva Argentina. El contacto con Paulina Bobadilla, la mamá de la portada que la inspiró, le permitió conocer a otros padres en su situación.

—A mí no me enseñaron a quedarme con un saber y no compartirlo –se alzó Valeria en la presentación de la ONG el 7 de abril del mismo año.


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El aporte de la doctora Howlett prendió la lamparita en su colega israelí. Tras dos años de investigación, a comienzos de los 90, Mechoulam y su equipo encontraron el “cannabis humano”. Eran unas pocas gotas al final del tubo de ensayo, pero ahí estaba. Lo llamaron anandamida porque el prefijo “ananda” significa “dicha” en sánscrito.

Esta sustancia y el THC de la planta del cannabis cumplen funciones similares, como la protección de células, el aumento de la función inmune y la regulación tanto de la percepción de dolor como de las funciones cardiovasculares, gastrointestinales y hepáticas.

Mechoulam pudo corroborar su sospecha. La presencia de los receptores –CB1 predominantes en el cerebro y CB2 en el sistema inmunológico y el resto del cuerpo– y sustancias como la anandamida forman parte de un sistema complejo llamado endocannabinoide. Su principal función es la neurotransmisión, es decir la comunicación entre células no sólo en el cerebro sino también en los órganos y en los tejidos corporales.

Este sistema se ve afectado por la planta de cannabis. Luego de su consumo –mal allá del modo– los receptores se activan y se producen efectos generales en el organismo y no en un órgano particular como con el “cannabis humano”.


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Pasados seis meses del día que Emiliano probó el aceite de cannabis, ella ya no era una mamá enfermera sino una mamá cultiva.

—Tengo que hablar por ellos que no pueden hablar. Contar ese padecimiento tan innecesario –dice con energía Valeria a quien quiera escucharla.

Emiliano cambió. No se golpeaba contra las paredes ni se arrancaba las uñas. Las convulsiones siguieron bajo control. Aprendió a andar en bicicleta. Arma rompecabezas sin dificultad. Su terapeuta se sorprendió cuando en lugar de enojarse tomó las piezas y solucionó el juego rápidamente. El contacto con el entorno se había intensificado.

Ya sea invitada al escenario de recitales de rock o en el prime time de los noticieros, Valeria cuenta su historia. También la de la planta que no discrimina entre uso medicinal y recreativo. Incluso, si no fuera por los cannabicultores, muchos chicos hoy no tendrían aceite.

—Ver el brote con sus dos hojitas en el vasito es una de las cosas más hermosas que me pasaron en la vida –señala Valeria con la voz desgarrada.

Algunos pacientes con fibromialgia o Parkinson pueden cultivar y esperar a que la tierra dé sus frutos. Otros, como los oncológicos, no tienen tiempo. Cada día cuenta. Allí es donde la agrupación y los cultivadores no dan abasto.

La reciente sanción de la ley nacional y la incorporación del aceite de cannabis al vademécum de las obras sociales de Chubut, Santa Fe, Neuquén, Salta y Mendoza son un gran avance. Sin embargo, la ley no considera a la planta. Hasta que el Conicet y el INTA produzcan cannabis local para estudios científicos y para los laboratorios de producción pública, el aceite deberá importarse de Estados Unidos.

—Lo que me lleva a defender la planta con alma y vida es que vi a Emiliano, pero también vi otros cincuenta casos mucho más graves –agrega Valeria.

En menos de un año, estos padres pusieron la legalización del cannabis en el centro del debate, algo que las organizaciones de cannabicultores no habían logrado en décadas de trabajo. Pero la lucha no termina para Mamá Cultiva. Recién comienza.


Verónica Avendaño


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