EMPRESAS Y PROTAGONISTAS LIBRO / EL FÚTBOL VIOLENTO NO SE DA SÓLO EN LAS TRIBUNAS

Inadaptados del césped

En Violencia en el fútbol, José Garriga Zucal compila una serie de ensayos que intentan explicar y comprender el fenómeno de peleas que se suceden entre las barras de cada equipo. Pero estos hechos se han multiplicado en los campos de juego, como sucedió en el partido entre Gimnasia y Estudiantes. Aquí, un análisis sobre el papel y la cadena de responsabilidades de los actores, los medios de comunicación y el Estado.

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Foto:Cedoc Perfil
Retomamos, obstinadamente, la temática de la violencia en el fútbol. La terquedad que nos guía es el resultado de una doble certeza. Por un lado, esta problemática  continúa destacándose entre los temas más relevantes de la agenda social y política. Variadas razones justifican esta persistencia: los recurrentes incidentes en el mundo futbolístico que suman heridos y muertos a un extenso inventario, las incapacidades de la gestión de proyectar políticas públicas de prevención y las relaciones de estas formas de violencia con otros fenómenos problemáticos que golpean nuestra sociedad, como la adicción a las drogas, la violencia de género, etc. (…)
Se vuelve imprescindible empezar iluminando algunas particularidades de la noción de violencia (...) Ningún actor social acepta ser definido como violento, dada la ilegitimidad de ese rótulo, entonces, la clasificación de sujetos y acciones como violentas desnuda un campo de lucha por la significación y por la imputación de un estigma (Garriga y Noel 2010). La definición de qué es violento y qué no establece un campo de disputas entre actores diversos posicionados diferencialmente en una estructura de poder (Isla y Míguez 2003). (…)
Por estas razones, nuestro primer paso es desterrar de todo análisis un equívoco recurrente que sustenta algunos enfoques sobre la violencia en el fútbol. Ante cada hecho de violencia, los medios de comunicación y los funcionarios públicos ponen en escena un juego de luces y sombras que ilumina las prácticas violentas de unos pocos, culpándolos de las desgracias y desventuras que azotan los estadios, opacando –olvidando con más perversión que ingenuidad– las acciones de otros actores sociales. El resultado de esta operación es atribuir a las llamadas “barras bravas” todos los males del mundo del fútbol, invisibilizando otras formas de violencia. Los miembros de las “barras bravas” son uno de los tantos practicantes de acciones violentas en el mundo del fútbol. Los policías, los espectadores que no son parte de los grupos organizados, los periodistas y los jugadores, tienen, en diferentes dimensiones, prácticas violentas. Los “barras bravas”, como sostiene Alabarces (2004), son los únicos de estos actores que hacen de la violencia una marca positiva, ya que reafirman su identidad en la pelea, en la lucha, pero no son los únicos que tienen prácticas posibles de definir como violentas.
Esta reducción del fenómeno tiene muchas implicancias. Por un lado, invisibiliza las acciones de otros sujetos sociales, reduciendo el fenómeno violento y escamoteando su complejidad. La violencia en el fútbol no es, ante esos ojos, un enmarañado de actores y prácticas sino la sinrazón de unos pocos desequilibrados que “quieren arruinar la fiesta de todos”, como repetidas veces leemos o escuchamos en distintos medios. Por otro lado, el foco sobre las “barras bravas” construye un “otro” violento y anómalo, ante una multitud de espectadores correctamente adaptados. Gil (2002) señala que existe un “consenso general” que presenta a “los violentos” –los barras bravas– como unos pocos individuos que son identificados y “repudiados por todos”. Estos son los que hay que “erradicar” para que el fútbol sea la fiesta –pacífica y armónica– que era antes de su aparición. Esta imagen simplificada del fenómeno, dice Gil, esconde que la violencia es constitutiva e integral del ambiente del fútbol. Disimula otras violencias al señalar sólo uno de los responsables.
Entonces, se vuelve imprescindible cuando hablamos de violencia en el fútbol no reducir el fenómeno a las prácticas de unos pocos. Por ello, proponemos incorporar el plural a la noción de la violencia (Isla y Míguez 2003), para que desde ahora pensemos a la(s) violencia(s) en el fútbol, comprendiendo la diversidad de actores y representaciones. Este ejercicio devolverá al fenómeno violento su anchura, desterrando viejas y solidificadas ideas: “los violentos” son unos pocos y siempre los mismos. Trabajar sobre las violencias en el fútbol permitirá comprender una enmarañada matriz de actores y prácticas que quedan ocultas en las posiciones simplistas que iluminan siempre a los mismos como responsables de un todo que los supera ampliamente. Lejos está de nuestro interés negar el rol central que tienen las “barras bravas” en el fenómeno violento, buscamos, por el contrario, una comprensión más acabada que permita un abordaje profundo de un tema complejo.
Nuestra segunda meta es analizar la legitimidad de actos y representaciones para ver qué se define como violencia. En nuestra sociedad existen distintas apreciaciones sobre una misma acción y es necesario mostrarlas e indagar cómo unas se consolidan más legítimas que otras. Riches (1988) sostiene que lo que se define como violencia es la disputa por los sentidos entre la tríada: víctima, ejecutor y testigos. Estas disputas por la significación vinculan a actores que desde distintas ópticas pugnan por imponer sentidos y significados. Aquí es necesario pensar las tensiones que existen entre distintas legitimidades, entendiendo que muchas veces lo legítimo para una mayoría no lo es para todos. Una pelea entre “barras bravas” será definida como violenta por los testigos, pero no así por los contrincantes. Esta postura es fundamental para entender por qué luego de una pelea entre “barras” no existen denuncias judiciales: las partes enfrentadas saben de antemano cuáles son los posibles desenlaces de un enfrentamiento, acuerdan sobre la legitimidad de sus acciones. Además, los roles diferentes en las interacciones son sumamente relevantes a la hora de definir las acciones. Es así que la misma acción puede ser definida como violencia por un actor cuando es testigo, pero no cuando es ejecutor. Los ejecutores de prácticas definidas, por terceros, como violentas raras veces definen a sus acciones de esta forma ya que para ellos es legítima.
Entre algunos espectadores del fútbol que no son parte de las “barras bravas” acontecen muchas veces estas situaciones paradójicas: simultáneamente que afirman un rotundo “no a la violencia”, recuerdan con agrado su participación en varios disturbios o festejan el robo de banderas a un rival. Un doble discurso resultado de los múltiples mundos sociales en los que estos se ubican. Por un lado, participan de un discurso social que negativiza los actos violentos y, por otro lado, comparten en la tribuna un espacio donde la violencia posee un valor positivo. Estos espectadores no son esquizofrénicos, ni mucho menos, tienen definiciones contextuales sobre la violencia. Lo mismo acontece con los dirigentes, que ante los medios de prensa se encuentran ligados a las concepciones condenatorias de la violencia en el fútbol, pero en otros contextos muestran otras perspectivas sobre los mismos hechos.  
Siguiendo esta línea debemos mencionar que no todos los actores sociales están en igualdad de condiciones para imponer su visión del mundo y de la violencia. Si entendemos a la violencia como un campo de disputas por la significación de las prácticas debemos mencionar que, en él, los actores se encuentran en situaciones de poder diferentes, ya que no todos los significados tienen las mismas capacidades para volverse legítimos. Es necesario dar cuenta de quiénes, cómo y cuándo definen a ciertas prácticas como violentas. Existen instituciones y agentes sociales –las elites, los medios de comunicación, el Estado– que tienen más poder para definir qué es violencia y qué no. La ley es, sin duda, un poderoso instrumento para nutrir a las acciones de legitimidad. Aunque también es cierto que el efecto de la ley no ilegitima mágicamente las acciones que tienen validez. Podemos ver que la eficacia simbólica de la ley es mínima, que no tiene ningún manantial, que, por simple aparición en el Boletín Oficial, haga que la violencia desaparezca. Sólo unos pocos pueden creer que con una ley se solucionan problemas que tienen fundamentos sociales y raíces culturales. Las leyes persiguen la violencia en el fútbol –sólo un tipo de violencia– y logran detenciones, mas no pueden cambiar los valores legítimos que tiene la violencia entre sus actores. Las formas culturales que sustentan las violencias en el fútbol no pierden su legitimidad por ser ilegales. Para ejemplificar, no podemos dejar de mencionar que la cúpula de la “barra brava” de River y de Boca estuvieron presos –parece que las leyes funcionan–, pero no pudieron lograr que una innumerable cantidad de hinchas quieran ocupar el lugar vacante de esos líderes. Observamos que aquello que se define como violencia es el resultado de una matriz de relaciones sociales contextualmente determinadas. Los debates por los sentidos de la acción desnudan el carácter local-contextual de toda definición. Indican, también, que los sentidos de las prácticas violentas no pueden ser comprendidos de forma estática, sino como un fenómeno elaborado históricamente por cada grupo social.
Ahora bien, las diferentes posiciones se articulan en el mundo del fútbol construyendo un espacio, siempre inestable y cambiante, donde la violencia tiene gran legitimidad. En el fútbol argentino, la violencia, en sus diferentes formas, goza de una legitimidad extendida mucho más allá de los límites de la “barras bravas”. El fútbol se ha convertido en un espacio donde actores que rechazan las violencias en otros contextos aquí las aceptan, donde la muerte de un espectador rival es un horizonte posible y, a veces, deseable. Legitimidad compartida por muchos de los múltiples agentes que pululan por el mundo futbolístico y que queda oculta por el juego de luces y sombras que visibiliza las acciones violentas de unos y oculta tantas otras formas de violencia.
También esquivaremos (…) tres prejuicios que envuelven a las teorías vulgares sobre la violencia. Primero, analizaremos la ligazón que existe entre violencia y sin sentido. Sobrados argumentos tendrán los lectores para comprender los sentidos sociales de la violencia, significados que impiden sitiar a estas prácticas más allá de la razón. Las acciones violentas no son ejemplo de la sinrazón. Y más aún, descubriremos que estos sentidos son el resultado de múltiples causas imbricadas, que articulan por ejemplo, de forma compleja, razones materiales con dimensiones del honor y la identidad de género. La violencia en el fútbol es interpretada desde el sentido común, los medios de comunicación y las instituciones del Estado como ejemplo máximo de sinrazón e incivilización. Las dos concepciones se entrecruzan, la razón define al actor social de la sociedad civilizada. Civilización y razón son parte de un mismo argumento, cuyo resultado es ubicar a la sinrazón como particularidad que distingue al imperio de lo incivilizado. Este silogismo enlaza dos representaciones sobre los protagonistas de hechos violentos en el fútbol. Por un lado, son personificados como “irracionales”, “bestias” y “locos”; animalizados o interpretados como sujetos patológicos, son desplazados más allá de los límites de la razón. Por otro lado, y en continuidad con la primera interpretación, son concebidos como “bárbaros” o “salvajes”, alejados de la civilización. Los actores de hechos violentos aparecen como el testimonio de un pasado que se creía superado.
La violencia aparece como producto de una alteridad radical, distante del “nosotros” racional y civilizado, anomalía disruptiva del orden social que debe ser eliminada. La falta de razón es anómala y, por ende, también sus representaciones. Gambetearemos, entonces, la figuración de las acciones violentas como irracionales dando cuenta de los sentidos que tienen las prácticas para sus actores. Escudriñar sentidos nos nutre de herramientas para planificar políticas de prevención. Segundo, analizaremos la relación que se establece entre violencia y pobreza. Es común en la Argentina, entre los medios de comunicación y los encargados de la planificación de políticas públicas, imputar la violencia como un rasgo distintivo de los más pobres. Decíamos anteriormente que es imposible pensar que las prácticas violentas son una particularidad sólo de las “barras bravas” y debemos ahora afirmar que las acciones violentas no son una característica de los más pobres. Nuevamente un efecto de luces y sombras ilumina las prácticas de los sujetos más vulnerados, olvidando y dejando a resguardo las acciones de los más poderosos, quienes poseen el dominio de definir qué es violencia y qué no. (…) Sabemos que en la Argentina se arrojan piedras desde costosas plateas, que adinerados dirigentes de clubes amenazan con armas de fuego a simpatizantes rivales y que la composición social de las “barras bravas” es sumamente heterogénea. Eric Dunning (1993) apuntó que las acciones de los hooligans derivaban de la pobreza y las limitadas oportunidades culturales de los sectores más bajos de la clase trabajadora. La violencia era explicada por la composición social del público. Los trabajos de Armstrong y Giulianotti revelaban que la composición social de los hooligans británicos era diversa e imposible de reducir a un grupo social. Ese debate fue, en el caso argentino, retomado por Archetti (1992), indiscutido precursor, quien hace ya muchos años dio cuenta de que la violencia en el fútbol tiene varios actores y que los sentidos de sus prácticas están vinculados a otros tantos factores sociales. Por ello, es un mayúsculo error creer que sólo los más pobres son violentos. En el mundo del fútbol no todos los pobres protagonizan acciones violentas ni todos los que protagonizan acciones violentas son pobres.
Tercero, es necesario desnaturalizar la violencia. Los actores sociales que cometen hechos violentos en el mundo del fútbol lo hacen como parte de un entramado social complejo que legitima esas acciones en esos contextos. Estos actores, en otros contextos, actúan de otras formas, es decir, no es la violencia una particularidad natural sino una acción –legítima y válida– que, usada como recurso social, les permite ubicarse en un determinado espacio social.
Es sumamente relevante exhibir el traspié conceptual de los que transforman a los sujetos que consuman acciones violentas en “violentos”. Esta desacertada idea, sustentada en una concepción de la violencia como impulso irracional, impide toda política de prevención acabada al concebir a la violencia como una particularidad ontológica de sujetos que deben ser erradicados. Eliminar la violencia se transforma así, por ignorancia supina, en la política de eliminación de los “violentos” y no de las causas sociales y culturales que producen el accionar violento.

José Garriga Zucal (comp.)