ESPECTACULOS POR LA RECESIÓN, MENOS ESTRENOS

2017: la temporada cauta

En el año 2000, se vendían en los rubros teatro y música (en CABA) dos millones de entradas.

Reestrenos. Rottemberg analiza el 2017. Lizy Tagliani, Del otro lado de la cama y Casa Valentina en Mardel.
Reestrenos. Rottemberg analiza el 2017. Lizy Tagliani, Del otro lado de la cama y Casa Valentina en Mardel. Foto:cedoc

En el año 2000, se vendían en los rubros teatro y música (en CABA) dos millones de entradas. En 2001, el número cayó a 1.300.000. Desde 2002 en adelante comenzó a crecer, para llegar en 2005 a los dos millones de cinco años antes. De 2006 a 2011 subió la demanda hasta los tres millones al final de ese período, cantidad que llegó para amesetarse hasta 2015 inclusive.

Si a estos datos duros de venta de boletos se los comparara con las distintas etapas políticas y económicas del país, observaríamos que hay una simetría con el contexto general. Una especie de termómetro social medido en algo tangible como lo es la suma de bordereaux auditados por la entidad de empresarios teatrales y musicales. En el presente año, los datos conocidos indican una caída constante desde abril, similar a la mayoría de las actividades comerciales.

Así como el teatro siempre acompañó las épocas, tiene a su vez particularidades como cualquier otro rubro específico, variables propias. La principal es el acertar o no en el gusto del público. Siempre habrá éxitos y fracasos, aquí y en el mundo, sin depender de la coyuntura

general. Por eso es importante medir la macro de la actividad completa y no por los humores de cada protagonista, con una u otra mirada dependiendo de su boletería. Un ingrediente recurrente es el valor de las entradas. El teatro privado resulta de alto costo para muchos espectadores, a la vez que colisiona como valor insuficiente para quienes tienen que solventar el riesgo. En períodos de bolsillos con menos poder de compra se multiplican esos embudos, que desembocan coyunturalmente en menos compañías y salas cerradas.

Defino como “cauta” la temporada que se iniciará en 2017 a efectos de ser prudente. Es notoria la baja de títulos estreno con que empezará enero, resultado de menos producciones a la hora de apostar. Esa caída llega después de comprobarse una baja en la demanda previa. Con la misma lógica, en épocas de reactivación también tarda más en traducirse en carteleras jugosas.

Recuerdo las temporadas de mis inicios, más de cuarenta años atrás, en una incipiente Carlos Paz con algún título boyando en algún cine devenido en teatro de verano, y en Mar del Plata, cuna de un puñado de elegidos que hacían grandes recaudaciones. Eran pocos y se repartían lo que había, que era suficiente. En esa línea, es probable que en 2017 el promedio per cápita de espectáculo sea mejor que en la temporada pasada, por el simple hecho de la retracción de la oferta en escenarios, lo que incluye algunos sin programar.

En relación con esto último hay dos posturas a elegir: la mesa teatral más acotada, como sucederá este verano, o con más comensales, aun a riesgo de que algunos queden con hambre. En lo personal prefiero lo segundo: me gusta la mesa ampliada, lo que acarrea más propuestas artísticas como menú para el espectador y más fuentes de trabajo directas o indirectas que el teatro provoca.

Desde lo económico, esta actividad tiene rebote en otras colaterales. El teatro impulsa la cultura, la entrecruza con el esparcimiento familiar y es vehículo económico que traspasa a sus propios interesados. Por eso ya desde los años 50 datan leyes impositivas de fomento general para este menester.

En la interna del barrio teatral la cautela comenzó antes de conocerse la disminución del consumo de 2016. Algunos anunciamos en 2015 que la aparición de la promocionada Ley del Actor, más negativa por las falsedades y ofensas con que fue presentada que por su costo económico real, lograría hacer mella en el ánimo

de varios. Nuestra actividad, si bien está reglada por números, más lo está por el respeto entre sus hacedores. Cuando eso se rompe, ya no es lo mismo hacer teatro. Y, aunque parezca menor, afecta y mucho el fogonear cotidiano en este tipo de actividades cuya materia prima somos seres humanos. Debe quedar en claro que no se discuten aquí los derechos de acceso a la seguridad social de los actores, los mismos que no se exigen cuando éstos laboran en ámbitos públicos. Un despropósito que

se inscribe como desigualdad en una profesión artesanal que, mal que les pese a algunos, es distinta a otras industriales. No diferenciar eso es no conocer de qué

se trata. Llamar cauta a la temporada teatral que se iniciará en enero deja abierto el camino para definirla durante el año según el rumbo que tome.

El corazón guarda el anhelo de procesos de mejoras y crecimiento para toda la ciudadanía, hacedores de teatro incluidos.

La cabeza, por el momento, detecta que en el teatro de la vida viene ganando el drama sobre la comedia.


*Empresario teatral, dueño de las salas Multiteatro, Liceo y Tabarís, y en Mar del Plata de América, Atlas, Mar del Plata, Neptuno, Bristol y Lido.



Carlos Rottemberg