ESPECTACULOS BRECHT Y EL PODER


Bienvenidos al futuro

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Foto:Ernesto Donegana / prensa teatro Colon

En el arte, el camino tiene que ser individual. La expresión es la medida de todas las cosas: la forma de ver el mundo, la manera en que la “realidad” se percibe. Cuando uno emprende el camino artístico, esa mirada es la que tiene que emerger, esa percepción es la que tiene que afinarse para poder dar cuenta de “lo que está ahí”. No hay fórmulas, no hay calles de dirección única para poder “llegar”. Es claro que uno sume o quiera parecerse o imite descaradamente lo que tiene enfrente o lo que cree “artístico”: pero todos estos supuestos atajos son necesarios para poder llegar a conocer la voz propia. Una vez que esa voz apareció será muy difícil desoírla: ahí está dando cuenta de la singularidad. Después vendrá la dura batalla por defenderla, por encontrar el espacio para que esa vez se exprese y no deje de ser singular.
Mi formación musical no es académica. Tengo una enorme y temprana fascinación por la música, que recorre e impulsa mi trabajo. Muchas veces leo las obras como partituras de sonido. El texto es una suerte de escritura silenciosa (muchas veces codificada) como lo es la música. Y el escenario es el espacio en donde esa “música” debe oírse. Muchas veces es el escenario el que dicta los ritmos y las líneas de sonido que pueden escucharse.
Cuando escribo, pienso en términos musicales: siempre. Pienso mi escritura como una transcripción –en términos de lenguaje– de ciertos procedimientos de escritura musical. Así me sucedió en la puesta en escena que llevé adelante en Mannheim de La ópera de tres centavos, texto canónico de Bertolt Brecht en donde la propia mirada tenía que compartir terreno con el lenguaje musical.
Creo –como lo expresó Heiner Müller– que utilizar a Brecht sin criticarlo es traición. Y, como los herederos están empeñados en que no se lo critique, el trabajo se vuelve más arduo y recae –necesariamente– sobre las áreas no textuales del trabajo. En La ópera de tres centavos están presentes todos y cada uno de los tópicos del teatro musical (ópera, melodrama, cabaret, music-hall) y ese motor –el de la música– es el que catapultó a la fama a la pieza. La extraordinaria unión de aquellas letras (de una virulencia inusitada para el momento) con las melodías creadas por Weill arrojó a territorio de sombras los conflictos morales y de clase que la pieza presenta. La crítica al capitalismo que Brecht propone –incluso aquella que con cierto cinismo se ejerce sobre los géneros de “diversión” que la propia burguesía consume– es devorada por la omnívora presencia musical. El desafío de cualquier montaje de este material es poder encontrar un equilibrio entre esas dos fuerzas. Y la manera en que el relato pueda empatarse con la música es traerlo decididamente a nuestros días permitiendo un fenómeno de reconocimiento sobre los personajes y separándolos de los intentos de ficción decimonónica (Brecht ubica la acción en un Londres eminentemente dickensiano en donde el capitalismo hace sus primeras y violentas armas) y esta decisión no es gratuita: algo hay en ese imaginario dickensiano que está próximo a la sensibilidad de la época en la que Brecht estrena su pieza.
Hoy es necesario replantearse esa ubicación (aunque se conserve el relato, la imagen debe ser otra). Mackie Messer está hoy más cerca de alguien como Macri que de un gángster hollywoodense.
El cinismo ha ganado todas las batallas y en eso la pieza de Brecht ha envejecido.
La manipulación que estos personajes del poder parecían narrar ayer en forma de fábula hoy llevan claramente los rasgos de una pieza nihilista.
No hay salida para este sistema más que su radicalización.
Eso lo supo entrever Brecht cuando ocho años más tarde, en su Novela de los tres centavos, le hace decir a Mackie Messer: “En mi opinión, y es la opinión de un hombre de negocios que trabaja en serio, no tenemos en la cumbre del Estado a las gentes apropiadas. Todos pertenecen a algún partido, y los partidos son egoístas. Su punto de vista es unilateral. Necesitamos hombres que, como nosotros los negociantes, estén por encima de los partidos. Nosotros vendemos nuestra mercancía a pobres y a ricos. Le vendemos a cualquiera, sin excepción, una bolsa de papas o le instalamos una línea eléctrica. La dirección del Estado es una tarea moral. Hay que conseguir que los empresarios sean buenos empresarios, los empleados buenos empleados, en suma: que los ricos sean buenos ricos y los pobres buenos pobres. Estoy convencido de que llegará el tiempo de semejante gestión de Estado. A mí me contará entre sus partidarios”.
Bienvenidos al futuro.

*Nombrado director del Teatro Nacional Cervantes para 2017. Director y autor teatral. Dirige el espectáculo Patricio Contreras dice Nicanor Parra, los viernes a las 20 en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543, CABA).



Alejandro Tantanian