ESPECTACULOS OTRO TIEMPO, OTRO ESPACIO


Como espectador adoro las películas incompletas

La luz incidente propone un viaje en el tiempo, a la búsqueda de una hipótesis sobre un posible pasado familiar.

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La luz incidente propone un viaje en el tiempo, a la búsqueda de una hipótesis sobre un posible pasado familiar. Es una película que necesitaba hacer para intentar comprender y procesar todo un universo de conjeturas que me acompañan desde mi infancia.

Sin embargo, durante los más de seis años que duró el proceso de hacerla, tenía un profundo temor: independientemente de mi necesidad, temía si este viaje podría ser de interés para otros, y dado lo singular que en este relato se contaba, si el espectador podría identificarse con sus protagonistas y, en definitiva, habilitarlos.

Cuando se apagaron por primera vez las luces de la sala, dando comienzo a la primera proyección pública de La luz incidente, me temblaba el cuerpo. Aquel temor estaba más vivo que nunca y lo acompañaba un enorme pudor. Todos los elementos que ahí se estaban desplegando pertenecían a un mundo privado y, repentinamente, sentí que nunca deberían haber salido de ahí.

Cuando las luces se volvieron a encender, algo extraño sucedió: muchos espectadores dejaban sus butacas, pero no se iban. Se agruparon alrededor de donde yo estaba y comenzaron a hacer una improvisada fila: alguno querría saludarme –pensé–, felicitarme, quizás, pero empecé a darme cuenta de que sobre todo querían contarme algo: algún evento de sus propias vidas y cómo la película los había conectado con ese recuerdo, con esa memoria de su propio pasado personal, familiar.

Quizás podrán imaginar lo conmovedor y gratificante que fue comprobar que los espectadores podían realizar –cada uno a su modo– un proceso introspectivo similar al que yo he atravesado al hacer la película. No imaginé que fuera posible un acto de comunión tan hermoso.

Desde aquel día pasaron muchas proyecciones en muchos países. Y sin embargo, no puedo dejar de sentirme conmovido cada vez que un espectador se me acerca a contarme sobre su propia historia personal o familiar. Porque entiendo que, además, es un acto de solidaridad y un modo de hacerme sentir acompañado en esa intimidad que el film propone.

La película nos instala rápidamente en una realidad desconocida. Otro tiempo, otro espacio.
Una familia, un departamento, vestigios que se intuyen de un pasado que no termina de revelarse cabalmente. La película invita al espectador a completar lo faltante, y es quizás en ese movimiento de participación que se realiza el fenómeno, el acto de magia: lentamente vamos comprendiendo que ese tiempo y ese espacio empiezan a resultarnos familiares: están dentro de nosotros. En algún lugar de nuestra memoria.

Como espectador, adoro las películas incompletas. Las películas que me permiten a mí determinar exactamente de qué tratan. Considero que el espectador debe ser participado del hecho cinematográfico de una manera activa y teniendo en cuenta su capacidad intelectual, sensorial y emocional, como un elemento más de la obra. Así, una película podrá ser el vehículo para que alrededor de ella haya tantas hipótesis como espectadores posibles. Así, cada uno podrá terminar de armar dentro de sí cuál es el sentido que el film le propone.

He tenido devoluciones hermosas, y absolutamente contrapuestas, sobre mi propia película.
Hubo espectadores que vieron en ella una hipótesis que no fue la mía al hacerla. He recibido comentarios sobre situaciones que –al parecer– la película sugiere, pero que no fueron siquiera filmadas. Cada uno es dueño de su imaginario. El espectador valorado y compartido del proceso creador es mil veces más virtuoso que lo que nuestra limitada imaginación le propone.

Para que esta suerte de simbiosis tenga lugar, la película debe, en todos sus aspectos, permitir que el espectador participe, imagine y haga conjeturas. Para ello, desde los aspectos formales, visuales y sonoros intento –ante todo– no distraer su atención con elementos superficiales, que le dificulten realizar el viaje de descubrimiento que la película propone. Me gusta que la puesta en escena y la puesta de cámara sean austeras. Que la ambientación sea meticulosa pero despojada. Me gusta pensar el vestuario como un uniforme, que aun variando entre escenas se perciba como un todo que forma parte de la idiosincrasia del personaje. En definitiva, que no haya elementos exógenos que se destaquen por sobre el relato, que no llamen la atención por sobre lo que en definitiva quizás sea el núcleo conductor de esta película: ¿qué está sucediendo, que está pasando, cuáles son las batallas que se están librando en el interior de su protagonista?

*Director, productor, guionista de La luz incidente, El otro y Sólo por hoy, entre otras películas.

Ariel Rotter