ESPECTACULOS TEATRO

Con los títeres en casa

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Foto:Gentileza Mangani

Con Ariel Bufano, pareja y trabajo empezaron juntos. Fueron dos vidas entrelazadas. No puedo decir cómo habría sido de otro modo. Desde el comienzo, hicimos proyectos para trabajar en teatro y títeres sin plantearnos siquiera si había otra manera. Teníamos tareas diferentes en la docencia, aunque coincidíamos en algunas instituciones. Pero en lo referente a lo teatral compartimos totalmente la aventura. Nuestra vida familiar estaba totalmente atravesada por la pasión que sentíamos por el teatro. Los personajes, las ideas de las puestas en escena, los textos, los conflictos, eran casi excluyentemente el tema de nuestra cotidianidad. Discutíamos, coincidíamos, nos peleábamos, llegábamos a decisiones, con entusiasmo, con rigor. A veces fue demasiado. Quizás porque éramos muy jóvenes cuando todo comenzó y nos iba la vida en el ello.

Tengo, con quien fue mi segundo marido, dos hijos: Gabriel –actualmente conocido como Vicentico, compositor– y Ariadna –actriz, titiritera, directora–. Cuando formamos una familia con Ariel, los niños se criaron en medio de los títeres, de la madera, del telgopor, de la cartapesta y del papel maché. De los ensayos y de las funciones. La nuestra era una casa fábrica. Mientras fueron pequeños, los llevábamos con nosotros cuando hacíamos funciones a la tarde en los diferentes teatros. Y a veces, también por la noche. Años más tarde, cuando entramos al Teatro San Martín, ya eran adolescentes, así que sólo venían a ver las funciones. Nunca sabré cómo lo vivieron en lo profundo de su vida emocional. Yo era extremadamente joven y creía que lo sabía todo. Estaba convencida de que lo pasaban bien. Hoy, tan lejos de aquella época, me doy cuenta de que en realidad nunca supe verdaderamente si lo sufrían o si lo disfrutaban. Ambos se convirtieron en artistas, así que deben haberlo vivido, por lo menos, como algo inexorable.

A menudo reflexiono sobre el fenómeno de la vocación, porque me resulta misterioso. Veo familias de médicos, de abogados, de músicos… ¿Es decisión libre o es la influencia del mundo conocido? Yo tengo dos profesiones: el teatro y la música. Me formé en ambas desde la niñez. Pienso en las elecciones profesionales de mis hijos. ¿Habré influido en ellos voluntariamente, o impregné sus almas de modo inconsciente mientras crecían en mi vientre? Les he cantado desde que nacieron innumerables canciones a la hora de dormir. Vivieron en un hogar teatrero. Recibieron formación musical desde muy pequeños. Estudiaron teatro, y en el caso de Ariadna es su carrera académica. También soy docente de toda la vida y mi hija también lo es. Gabriel se destacó también en las artes plásticas desde la escuela y los dos concurrieron al taller de pintura con una profesora, Ana Perrota, que todavía los ama. Ariel era un gran dibujante. Y siguen los interrogantes…

Pasaron más de cuarenta años desde aquellos comienzos y avanza el destino de aquel proyecto. Ya pasaron treinta y ocho años desde la creación del Grupo de Titiriteros. El prestigio ganado, en el país y en el exterior, por el elenco y por la escuela, ambos únicos en su género, hizo que en las gestiones posteriores a Kive Staiff, un visionario y un creador, respetaran y mantuvieran el trabajo del grupo.

Algunas gestiones lo valoraron más que otras. Pasaron muchas. No puedo dejar de nombrar la gestión de Eduardo Rovner, quien amó el arte de los títeres e impulsó entusiastamente nuestro trabajo. El Grupo de Titiriteros es hoy una pertenencia de la Ciudad. Hoy por hoy en el imaginario de los vecinos, el grupo tiene un nombre: se lo llama “Los títeres del San Martín”. Los padres, que de pequeños se criaron viendo nuestros espectáculos, ahora traen a sus hijos. Quiérase o no, el fruto de tantos años de buena tarea excede el paso de los distintos momentos políticos y administrativos.

La condición de cuerpo estable, sostenida por un salario y un espacio de pertenencia, le permite al grupo profundizar, aprender, y desarrollarse en el arte de los títeres, innovar, y atreverse a proponer estéticas diferentes, porque también los creadores de los espectáculos son muchos y diversos.

Durante treinta y ocho años, el Grupo de Titiriteros genera producciones emblemáticas que han sido llevadas en gira por el mundo y por la Argentina. Pero su importancia va más allá de sus espectáculos. Su presencia opera como un centro de formación de artistas que se van desprendiendo del grupo de origen y diseñan novedosas estéticas, constituyéndose igualmente en fuertes propagadores de tendencias. Y, a pesar de las interesantes diferencias que los caracterizan, los grupos formados en el seno del Teatro San Martín se distinguen siempre por la inconfundible impronta de profesionalidad adquirida en su matriz de origen.

 

*Directora del Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín, compañía que estrena, el 30 de mayo, Un marciano en La Boca, de Fernando Morando, en el Teatro Regio.



Adelaida Mangani