ESPECTACULOS TELEVISION

De la torre de marfil al jardín de bronce

Gustavo Malajovich

Historia. El guionista probó suerte en la prosa con la novela El jardín de bronce, que luego fue adaptada por HBO y Pol-ka. Se puede ver desde el domingo pasado en la señal de cable y en HBO Go.
Historia. El guionista probó suerte en la prosa con la novela El jardín de bronce, que luego fue adaptada por HBO y Pol-ka. Se puede ver desde el domingo pasado en la señal de cable y en HBO Go. Foto:hbo

“No sé lo que vendrá, pero sea lo que sea, iré hacia eso riendo”

Starbuck, Moby Dick.


En la pared del rincón en donde escribo, tengo un pequeño altar con tres retratos: Ben Hetch, Leigh Brackett y Joseph Mankiewicz, mis tres guionistas favoritos. Hace unos años, miré esas caras y les pregunté: “¿Escribo la novela?”. Y tres pares de ojos me contestaron: “¿Por qué no?”.

En otro rincón, junto a una foto de Orson Welles interpretando al padre Mapple en la versión fílmica de Moby Dick, está la frase que sirve de acápite a esta breve nota. Con eso tuve suficiente. Iba a escribir una novela. Y no sabía adónde me llevaría eso. Y tampoco sabía, si vamos al caso, si iría hacia eso riendo. Pero hacia allí me dirigía, de eso no había dudas.

Días antes, Marcelo Panozzo me había contactado porque un amigo común, Sergio Wolf, le había contado que yo tenía una idea para una serie de novelas policiales.

Por un momento me quedé perplejo. Yo tenía (tengo) muchas ideas, guardadas en archivos de PC, en libretas, en papeles sueltos casi perdidos. Pero ante más precisiones, supe enseguida de qué idea me hablaba, porque la tenía rondando en la cabeza desde hacía tiempo, y las ideas no dejan de moverse en la mente, no importa si no se anotan, porque nunca se pierden. Era una idea muy simple de enunciar: “Un padre pierde a su hija de cuatro años en el subte, no logra encontrarla, pasan días, la angustia crece. La niña no aparece. El padre, con horror, entiende que a su hija no la perdió, se la llevaron. Y también entiende pronto que nadie en el mundo podrá ayudarlo. Que sólo él deberá buscar a su hija”. Ese era el planteo, y yo le completé a Panozzo toda la historia hasta el final y la idea lo convenció inmediatamente. Muy pocas veces logramos el milagro de tener una idea contundente y completa que pueda contarse con tres frases en una mesa de café. A mí se me había dado. Un editor me proponía escribir una novela. ¿Podía hacerlo?

Es por eso que interrogué a mis tres ángeles tutelares, que me contestaron sin dudar. Ellos no dudaron desde su limbo de próceres, pero yo sí. Yo tenía que escribir una novela.

Yo soy un hombre tardío y que se ha postergado a sí mismo. Escribir literatura era una postergación. Yo era guionista, no escritor. Tenía que arrancar yendo a lo seguro. Y lo seguro fue preparar un tratamiento previo de cincuenta carillas. Como si fuese un gran largometraje. Hasta ahí, utilicé los recursos del oficio ya aprendido.

Luego me lancé a la pileta y escribí la novela. El jardín de bronce vio la luz.

Intenté buscar una voz propia en la novela, sin saber que muchos escritores prueban con muchas novelas hasta encontrar esa voz. Me hacía las preguntas de rigor: ¿Cuál es el punto de vista a elegir? ¿Cuánto de monólogo interno debe haber? ¿Cuánto de descripciones? ¿En qué momento dejamos el planteo inicial y entramos en el desarrollo del conflicto? Esas y otras preguntas trabaron la escritura durante un tiempo, hasta que no hubo más remedio que jugarse y escribir. Y lo hice. Y luego esperé, con una expectativa que bordeaba la angustia. Y la respuesta fue inesperada: a mi editor, a los lectores, la novelas los atrapaba, los divertía, los movilizaba. Tuve que aceptar que me había salido bastante bien.

Uno de esos lectores, Diego Andrasnik, consideró que había una historia para ser llevada a serie de TV. Nuevamente se pone en escena la variable escritor-guionista. El escritor trabaja en la famosa torre de marfil. El guionista debe bajar de esa torre, abandonar la soledad y someterse a la colaboración obligada. El guionista debe entregar su trabajo a un taller lleno de orfebres, que construirán algo nuevo.

Y así sucedió. Entrar a un set en donde 200 personas trabajan para llevar a la pantalla algo que uno escribió, ver a actores, directores, fotógrafos, diseñadores, empapados en los personajes que uno creó, es una sensación muy singular, difícil de definir. Diría que uno siente que ya no está solo.  

El presente me encuentra con una serie a punto de ser estrenada por HBO. Sí, HBO. La de The Wire, Deadwood, True Detective. Ahora habrá que agregarle El jardín de bronce. Trato de no pensar demasiado en eso, pero a esta altura estoy asumiendo que algo sé de este oficio. Seré tardío, pero escritor y guionista al fin. Y mucha gente vio

eso antes de que yo mismo lo viera.   

Incluso mis queridos Hetch, Brackett y Mankiewicz, que me siguen mirando desde sus retratos como diciendo: “¿Por qué no?”.

Y yo sigo adelante inspirado en el espíritu de un arponero de ficción, que se encaminaba a las fauces de la gran ballena blanca asesina riendo, burlándose y desafiando al destino.

Hacia allí voy.


*Arquietcto, profesor, escritor y guionista.