ESPECTACULOS EN PRIMERA PERSONA

El adiós infinito a un amigo admirado

El CEO de Editorial Perfil retrata su sentir por la muerte de Sergio Renán a través de la ceremonia de los encuentros compartidos –siempre en torno a una mesa de restaurante–, una vez por mes, a lo largo de dos décadas. Cine, política, literatura, el éxito y La tregua.

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Foto:Cedoc

Teníamos una rutina desde hace 20 años cuando nos hicimos amigos: juntarnos a comer casi una vez por mes. Descontados los viajes, las vacaciones y las enfermedades, acumulamos centenas de horas de largas conversaciones sin agenda, sin mujeres, ni nadie que nos distrajera de la pasión común: el conocimiento y lo que cada uno podía aportarle al otro de su propia experiencia. Su única distracción eran los postres de los que no se privó nunca a pesar de sus achaques físicos. Comenzamos en el restaurante Tomo I porque quedaba enfrente del Teatro Colón cuando él lo dirigía y por esa época la redacción de la revista Noticias estaba a dos cuadras del Obelisco, en la Avenida Corrientes. Pasamos luego el restaurante del Caesar’s Park en la calle Posadas porque quedaba a una cuadra de donde cada uno vivía. Y desde que se inauguró el hotel del Palacio Duhau, debido al buffet de dulces de su restaurante italiano, nos mudamos allí. Nuestra mesa era siempre la misma: la segunda al centro desde la entrada por la calle Posadas, siempre a las 21,15; siempre los dos largábamos con un libro para seguir leyendo en caso de que el otro se retrasara, pero siempre los dos éramos puntualísimos.

Durante la recuperación de su última operación de garganta alteramos brevemente nuestra rutina por un café en el mismo lugar. Pero el bar del Palacio Duhau está sobre la Avenida Alvear, del otro lado del hotel, y no siendo ya a la noche el tránsito me hizo llegar tarde una vez. Preocupado y agitado por la descortesía con el recién operado, le pregunto a la recepcionista del bar: “¿Ya llegó Renán?” y ella me responde: “Disculpe, pero no conozco quién es Renán”. Un mes de psicoanálisis me costó esa respuesta. La recepcionista era muy joven, quizás tenía hasta menos de 20 años, no muchos más que los que yo tenía cuando Sergio filmó La tregua y yo terminaba el colegio secundario, pero aun así yo ya sabía quién era Renán.

“Disculpe, pero no conozco quién es Renán”, quedó resonando en mi mente como una señal del paso del tiempo (también de las costumbres: el cine ya no representa lo mismo) y la negación humana a reconocerlo hasta que algún choque con la realidad nos hace tomar conciencia. En nuestras conversaciones con Sergio el tiempo era un tema omnipresente, apesadumbrado me contaba que en sociedades como la alemana (no sólo tratan mejor a los pobres) se seguían estrenando películas de directores con más de setenta años mientras que en la Argentina ya ningún productor quería arriesgar su capital en la perspectiva de un director de cierta edad. Por ejemplo Herzog continuaba generando en Alemania una película y documental por año mientras que después del escaso público y mala crítica que recibió su última película Tres de corazones, basada en un cuento de Juan José Saer, entrenada en 2007, Sergio no volvió a filmar más.

Lo amargaba también la evolución de la política argentina, no leía los diarios durante la semana para no deprimirse y sólo sábados y domingo recibía PERFIL y la revista Noticias (su “dosis máxima”) en parte por afecto. Sergio fue el padrino del suplemento cultural de este diario y su primer fan desde su fallido primer lanzamiento en 1998. Justo vino a morir al cumplir mil ediciones.

A Sergio le interesaba mucho la política pero sufría porque en su círculo social el antikirchnerismo era tan virulento como fanático el kirchnerismo en parte de su círculo artístico. Y él, un socialista de los de antes, en ambas posiciones se sentía incómodo.
Su refugio fue el recuerdo, en nuestra última comida me hablaba con felicidad del aniversario 40º de La tregua y me contaba que cuando la nominaron al Oscar al caminar por la calle los taxistas le tocaban bocina y levantaban el pulgar porque en 1975 que una película argentina llegara a Hollywood se vivía como ganar una campeonato mundial de fútbol. Su refugio más productivo fue el teatro y su despedida: la puesta de la ópera El elixir de amor hace pocas semanas en el Teatro Colón, fue un regalo a los espectadores que aplaudimos de pie pero que él no pudo ver.
Con agradecimiento eterno, guardo para siempre toda su sabiduría.



Jorge Fontevecchia