ESPECTACULOS VINCENT LINDON

“El celular es el fin del cine”

El actor ganador de la Palma de Oro en la última edición de Cannes acaba de estrenar El precio de un hombre. Reflexiona sobre los modos de distribución e insiste en que hay otras películas posibles.

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El precio de un hombre es la película que le brindó al francés Vincent Lindon la Palma de Oro al Mejor Actor en el último Cannes. Fue novio de Carolina de Mónaco, ha sido un rostro de esos invencibles del cine francés contemporáneo (Algunos días conmigo, Betty Blue, en una filmografía con más de sesenta trabajos) y pasó por Argentina, por la Semana de Cine de Cannes. Lindon (56 años) se define con firmeza, con una voz poderosa y francesa, con convicciones dignas de un cine más salvaje (ese que él representa con fiereza, con bronca, con ganas de patear la mesa en la que hablamos): “No tengo idea de qué tipo de actor soy. No me interesa la imagen. Yo soy yo, mi presente. Cuando me preguntan con qué director me gustaría trabajar, ni entiendo la pregunta. No me gusta perder un segundo del presente a punta de la especulación. Prefiero leer guiones que me mandan. A uno le importa aquello a lo que le tiene miedo. Una estrella de la calle que no quiere ser reconocida se viste para ser reconocida, por ejemplo. No reflexiono ni en mi imagen ni en lo que yo represento.”
—¿Son difíciles de conseguir esas historias?
—Tu pregunta sería: ¿qué es lo que está mal con el cine actual? Pequeños detalles. Tendría que haber una ley por la cual en todos los países se pasaran las películas en su lengua original con subtítulos. Obligaría a la juventud de cada país a saber leer, por lo menos. Y si no saben leer, no la pueden ver. También ayudaría a las faltas de ortografía y estarían escribiendo menos estupideces en sus aparatos.
—¿Pensás que hay un problemas con los modos de exhibición de las películas, entonces?
—Habría que ponerles un impuesto a los cines sobre el 20% de las golosinas que vendan. El film termina siendo un soporte para vender esos productos, donde están las ganancias. Y deberían pasar por el Ministerio de Salud, hacer una asociación cultura-salud, que deje claro cínicamente que hace daño, que genera caries, que es malo para un chico. Con ese 20% se podría ayudar a los jóvenes cineastas a hacer filmes, ayudar a la producción. Habría que prohibir, cuando hay un tanque de Hollywood, que lo pasen en paralelo en tres salas de cine de un mismo complejo. Y millones de cosas como ésas. Pero tampoco creer que somos ministros de Cultura. Pero saber reclamar es importante. No puede quedarse ahí esa molestia.
—Una película como en la que actuás ayuda a reflexionar sobre la realidad. Uno podría decir que todas las películas funcionan así. ¿En este momento eso sucede?
—No tanto en el cine. No. Es el celular. Estar conectados. La gente no reflexiona. Reacciona. Ya. Alguno recibe un mensaje de su pareja, un mensaje un poco duro, y ya empieza a reaccionar. Sin terminar de leer, sin analizar entre líneas. Los medios son médiums. Llega una información y no importa la información sino cuántos seguidores va a tener. Hay actores o artistas que actúan como imbéciles o poseen coeficiente bajo, que tienen millones de seguidores en Twitter o Facebook. Internet es formidable porque se puede encontrar mucha información, dicen: desde que existe internet, los jóvenes están menos informados que nunca. Lo aprovechamos aquellos que ya teníamos la costumbre de informarnos con papel. Algo similar sucede con el cine. Algunos quieren ver todo, y otros no.

 

“Hay que reclamar por el cine que no llega”

—¿Qué tipo de historias te acercan al cine después de tantos años?
—Una historia formidable, que detrás de la pequeña historia, haya una gran historia. Hay dos pisos, no sólo un film que cuenta esta historia precisa, sino que nos lleve a un lugar de reflexión.
—¿Qué podría hacerse, considerando que muchas de las películas sobre las que hablaste no se estrenan en nuestro país?
—El cine de Trapero, por ejemplo, sí se estrena. Aquí en Argentina es cine que queda entre lo más visto del año. Entiendo tu punto, pero lo mismo pasa en el mundo entero. Diez salas para tanques de Hollywood, una para una extranjera y otra para el cine local.
—¿Qué se puede hacer en ese sentido?
—Molestar a los ministros de Cultura. Reglamentar. Ayudar a que el cine sea ecuánime. Porque mejora a la gente.
—¿Creés que este escenario puede cambiar?
—No sé, también creo que es importante tomar el mundo un poco por las astas. Entender que no podemos simplemente quejarnos.



Juan Manuel Domínguez