ESPECTACULOS ANDRE RIEU

El difícil arte de popularizar lo clásico

El músico, que lanzó el DVD Amor en Venecia, explica cómo hizo para masificar la música clásica a niveles que parecían monopolio de las estrellas del pop.

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Foto:Cedoc Perfil
Las cifras lo certifican de manera elocuente: con sus 40 millones de discos y DVD vendidos, André Rieu ha transformado la música clásica en un fenómeno comercial de una magnitud que parecía monopolizada por las estrellas del pop. Está casi confirmado que el extravagante violinista y director de orquesta holandés regresará en octubre del año próximo para presentar el repertorio de Amor en Venecia, un DVD que acaba de ser lanzado en el país e incluye clásicos de la música italiana como O sole mio, Volare y Santa Lucia, además de composiciones de Jacques Offenbach y Johann Strauss. A los 65 años, Rieu es una figura reconocida internacionalmente pero también es motivo de disputa: así como tiene miles de fans que lo celebran, puristas y buena parte de la crítica especializada lo detestan. Sus estrategias, de todos modos, son efectivas y variadas: en sus shows, es capaz de tocar un vals compuesto por Anthony Hopkins, reproducir a escala real el castillo imperial Schönbrunn y hacer bailar desenfrenadamente a los músicos de su numerosa orquesta. Desde que en 2004 se hizo famoso gracias al suceso del disco Strauss & Co, no ha parado de crecer: tiene más de un millón y medio de fans en Facebook, recibió el título de Caballero de la Orden del Arte y de las Letras en Francia y logró que un vals de Dmitri Shostakovich se convirtiera en el himno de uno de los equipos más populares de su país, el Ajax de Amsterdam.
—¿Cuáles son sus objetivos como artista?
—Para mí, el placer de la vida está en el detalle. Soy un perfeccionista. Eso casi siempre es una dificultad: nunca quedo del todo conforme con el trabajo. Pero trabajo de esa manera.
—¿Es muy riguroso con sus músicos?
—Soy riguroso, pero mis músicos son muy aplicados. Muchos de ellos han trabajado conmigo en los últimos veinticinco años, ya nos conocemos muy bien.
—¿Qué tuvo que sacrificar para llevar esta vida dedicada a la música?
—No he tenido que dejar de lado demasiado, para ser honesto. Tuve las cosas bastante fáciles, dado que toda mi familia se ha dedicado a la música: mis padres, mis hermanos, mi mujer y uno de mis dos hijos. Tengo mucho trabajo, pero también suficiente tiempo libre.
—Usted es hoy una gran estrella. ¿Siente que a veces puede caer en el egocentrismo?
—Cuando mi padre era director de orquesta, trabajaba con Rostropovich. Y Rostropovich siempre andaba con un ayudante que cargaba su violín. Yo nunca hice algo así, por ejemplo. A mí me gusta trabajar en equipo. Viajo con mis músicos, soy amigo de muchos de ellos, me involucro con la gente con la que trabajo. Y tengo un compromiso con mi mujer, Marjorie: si hablo sólo de mí mismo en una entrevista, ella tiene el derecho de interrumpirla (risas).
—¿Cuál es la historia del famoso Stradivarius con el que toca?
—Mucha gente ve el Stradivarius como un dios, pero para mí es simplemente un violín. Lo compré aquí en Holanda, es uno de los primeros que construyó Antonio Stradivari, en 1668, cuando tenía apenas 22 años. Stradivari vivió 93 años y construyó muchísimos violines. A medida que las salas para conciertos se fueron ampliando, tuvo que hacer violines más grandes para adaptarlos a esas nuevas condiciones. El primero que compré es uno muy pequeño y hoy lo usa una violinista coreana que trabaja conmigo. Yo uso uno de 1732, mucho más grande. Pero depende del sonido que busque… En este nuevo disco necesitaba un sonido más romántico, así que usé otros violines. Lo aclaro porque un violín muy antiguo puede ser simbólicamente muy importante, pero no lo considero algo fundamental. Es más un fetiche que otra cosa. Uno debe utilizar los instrumentos que son funcionales a lo que busca musicalmente.  
—¿Cómo selecciona su repertorio?  
—Elijo las cosas que tocan mi corazón. Puede ser un vals o una polka. Es lo mismo, mientras logre conmoverme. Es el único criterio que me importa.
—¿Por qué ha elegido un estilo tan liberal y extrovertido?
—Mi idea es popularizar la música clásica, aunque muchos me critiquen por eso. Cuento una anécdota muy descriptiva: hace cinco años, en un programa de la televisión francesa, algunos periodistas y el público invitado estaban escuchando con auriculares una música que, ellos mismos decían, les parecía maravillosa. Cuando les revelaron que era de André Rieu, de inmediato muchos dijeron: “Ah, no me gustó tanto”. Es una demostración cabal de los grandes prejuicios que tienen los que rechazan mi trabajo. Hay una elite que cree que la música clásica le pertenece. Pero eso es ridículo. En los tiempos de Mozart, no existía tal división entre música clásica y popular, todos escuchaban de todo y alguien podía silbar un vals de Strauss en la calle. Pero hay gente que piensa que escuchar música clásica le confiere un status especial.
—No todas son críticas. También lo han definido como el mejor violinista del mundo.
—Otro disparate. Hay muchos que tocan mejor que yo. Creo que tengo un estilo propio, eso sí. Pero en Alemania me consideran “el violinista del diablo” (risas). De todos modos, mi trabajo excede la ejecución de un instrumento. Soy un director de orquesta y un hombre del espectáculo. Y mi mayor mérito, creo, es que llego al corazón de la gente.
—¿Conoce algo de la música argentina?
—Sí, sobre todo a Astor Piazzolla. Fue un artista fantástico. No lo conocí personalmente, pero hablé mucho de él con Carlos Buono, un gran bandoneonista que ha estado de gira con nosotros. Cuando vaya a la Argentina, seguro que tocaremos algo de Piazzolla.
—¿Qué opinión tiene de Máxima Zorreguieta?
—Es la reina más bella del mundo. 

Alejandro Lingenti